13 dic 2012

IDEAS.


Jueves, XIII-XII-MMXII

Hoy he descubierto que todos mis compañeros de clase en la universidad son futuros competidores en potencia. Bueno, no lo he descubierto hoy literalmente, pues era una idea que llevaba barajándose en mi cabeza durante bastante tiempo, pero no estaba aún macerada, se veía todavía ensombrecida por otras ideas acerca de esa gente. Pero hoy, definitivamente, el hecho ha salido a la luz. De hecho, el hecho es que mis futuros competidores resultan ya serlo. Ha ocurrido en el descanso entre la clase de literatura y la de latín, ese lapso de tiempo que suele variar entre los cinco y los diez minutos, en el que acostumbro – como muchos otros – a salir por la puerta lateral del edificio a fumar un cigarrillo, últimamente acompañado por un compañero que se da un tremendo aire a Jimi Hendrix – y que curiosamente nació el mismo día que él, un dato más aterrador que curioso, debido a su parecido con la estrella maldita – que también es fumador. Solemos hablar de libros, escritores, a veces de música, o de las propias clases de las que acabamos de salir. Hoy, apoyados en la pared acristalada que se encuentra junto a la puerta, mientras saciábamos nuestra hambre de nicotina, me ha confesado su relación de amor-odio con Borges.

9 dic 2012

FRANCIS SCOTT.

Los sueños dorados se le rizaban sobre la frente.

Los mismos sueños dorados que le embriagaban la mente,
que dejaban que fluyera, que hablara por él,
que moviera su mano ágilmente,
y dibujara retazos de historias fantásticas.
Soñaba con magnates, con las noches de verano del este,
con un oeste diferente, con bromas prácticas,
con universitarios llenos de sueños y arte,
con accidentes de coche, con el veneno de las mujeres.
Su sombra se alargaba hacia aquel ocaso,
que nunca se cansó de describir en páginas cargadas de emociones fuertes,
y que luego anexionaba a textos que, por si acaso,
presentaban los personajes como si fueran de su propia fuente.

ERA ALGO MÁS QUE UNA SUPERESTRELLA.

Se dejó empapar por la milésima de segundo en la que transcurrió su pestañeo. Respiró hondo, sin apartar la vista de la ventana abierta. No miraba lo que había fuera, no observaba fijamente el edificio del otro lado de la calle. No movía la mirada del aluminio que formaba el marco de la ventana.
-¿Puedes olerlo?
Él hizo un esfuerzo, inspirando hondamente, esperando encontrarse con un olor agradable, con un olor que le sorprendiera, que se le quedara grabado en la mente, y que cada vez que lo reconociera al volver a olerlo, pudiera decir: Sí, huele a eso. Pero no. No consiguió distinguir ningún olor.
-No - contestó algo decepcionado - ¿El qué?
-El frío. Huele a frío. ¿Nunca has olido el frío? Sólo el frío huele así, como... el frío. No hay otra palabra para designarlo. Huele a frío.
-A frío. - afirmó él, incrédulo.
Ella le miró.

8 dic 2012

EN ESTÉREO.

Tardó mucho tiempo -incluso demasiado, pensaba él- en darse cuenta de que la cinta estaba rota, de que se había enrollado, que se había tergiversado, que había ido degenerando de tal manera que cuando pensó en cómo era la cinta al principio, ni siquiera lo recordaba. En qué momento se rompió la cinta comenzó a ser su parábola personal, su encrucijada más extraña, su doble moral.
-¿Y estás seguro de que era una cinta? - se preguntaba.
-No lo sé. No puedo recordarlo.- se respondía.

29 nov 2012

CHILDHOOD.


El frío empañaba los cristales. Fuera llovía más de lo esperado. Los meteorólogos habían previsto lluvia, sí, pero ligera, nada fuera de lo común en primavera, nada fuera de lo común que aquellas cuatro gotas que a veces se dignaban a caer. Pero a través de la ventana no estaba presenciando la caída de cuatro gotas, si no un diluvio. La calle estaba llena de charcos, y las gotas rebotaban violentamente al chocar contra ellos o contra el asfalto, o el capó de los coches. Un repiqueteo continuo que se veía sonoramente eclipsado por el piano que sonaba en su habitación. Giró la cabeza para observar la espalda de la persona que lo estaba tocando. Una cascada de pelo liso y rubio caía sobre ella, hasta más o menos la cintura, o la cadera, nunca sabía diferenciar bien qué era la cadera y qué la cintura. Sus brazos se movían ligeramente mientras las notas se abalanzaban las unas contras las otras, en una sucesión de melodías que le helaban la sangre. Le había pedido que tocara aquella canción, esa canción en especial, y ella lo había hecho, había buscado la partitura, se la había aprendido los días anteriores, había ensayado a solas en su habitación, y ahora le había citado para tocarle la canción. Y sonaba perfecta.

28 nov 2012

JULIANA (RELATO).


Yo nací en el año 1978, en el blanco y grande estado de Juliana, lo llamaban blanco y grande no sé muy bien por qué, porque Juliana era de todo menos grande y blanco. Quizá grande sí, bueno, no estoy muy seguro, porque nunca me dio por explorar cuáles eran sus límites en todas direcciones, yo siempre iba al norte, si la brújula que mi padre me regaló no fallaba. Se supone que esa brújula no podía fallar, era la brújula infalible, me lo dijo mi Padre Esta brújula es la brújula infalible, me lo dijo tu abuelo, y a tu abuelo se lo dijo su padre, y al padre de tu abuelo se lo dijo un borracho que se la dio tras comentarle que era la brújula infalible, un tesoro, tan infalible como valiosa, o eso creo. En la época del padre de mi abuelo, o del padre del padre de mi padre, según cómo quiera decirse, los borrachos eran los hombres sabios, los más lúcidos pensadores de toda Juliana. Ahora los borrachos prácticamente se han extinguido, borrachos según el uso de la palabra en la época del padre de mi abuelo, porque ahora llamamos borrachos a los viejos sucios que dormitan en callejuelas estrechas, con sombreros de paja y una botella de ron bajo el brazo como únicas pertenencias. Juliana quizá podía ser grande, como he dicho nunca lo he comprobado, quizá algún día lo haga, pero los límites del estado son muy peligrosos, son asesinos, no se puede salir de Juliana, una vez entras, entras para siempre. Una vez llegas aquí no puedes volver al lugar de dónde has venido, y a medida que pasa el tiempo acabas olvidando de dónde viniste, acabas pensando que naciste en Juliana. Juliana era de todo menos grande y blanca, grande no sé, pero blanca desde luego no. 

22 nov 2012

Modus Operandi.


El viento, no contento con agitar las hojas de las palmeras y los toldos, le desordenaba el pelo castaño a la chica, lo que, a ojos del chico, la hacía mucho más atractiva de lo que para él ya era. Miró sus labios una vez más, y eran tal y como los había memorizado. Finos, rosados, parecían llamarle. Pero él no respondía a la llamada, le bastaba con mirarlos y cerciorarse de que no se habían ido aún.

El mar no estaba tan revuelto como debiera estarlo con aquel vendaval que estaba azotando el paseo marítimo de Barcelona.

Por mucho que intentaba taparse la cabeza con la capucha de la sudadera azul, el viento se la arrebataba, como suplicándole continuamente que dejara de luchar contra él, que le dejara entrar en su vida. Pero el viento no entiende de metáforas, ni de figuras retóricas en general.
Ella había desistido rato antes de encenderse un cigarrillo, empeñado el mismo viento atrevido en que la llama del mechero no dispusiera de más de medio segundo de vida.
Que por qué estaban allí.

Él no lo sabía exactamente. Sabía que estaba en la playa, que tenía la arena a medio metro, y a ella a dos, caminando hacia ningún lado. No se acercaba a ella, se limitaba a andar al mismo ritmo, manteniendo la distancia, como si el hecho de acercarse medio paso a su acompañante fuera un error.

6 nov 2012

The wind cries Mary.

"El paisaje en el Café Hendrix es el habitual. Grandes nubes de alcohol flotan en el aire. Vapores emanados de los infiernos virtuales se mezclan con el aliento de los espíritus ebrios que entran y salen del local. Jesucristo, allí, predica frente a un retrato de Stalin. Brian Jones bebe su brandy y sueña sinfonías de flautas marroquíes. Nietszche y Wagner juegan a los dados, y Sid besa a Nancy. Jimi rasguea la guitarra y a sus ensoñaciones viene la figura de aquel amigo, Joe...
<<Hey, Joe - dice Jimi -, ¿dónde vas con una pistola en la mano?>>
<<Mi chica se ha liado con otro hombre. Voy a matarla>> - responde Joe.
<<Hey, Joe - dice Jimi - ¿dónde irás ahora?>>
<<Cre que en el sur no me conocen. Iré a México>>
<<Hey, Joe - dice Jimi - ¿por qué?>>
Pero Joe ya está muy lejos...
Jimi rasguea su guitarra y escucha una voz que le pregunta: <<¿Por qué el blues tiene siempre nombre de mujer que te abandona?>>
John Lennon acaba de entrar..."

M. Muniesa. "Jimi Hendrix".

2 nov 2012

Gettysburg.

Arropo las punzadas de dolor,
las lágrimas cruzadas que caen a un pozo sin fondo,
arroyo el sentido común, lo condeno a prisión,
me condeno a mí mismo, con ataduras y nihilismo,
con meteduras de pata archivadas en un historial imborrable.
Joder. Eres inefable.
Eres el tumulto, el griterío, el silencio del olvido,
el carraspeo, el humo entre mis dedos, las voces del pasado,
el foco de lo insulso, la épica del futuro.


30 oct 2012

Trabas.

-I think I'm depressed.
-No, you're only bored.

Puedes gritarme, si quieres, claro,
porque bajo la lluvia todo vale ¿no?
Porque bajo la lluvia todo es agua, porque bajo el cemento nada es nada.
Y la nada no es el todo que ni tú ni yo buscamos,
quizá creas que es muy fácil contestar al ladrido con otro ladrido,
seguramente lo sea, más difícil es callar, tragar saliva,
hacerte un nudo en la lengua, del que nadie pueda tirar.
Ahogar al propio aire en un suspiro, reventar ventanas con solo un pestañeo,
sentir el bajo pegado al corazón,
sentir tus pulmones bailar con la ventisca,
sentir el frío en las manos mientras caminas hacia aquel lugar, ese,
el que no tiene nombre, ni ubicación, al que vas todas las mañanas.
Del que nunca vuelves.
Del que nunca has vuelto.

27 oct 2012

El buzón de voz interno.

Lo único que recordaba era que había olvidado sus razones.

Salió del portal rápidamente, frenándose en seco de repente. Había olvidado momentáneamente qué dirección debía seguir. Miro hacia ambos lados, alcanzó a ver las dos esquinas de la calle, pero no encontró ninguna pista que le pudiera indicar hacia qué lado debía ir. Se apoyó en el capó de un coche blanco que había aparcado, de manera regular, justo enfrente de las losas de mármol del portal. Miró al cielo unos segundos, como si en aquel techo azul pudiera encontrar la respuesta a su incógnita. Sacó un paquete de tabaco rojo de su bolsillo y se alargó un cigarro hasta los labios, donde lo mantuvo inerte hasta que el mechero apareció para hacer su trabajo. Exhaló la primera calada mientras se colocaba el gorro de lana en la cabeza. Se rascó la barbilla, frunció el ceño, observó el humo, el suelo, sus zapatillas. Buscó en sus bolsillos algo que le pudiera dar el mínimo vestigio de la razón por la que se encontraba en la calle en aquel justo momento, la razón por la que debía tomar una dirección que por arte de magia, para él, se había transformado en ignota. Las caladas sucesivas terminaron por debilitar a un cigarrillo cada vez más escaso en cuanto a centímetros, hasta que hubo llegado el momento de dejarlo morir en el frío suelo.

Intentó hablar con su subconsciente, pero parecía estar ausente, como siempre lo parecía últimamente. Cada vez que tenía que llamar a su sentido común, a la voz de la razón, se encontraba con el buzón de voz. Y los mensajes que dejaba grabados nunca eran contestados. Esto le producía una extraña sensación, como de ira contra sí mismo, y a la vez condescendencia, admiración, odio... Un torbellino de emociones, un abanico de sensaciones, una mente que quizá le había abandonado para siempre sin haberle avisado. 

-Mente, ¿estás ahí?
Escuchó el silencio como respuesta.
-Ya, bueno, veo que no.
Una voz ronca apareció:
-¿Quién es el que llama?
-Pues quién va a ser, soy yo.
-Tú eres yo, entonces.
-Sí, yo soy tú.
-Y por lo tanto, si tú eres yo, yo soy tú.
-Sí.
-Es una relación recíproca.
-O no tan recíproca, llevo días llamándote. ¿Dónde has estado?
-Supongo que dormitando, meditando, hibernando...
-Estabas como ausente.
-Lo estaba, pero sin el "como".
-¿Y por qué?
-Pensaba que ya no me necesitabas.
-¿Por qué no iba a necesitarse? Yo necesito a  mi otra parte de mi yo, que eres tú.
-Parecías tan seguro bajo tu nueva coraza, que creí que ya había llegado el momento de dejarte caminar solo, que ya habías crecido lo suficiente como para que no tuviera nada más que enseñarte. Y lo que no supieras, lo podrías aprender con la experiencia...
-No digas tonterías, yo siempre te voy a necesitar a ti, porque eres yo, y tú siempre vas a necesitarme a mi, porque soy tú. Somos las dos partes de la totalidad, las dos porciones, las dos mitades. Somos semicircunferencias que cierran el círculo perfecto de lo que soy y lo que eres, de lo que somos, de YO.
-¿Y qué tal está YO? Hacía mucho tiempo que no me llamaba por una razón concreta como lo ha hecho hoy.
-Me he olvidado de algo, y no sé qué es.
-No puedes esperar que tenga la respuesta, estaba ausente, no puedo saber qué es lo que has olvidado, no puedo buscarlo en mí porque la parte que soy que corresponde a ti, no estaba presente, por así decirlo.
-Entonces no puedes ayudarme.
-No, no puedo.
-Y todo porque decidiste desarrollar conjeturas inútiles.
-O no tan inútiles. Este es mi trabajo ¿sabes? No puedo realizarlo sin pensar constantemente que en un futuro lo finalizaré, o tendré que dejar de ejercerlo. Del mismo modo que cuando tú realizas una acción, sabes que es finita, y piensas todo el tiempo en su finitud. Es así, no hay otra manera. Cuándo escribes, cuando hablas, cuando observas... todas esas acciones son finitas, no escribes para siempre, ni hablas para el resto de los tiempos, ni observas continuamente lo mismo. El tiempo está en continuo movimiento, y arrastra al espacio, de modo que aunque nosotros no pensemos en la finitud de las cosas, el tiempo y el espacio variarán todas esas cosas. 
-Entiendo. Pero está claro que como parte de mí has fallado.
-He fallado al pensar que estabas preparado, eso solo quiere decir que la decepción viene por tu parte.
-Mi parte te ha estado buscando durante días. Tu parte se dedicaba a roncar.
-Hibernar no significa dormir, sino descansar.
-Muy bien, querido yo, entonces dime dónde estaba la nieve del invierno que te indicara que debías hibernar.
-De modo que me has llamado para echarme en cara mis errores.
-Te he llamado para preguntarte qué dirección debo coger, que se me ha olvidado, y no eres capaz de echar una mano.
-¡Tenías que ir a por el pan, inútil, a por el jodido pan! 
-¿¡Y por qué no podías habérmelo dicho!?
-Porque esperaba a que intentaras recordar. Pero te has sentado en el coche a fumarte un cigarrillo y te has olvidado del motivo por el cuál habías salido a la calle, y luego pretendes venirme a mí a pedirme ayuda cuándo nunca encuentro tu apoyo si soy yo el que necesita ayuda...
-¿Sabes qué? Pasó de ti.

Colgó el teléfono de su interior. Y se fue a comprar el pan.

22 oct 2012

Reina de picas.

Abran paso a su majestad, la Reina.
La única, la bella, la buena, la magnífica.
La insípida, la hipócrita, la paupérrima, la violenta.

Ciertamente, perdí la inocencia a la vez que el aliento,
en mis primeros metros, a gatas, en aquel pasillo largo.
Al fondo encontré la puerta, y no tuve más remedio que retroceder.
Pero, obviamente, mi empeño estaba fabricado a prueba de bombas.
No recuerdo cuántas veces crucé el pasillo esperando encontrarme,
sorprendido, atento, la puerta abierta, pero siempre me encontraba la decepción,
allí, hecha de madera, rectangular como solo una puerta puede serlo.

Quiero decir, perdí la inocencia al tropezar por segunda (o quinta) vez,
con aquellos labios rojos, con aquellas pupilas moradas que me apuntaron.
El azul celeste que brillaba en sus párpados, como un cielo en la mañana,
y las cejas arqueadas, la nariz arruga, la reprimenda acechaba.
Parecía una princesa, decía ser reina, y terminó por creer sus palabras.
Miles de abismos accedieron a su lengua, y en mi garganta se hizo el nudo,
las cataratas fluyeron, empaparon mejillas, formando ríos negros.
No quería haberlo hecho, juraría no haberlo hecho.
¿En qué momento azucé la hoguera?
¿En que momento utilicé el martillo?
Ya que no pude por momentos, disimular mi sorpresa,
me hubiera gustado haber podido no ser presa.

Cuanto tenía era una riqueza, y cuanto obviaba un tesoro,
no parecía regalar minutos, no parecía regalar su gracia.
¿Qué podía haber hecho?
¿Crees que me arrepiento?
La baraja fue mi amiga, o quizá la suerte, o el desamor,
quizá una mezcla, quizá ningún valor anterior.
Tan sólo el valor de saberse valiente, tan sólo el valor de las palabras,
volé como una pluma acariciada por el viento, y fui a parar justo allí.
En aquel lugar, qué casualidad, que el viento me quisiera ver ahí,
donde los mares confluyen, donde la sangre no fluye, donde el aire escasea.
Compré flores para tirarlas al suelo, para pisarlas,
escribí páginas para hacerlas arder con la chispa del mechero,
capturé momentos para hacerlos interinos vitalicios de la cárcel de mi pensamiento.
Mis recuerdos son menos vagos de lo que crees.
¿No es esto un revés?
Quizá no. (Risas preconcebidas)
Esto ya no es más que caos, de heridas y tiritas, de llantos y lamentos,
de olvidos y esperpentos, de colores psicodélicos.
Las imágenes se amontonan, juraría que he visto está película antes,
pero no, no me suena el título, quizá la haya soñado, quizá la haya vivido.
Quizá tú me hayas enseñado a cambiarle el final a mi antojo, a mi libre opción.
A mi lado personal no le gusta el otoño, prefiere las noches más oscuras de
un diciembre más frío que aquel iceberg que hundió el gigante barco.

Entendí mis metáforas cuando dejaron de serlo, cuando se convirtieron en palabras,
cuando, a cornadas, me derrotaron y me sentaron en un trono que no era el mío.
Creo que aquí hace demasiado frío, cerraré las ventanas,
pero con la condición de que cuando vuelva a girarme ya hayas desaparecido.

Son diamantes esos ojos. Son diamantes.
Como los de aquella película del robo al museo, del atraco a mi corazón,
de la violación de mi yo intrínseco. Sirva un whisky más, por favor.
Dime si no nos hemos visto antes, dama de rombos,
añoro tu falda, quiero aceptar que no me haces falta,
que ya no soy tú, que tú ya no eres yo.
Que la princesa de rombos...
Pudo ser una reina de picas,
pero se estrelló con el invierno y un cristal tan grueso como la capa de hielo
de aquel alma que me aterró, y que más tarde se marchó, desapareció.
Qué escándalo. No he querido ser grosero.
Qué mala suerte, toda mi mano son corazones.
Escalera de color.

Ya me tocaba ser ganador.

Peces raros, en mi imaginación.

¿De dónde he venido?
Mi origen, esquivo, nunca se ha atrevido a mostrarse ante mí,
y han sido muchas las noches en las que he necesitado una revelación.
Me he permitido entender la química de los sueño,
y entender que no hay más posibilidades cuando las luces están apagadas.
He intentado volarme los sesos con literatura.
Futuro. ¿Quién eres?
Te muestras gris, tímidamente pobre de ideas,
no nos dices a dónde iremos, no nos quieres ver vivos.

Quiero saber cómo son las luces que pueblan mi ciudad,
quiero formar parte de ella, disolverme en su esencia, bailar para ella.
Creo que en el océano más profundo las luces se apagan para siempre,
es allí donde encuentran su muerte, y es allí donde yo debo encontrar la mía.
Podré entonces, quizá, en una suerte de acontecimientos, librarme de mi destino,
invariable, mezquino, caminando hacia mí con pasos desgarbados.
Quiero creer que esto no es más que un sueño, que todos podemos de huir,
aunque solo sea por una vez, por una palabra, por una mirada.
Las intenciones se muestran ocultas mientras nos preguntamos quiénes somos,
a dónde vamos, de dónde vinimos, dónde estamos ahora mismo.

Todos sufriremos alguna vez nuestras propias consecuencias,
y yo creo en mis palabras, las doy forma, las dejo vivir y las mato.
¿Son eso nubes negras, las que se forman alrededor de mi cabeza?
¿O quizá no sean más que buitres acechando mi último aliento?
¿Son esos aullidos reales?¿Son esas huellas las mías?
Este camino que sigo no tiene pautas, no tiene destino,
no son más que pisadas que otros dieron antes que yo, me limito a seguirlas,
a seguirlas hasta el fin de un mundo insostenible.
Quiero ser impresionista de sensaciones, un artista sin lienzo ni emociones.
Un sombrero de copa roto, vacío de esperanzas, vacío, inerte.

Cuando las luces están apagadas solo hay cabida para el error.
¿Puedo hacerlo mejor, con las luces encendidas, puedo intentar hacerlo mejor?
Creo en ello, lo quiero, no ceso en mi lucha contra estas mordazas,
que, invisibles, me quitan el último suspiro, me lo roban, me lo impiden.
Cuando es de día las ratas se esconden, ocultas en un submundo,
que es tan real como tú y como yo, como todos, como aquellas criaturas,
que coinciden en esquinas, en parques, en banquetes de boda.
¿Dónde está el director de esta gran película?
¿Dónde está el revulsivo que dará un gran giro al guión?

Imitaré los modelos nauseabundos de la sociedad,
con la esperanza de que algún día, cuando salga el sol, haya desaparecido.
El amargo olor a vino de la mentira me embriaga,
sabedor de mis embustes, conocedor de mis enquistes.
Veo necesario que el motor vuelva a ponerse en marcha,
que las neuronas tomen el control de todas esas vidas sin sentido,
que les un vuelco a los corazones, y una oportunidad a las almas.

Porque antes de que muera, quiero poder decir, orgulloso,
que confié en la humanidad, que confié en mí mismo y en mis manos.
Que vi erigirse edificios tan altos que rozaban el cielo,
que vi asfaltar los caminos que una vez no pude tomar.
No es necesaria la ruina y los cuerpos destrozados, las mentes desquiciadas,
los ojos ciegos de ira, los árboles astillados por el dolor.

¿Qué es eso a lo que tú llamas volar?
¿Qué es eso a lo que tú llamas amar?
¿Qué es eso a lo que tú llamas valentía?

Dedicaré mis palabras a los principios de la humanidad,
a las olas que se separan en la costa y revientan contra las rocas.
Escucharé los violines que anunciarán la llegada del nuevo año,
mientras el sol, exultante, volverá a reinar en nuestras vidas.
La infancia se pierde entre las calles, la inocencia muere prontamente,
y no es una buena dolencia, no es un pálpito, es una mala suerte.

En la casa de las cartas el puzzle vuelve a encajar, la última ficha vuelve a jugar,
son resistentes los andamios que la sujetan, fuertes como el acero.
Y de acero forjaré mi conocimiento, y entre aviones observaré el aislamiento,
de las luces apagadas, de los errores cometidos, de las mentiras encajadas.
Y las risas se agotarán de cansancio, quizá no volviendo a despertar,
de aquel sueño en el que, inconscientes, han caído.
Olvidado por el azar, me haré un hueco entre la brisa y la arena,
y con paso firme, e ideas oxidadas, me abriré paso hacia el mar.

Y en el océano más profundo, ahí, en lo profundo,
ahí, rodeado del azul marino, hallaré mi final.

Strange days, bad nites.

-¿Y tú crees que puedes remediarlo? Porque si crees que lo hecho, hecho está, y lo más importante, si no te arrepientes, no abandones nunca tu posición.


La idea de colocar la cama justo enfrente de la ventana de la habitación tenía una fácil explicación. La parte del edificio en la que se encontraba daba directamente al este, y por las noches no bajaba la persiana, de modo que al vivir en un noveno piso, al comenzar a alzarse el sol, este entraba, radiante, por la ventana, y le hacía despertarse. Era como un despertador automático, no quería despertarse a una hora determinada, quería despertarse cuando saliera el sol, cuando fuera de día. Esa le parecía la hora más importante de las veinticuatro, aunque no tuviera un dígito concreto y pudieran ser las siete en agosto, o las ocho y media en noviembre. No le hacía falta nada más para despertarse. Por mucho que decidiera gandulear o darse la vuelta, el sol seguiría acechándole a través del cristal. 

Como siempre, encendió la radio tras incorporarse en el colchón, sintonizó el programa de todas las mañanas, y empapó sus oídos con la grave voz del presentador. Los Doors comenzaron a sonar, y la voz de Jim Morrison en los primeros compases de Break On Trough le acompañaron hasta el cuarto de baño. Sumergió su cara en el lavabo y sacó del pequeño y cuadrado armario-espejo-botiquín la espuma de afeitar y la cuchilla. Se dejó llevar por la música, silbando la melodía, mientras sus mejillas y su barbilla, ala vez que el cuello y la zona de alrededor de los labios se iba cubriendo de color blanco. Escuchó cómo la cuchilla le rasgaba la incipiente barba cada vez que daba una pasada. En cuestión de minutos se pudo mirar en el espejo con la cara lavaba y libre de barba y bigote. Se pasó la mano para comprobar que nos e había dejado ninguna parte sin afeitar, y se introdujo en la estrecha ducha, cerrando la mampara una vez se hallaba dentro.

Cuando salió de la ducha y se sirvió una taza de café en la cocina, se podía escuchar de fondo la voz de Lennon cantando Imagine. Le invadió el recuerdo de aquellos fines de semana en los que escuchaba música que su padre había comprado. Vinilos, decenas de ellos, y casi una centena de discos. Desde Pink Floyd  hasta Nirvana, pasando por los Rolling y los Beatles, los Smiths, los viejos reyes del Blues como BB King. Recordaba lo entusiasmado que llegaba su padre con la bolsa en la mano o el vinilo envuelto en papel bajo el brazo. Cada fin de semana se sentaban en el suelo, en invierno sobre la vieja alfombra gris, y se pasaban las tardes escuchando música, riendo, jugando a las cartas, dibujando, e incluso le quedaba la vaga reminiscencia de alguna conversación esporádica en la que su padre le hablaba del futuro, de la música en el futuro, del mundo en el futuro. Era curioso, pero su padre siempre le hablaba del futuro, como si quisiera prepararle para lo que habría de vivir cuando creciera, cuando se comprara un piso y trasladara su vida a su interior, cuando acabara los estudios y pudiera buscar trabajo. 

Notó cómo los últimos tragos del amargo café se desvanecían en su garganta y dejó la taza sobre la mesa, observándola unos momentos, allí, vacía e inerte. Se fijó entonces en la multitud de marcas que tenía la encimera, marcas que con el tiempo se habían unido par acontar la historia de cuchillos cortando sobre ella, de vasos que golpeaban su superficie, de golpes accidentales. Llevaba bien la cuenta, cinco años habían transcurrido ya desde que pagó su primer alquiler por adelantado de los cinco que le pedían. Le pareció razonable la oferta de pagar tres o cinco meses adelantados junto al primer mes de alquiler nada más llegar al acuerdo, de modo que los siguientes meses podía olvidarse del pago y centrarse en organizar su vida. Además, el casero fue muy simpático y educado, cuando faltaba un mes para que se le acabara el pago anticipado, le envió una carta haciéndoselo saber. Qué curioso. Le envió una carta cuando pudo haberle llamado, o dejado un mensaje en el móvil, o incluso haberle enviado un correo electrónico, que hubiera sido la forma gratuita. Quizá el casero fuera una de esas personas a las que perder algo tan tradicional como el correo ordinario le pareciera una injusticia. Igual que su padre, que aún le enviaba cartas cada dos o tres meses. La última la encontró en su buzón hacía tres semanas. 

Observó el ejemplar del periódico del día anterior que descansaba sobre la mesilla de al lado del sofá. Se fijó en el titular, tal y como había hecho la mañana anterior, tras haberlo comprado en el quiosco de la esquina y haber vuelto a casa para ojearlo primero, y después dedicarle una lectura más concienzuda. Se acercó a la mesilla y observó la portada del periódico. Le parecía extraña, desconocida, como si nunca  antes hubiera visto aquellas líneas, aquellas letras en negrita que formaban las noticias de primera línea, la fotografía del político que ocupaba la mitad de la página, los anuncios que copaban un espacio reducido en una esquina de la misma. Se fijó entonces en la fecha, colocada en letra pequeña sobre el nombre del periódico. 22 de noviembre de mil novecientos sesenta y tres. Se sintió desorientado. Pensó que había leído mal, que su imaginación le había jugado una mala pasada. Volvió a leer. 22 de noviembre de mil novecientos sesenta y tres. No cabía en sí de asombro. No tenía duda de que el día anterior había sido veintidós de noviembre, pero del año dos mil doce. Pensó en la fecha. Y pronto dio con la solución. Aquel fatídico día John F. Kennedy fue asesinado. Cogió el periódico y escudriñó de nuevo la portada. Leyó de nuevo la fecha.

22 de noviembre de 2012.

19 oct 2012

Codeína.

Ella era como el otoño.

Es decir, el otoño, siempre que llegan, nos hacen olvidar al anterior. Como si nos enseñara que al fin hemos cambiado, como si nos enseñara a aprender esa difícil asignatura llamada "Nosotros mismos". Recuerdo que su temario era muy variado, y su duración a menudo solía ser muy larga, hasta que finalmente se redujo a tres meses. Esos tres meses en los que todo es anaranjado. Bueno, solía ser anaranjado. Ahora todo es gris en las ciudades, todo es venenoso. Lo gris es una droga que consume al mundo, que lo mata lentamente. El otoño es lo gris. Ella era como el otoño, acababa por matarte.

Obviamente, recuerdo como me mató a mí. Me mató antes siquiera de haber probado vivir. Me mató mucho antes de llegar, en primavera. Ahí empezó su asesinato, sigiloso, tortuoso, extraño, frágil. Ella era la droga que todo hombre prueba al menos una vez en su vida. Esa droga que nos devasta, que nos altera, que nos hace escalar las montañas más altas. Pero olvidamos que en los picos nevados, si no estás abrigado, te congelas. Y congelados, caemos, rodando, ladera abajo, matándonos a cada golpe, lentamente, con un amor imperceptible. Como una oda al martirio, qué extraño, ¿verdad? Yo ni siquiera recuerdo el número de golpes que recibí antes de volver al suelo.

Siempre soñando, la vida es nula.
Tan nula que se divierte con nuestra muerte.
Se divierte conduciéndonos a través de siglas.
Exponiéndonos a un solo inerte.

No creo que ella recuerde cómo me mató, 
o quizá sí, pero seguramente prefiere pensar que
fui yo el que morí, que no me mató, 
que fue natural, que no hubo eutanasia, 
que no hubo montañas, ni cimientos, 
ni helados vientos, ni mentes carcomidas.

Ella era como la codeína, te sedaba, y te engullía como una boa, y una vez allí dentro, en la oscuridad, no te quedaba más remedio que llorar. Llorar desconsoladamente. Admirar sus metáforas suicidas, admirar su forma de matar, morir sabiendo que el amor te volverá a destrozar. Morir sabiendo que no has conseguido aprender nada, que la experiencia no es la voz de la vida, que la vida no es la voz de nada. Porque todo es la nada, y nada puede cubrir a la nada. La nada es lo definitivo, la nada es la muerte a la que ella te condujo.

Y aprendí a entenderme cuando olvidé cómo solía hablar.

4 oct 2012

Quizá por fin haya un inicio.

Llevaba mucho tiempo redondeando la idea. Y cuando decía mucho tiempo quería decir muchísimo tiempo, meses, quizá un año o dos. Quería ser por fin el creador. Quería ser el artista que pincelara su lienzo. quería convertir sus ideas, sus sueños, en objetos tangibles, en algo visible que poder admirar o criticar. Escribió y escribió borradores, tiro y rompió introducciones, olvidó historias y las dejó sin final. Siempre conseguía empezar, pero llegaba un punto al que no se atrevía a llegar, se rendía, y ahí acababa la cosa. Cientos de historias sin final. Cientos de comienzos sin nudo. Cientos de introducciones que no llegaron a ser más que cuatro líneas. Cientos de títulos imaginados, cientos de tramas especuladas. Cientos de nombres de personajes, cientos de acciones por reflejar. Cientos de páginas sin continuación.Cero historias finiquitadas.

Y ahora pensaba que quizá había llegado el momento de comenzar, de comenzar con todas sus letras, de C-O-M-E-N-Z-A-R y T-E-R-M-I-N-A-R. De reinar desde el teclado o el bolígrafo sobre las páginas en blanco, sobre los personajes aún verdes, madurarlos, convertirlos en los más grandes genios o en los más temibles hijos de puta. Al fin tenía un motivo, al fin tenía algo que contar. Y estaba dispuesto a hacerlo, definitivamente. Algo en su interior había cambiado, algo se había modificado y le empujaba férreamente a hacerlo, no como otras tantas veces, en las que la esperanza y las ganas parecían tímidas y escuetas. Lo tenía todo planificado, sólo le faltaba realizarlo.

Incluso tenía un título.

Pájaros.

27 sept 2012

Nunca hubo allí una chica tan preciosa.

Y fue en los meses oscuros cuando le llegó la inspiración, muy educada ella, llamando a su ventana.


Cuando las lágrimas dejaron de derramarse por sus mejillas ya no supo en qué creer. Había fundado mil y una teorías, quizá mil dos, o mil tres, en aquella sensación de melancolía, en los domingos que había pasado deprimida encerrada e incomunicada en su habitación, llenando continuamente folios y folios con letras. Muchos bolígrafos había asesinado, la cuenta podría hacerse infinita, y aún así, continuaba, incansable, derramando en forma de escritura las lágrimas que ya no le quedaban. Esos fueron sus meses oscuros, en los que la luz la llamaba continuamente desde el otro lado de la calle, pero ella ignoraba sus voces. El optimismo de los vasos medio llenos de ginebra los vació en su garganta y lo sustituyó la embriaguez de su vida. Su larga melena sufrió tijeretazos hasta rebajarse a menos de sus hombros. Despeinada, apesadumbrada, recorría las horas buscando un reloj que romper con la sintonía de su corazón. Su corazón latía a un tiempo diferente al real, al de los días. Sus horas duraban días, sus días no acababan nunca. Las noches no se dignaban a aparecer y la luna pareció esconderse con miedo. A las cinco horas -según su corazón, cinco días- no volvió a rellenar la cafetera, y cerró la puerta de su estrecha habitación, con pestillo, jurándose a sí misma no atreverse a abrirla, no afanarse a la idea de un exterior que no fueran aquellas cuatro paredes grises. Con rotuladores recorrió cada centímetro de la habitación, escribiendo frases, bosquejando garabatos, grabando números, fechas inexistentes.

Quién iba a ser el afortunado que descifrara el código de sus labios, la incógnita de una sonrisa que tardó un invierno en volver a nacer. Cruzaba los brazos, tumbada en el suelo, mirando al techo, buscando algo, un nosequé que probablemente no existía. Palabras como amor, suerte o vida desaparecieron de su diccionario debido al desuso de éstas en sus escritos. Cada vez que los concluía los lanzaba fuera de su vista, sin dignarse siquiera a comprobar en qué lugar acabarían cayendo. Folios repartidos por el suelo, la cama, la mesa. Folios por todas partes. Una habitación llena de folios dispersos, en la que se encerraba un cuerpo que desconocía si era dueño de sí mismo. Su mente acabó por entregarla a lo que ella llamó no-ser, refiriéndose a un no vivir, pero hacía tiempo que ya desconocía la existencia de la palabra vivir, de la palabra vida, de la palabra vital. Los libros de las estanterías acabaron rotos, páginas destrozadas, portadas agujereadas, almas flotantes de una atmósfera enfermiza. Quién podría ser el héroe que supiera abrir el pestillo de aquella puerta desde fuera. Quién iba a ser si no ella. Pero ella no quería ser afortunada ni heroína, y pronto olvidó también aquellas dos palabras. Pronto se vio atada a un mundo en el que las únicas palabras que lo formaban eran cuándo y yo. Pronto comenzó a rellenar los folios que le restaban con aquellas dos palabras, una seguida de la otra, continuamente, en un esfuerzo por no perder las únicas dos expresiones que le quedaban en su inventario. Nunca supo si se había olvidado de cómo se hablaba, nunca se atrevió a comprobarlo.

Vació su armario hasta dejar desnudo su interior. Arrojó sus prendas de ropa al suelo, llorando, buscando las palabras que las daban nombres. Veía camisetas y sólo era capaz de pensar cuánto, observaba pantalones y la única palabra que se le ocurría era yo. Dónde se encontraría aquella luz a la que había rechazado en un momento. La oscuridad comenzaba a asustarla, comenzaba a atarla a un mundo que por fin había reconocido, sabiendo que no era el suyo. En un momento dado se le ocurrió subir la persiana que tantos días había permanecido descendida en su totalidad. La luz de una mañana violácea la deslumbró, y quizá fue el ejercicio de la reminiscencia el que experimentó. Como una vuelta a nacer. Como si hubiera estado muerto durante todo aquel tiempo que había permanecido allí encerrada. Las miles de palabras que había olvidado aparecieron ante ella, chocando las unas con las otras por hacerse un hueco en su memoria y su conocimiento. Lo que primero fue un gemido consiguió transformarlo en palabras, y sin pensarlo comenzó a nombrar todas aquellas que se le iban ocurriendo. Leyendo sus escritos comenzó a recordar por qué había ocurrido todo aquello. Cuántos días habían transcurrido. No era capaz de averiguarlo. Quizá meses, quizá todo un invierno. Sí, el invierno ya había muerto, las flores de los árboles de su calle habían comenzado a desarrollarse en perfectos objetos de belleza, el frío se había marchado temporalmente, las personas que por allí caminaban lucían ya pantalones cortos y camisetas, iban sin estar abrigados.

No sabía muy por qué, pero había hibernado. Se había convertido en un sueño finito pero no por ello breve y distraído. La primavera había alcanzado todo su esplendor y ella había vuelto a despertar. Había vuelto a nacer. En el espejo del cuarto de baño comprobó que ella no había cambiado, su cara en primera estancia le resultó conocida, algo difícil de identificar, pero en cuestión de minutos se convirtió de nuevo en uno de sus factores cotidianos. Acarició su ya crecida melena, que le rondaba casi los codos. Y fue entonces cuando volvió a sonreír, cuando fue capaz de resolver el misterio de sus labios, y de abrir su propio pestillo interior desde fuera. Se asombró al sentarse en su viejo sofá, gritó de felicidad al volver a ver su cafetera, y brindó con ella el poco café que le quedaba en uno de los armarios que usaba como despensa. Jugueteó con su ropa y sus llaves antes de tocar el picaporte de su puerta y aventurarse a salir por fin de aquel lugar. La calle seguía igual que siempre, sólo que su punto de vista había cambiado, quizá había virado algo hacia el sur, o hacia el este, y la oscuridad con la que veía todo antes se había transformado en una nube de luz que arrojaba sobre ella distintas emociones a las que experimentó antes de que todo ocurriera.

Definitivamente, como un ángel, se encontraba ante la película de su propio renacer.

26 sept 2012

Zona Cero.

-Yo sólo sé hablar de mi capital. De sus calles, de sus abrazos, de las lágrimas y los gritos que la envuelven.

Era un lunes, creo recordar, cuando caminaba junto a ella, sin hablar, sin darnos la mano, sin mirarnos, simplemente conscientes de la existencia del otro a nuestro lado. El puente de Toledo se nos quedó pequeño y en poco hubimos alcanzado la glorieta donde se encontraba la puerta cuyo nombre no era otro que el mismo del puente. La biblioteca emergió ante nosotros y no rechazamos su invitación. Primero entró ella, pues era la que ardía en deseos de encontrar la novela que quería leer. Yo desenfundé mi pitillera y agarré cuidadosamente uno de los marlboro que había en ella. Lo observé, sabiendo que en cuestión de minutos aquel cigarrillo habría ardido y aflorado en mis pulmones y cerebro, y en todo mi cuerpo. Aspiré cada calada como todas aquellas que se dan en las mañanas lluviosas, con lentitud, con delicadeza, dejando que la humedad se colara en mi interior junto al humo, dejando que me violara el alma cada tímida gota que impactaba contra el suelo. Con tristeza le otorgué un final feliz a aquel cilindro y lo dejé descansar sobre el pavimento empapado, observando como en él se iban los últimos destellos de vida.

Entre al hall del edificio, y subí los escalones para llegar a las estanterías entre las cuales supuse que la encontraría. Y así fue, en cuclillas, observando cada lomo de cada libro de cada fila, estaba ella. Su pelo le tapaba la cara, por lo que no pude identificar su expresión, no supe si sería de desilusión o de alegría hasta que se incorporó y me miró a los ojos, acercándose. 
-No está.- me dijo mientras enebraba su brazo en el mío.
Llevaba ya varias semanas buscando aquella novela de Saramago. Yo la había leído varias veces cuando un amigo decidió prestármela. Fui yo quién la empujó en su búsqueda por bibliotecas -tres ya- en los que no la encontraría ni siquiera catalogada.
-Miraste a ver si estaba catalogada.- le contesté buscando sus ojos marrones, de todo menos mediocres.
-Sí. No lo estaba.- apretó su cabeza contra mi hombro.
Podría haber permanecido en aquella postura durante horas y horas, dejando morir al tiempo con tal de sentirla allí en contacto conmigo. 
-¿Y qué te hacía pensar que la encontrarías aún estando descatalogada?
-No lo sé. El ímpetu.
-La actitud.- dije antes de retroceder dos estanterías.
Me planté ante la letra A, y ya acostumbrado a la búsqueda, me dejé agachar levemente para encontrar en la tercera fila de la segundo columna el nombre de Auster.
-¿Cuál vas a coger?
-Cualquiera me vale -contesté sonriente, mientras alcanzaba un libro amarillo cuyo título era Sunset Park.
-Ese ya te le has leído. Lo sé porque me contaste lo maravilloso que era.
-Sí. Y no voy a titubear al volver a hacerlo.

La mañana se había se había fundido con un gris más tenue con la llegada del mediodía. El frío se había hecho más presente. Nos quedamos sentados bajo el resguardo de una terraza de un primer piso, sintiendo los pies enfriarse y las manos agarrotarse. Ella metió las manos en mis bolsillos, abrazándome, y yo le puse mi gorro.
-El libro que busco.- me dijo, sintiendo su aliento en mi mejilla- ¿Es un libro de amor?
-El amor no existe.
-¿No crees en el amor?
-No creo en el amor. No creo en su existencia, ni en su realidad.
-Yo te haré creer en él.

Adivinar lo que pasó a continuación no es difícil. Ocurrió lo mismo que ocurre en muchas escenas de películas, en muchas páginas de libros, en muchas situaciones de las personas. Sólo hace falta echarle un poco de imaginación, y sentir el frío de Madrid arroparte, unos labios acercarse a los tuyos, y el esfuerzo por creer en algo en lo que sabes que te será muy difícil creer. Así son las relaciones, comienzas exultante, creyendo en todo, continúas creyendo hasta que un día dejas de creer, y es entonces cuando sabes que todo ha terminado. No tengas miedo, todo al final acaba por morir, no creas que es malo matarlo antes del triste desenlace, no temas en darle la puntilla.

Al fin y al cabo. Todo fin significa un comienzo...

Un renacimiento.

25 sept 2012

¿Cómo podré bailar con cualquier otra?

Improvisación de la reina, qué bien se peina.

Esto no es poesía, y si lo fuera,
me esforzaría en que no lo pareciese,
pues no me gusta la hipocresía, es indigna y fiera
como un cazador abalanzándose ante su despistada presa.

No busco los laureles del César, no los quiero,
me conformo con un par de cigarrillos y un beso,
de esos que dicen de todo menos te quiero,
de esos de los que nunca puedes salir ileso.

Mira qué bien se peina la reina, mira qué buen andar me lleva.


Tú, sí, tú. Que me hiciste temblar, que me obligaste a rogar a un dios en el que no creía. Tú, que me convertiste en yo. Tú, que me lisiaste el alma con tan sólo andar. Ya no recuerdo tu nombre, nunca lo supe, pero sí tu mirada, dirigida por el ámbar de tus ojos, cavilada entre el pesar y la torpeza de una delicadeza que me hizo perderme en un mar de sueños color escarlata. Al ver que aquellas pupilas coincidieron con las mías me supe capaz de reinar en el mundo entero siempre que te tuviera a mi lado.Imaginé despertar cada mañana y sentir tu espalda hacer un hueco en el colchón, un hueco que con el tiempo quedaría vacío, como todas las cosas que siempre tuvieron un lugar en el espacio, de la misma forma que aquella taza de Pink Floyd del armario de mi cocina dejará de estar ahí, caerá y hecha añicos acabará en el vertedero, o simplemente ocupará cualquier otro lugar, al igual que todas las cosas. Tú, que me enseñaste que una rosa nunca muere ni se cansa de matar a espinazos. Tú, que me idolatraste sin quererlo y me lanzaste a un vacío frío como el hielo. Tú, sí, fuiste tú.

Fue tu pelo al ondear tiernamente, como una bandera, con la brisa de verano. Fue la gracia de tus pasos dejando atrás adoquines impresionados. Fueron aquellas motas que salpicaban tus mejillas y que alguien un día se preocupó en darles un nombre, pecas. Fue la constancia de tus labios brillando bajo el sol la que me ayudó a sobrevivir. Más tarde fue tu nombre el que me enamoró, y la sonrisa tímida que salía sin avisar tras mis intentos de ser gracioso. Más tarde aún fueron tus manos las que me guiaron por Madrid, y fueron mis labios los que brillaron junto a los tuyos. Fueron tus piernas bajo una camisa larga las que caminaron a por las tazas de cafés de innumerables mañanas, fueron tus bailes los que me inspiraron. Fue tu todo el que se convirtió en mi todo. Fue tu arte el que reinventó el mío. Fue el humo de tus cigarros el que se mezcló con el de los míos y formo palabras en el aire mientras una voz sonaba en el equipo de música y tú insistías en que me levantara del sofá y bailara abrazado a ti. Fue tu mirada la que me dijo que todo había cambiado en tu vida. Fueron tus brazos los que me esforcé por alcanzar hasta conseguirlos. Fueron los días de lluvia los que nos permitieron ser cómplices de las sábanas y el colchón, y de los orgasmos.  

-Y ahora dime, cariño, ¿volverás a bailar conmigo?
-Cuantas veces tú quieras.
-¿Incluso cuando nos hayamos ido?
-Incluso cuando nos hayamos ido.

Y aún recuerdo el día en que todo acabó. Todo tiene su principio y su final, y cuanto antes se encare este ciclo menor será el lastre que nos deje a su paso. Supe cuando llegó el inicio que llegaría el final, del mismo modo que una vez adquirí conciencia de mi vida supe que algún día moriría. Cuando tuve conciencia de que la tenía entre mis brazos, supe que algún día no estaría allí abrazada a mí. Y ella también lo supo. Y juntos, silenciosamente, guardamos el secreto de nuestro final hasta que salió a la luz en el calor de agosto. Un sábado desperté con la sensación de que el momento había llegado, de que todo se debía acabar. Dos días después ella ya no estaba, con una nota en vez de su cuerpo en el hueco del colchón: Recuerda que volverás a bailar conmigo.

Y cada noche, en la Plaza Mayor, aparecíamos, vestidos de traje, y bajo el silencio del cielo estrellado, bailábamos arrejuntados, rememorando nuestros cuerpos en sintonía, amándonos todavía aun sabiendo que el momento de hacerlo ya había pasado.

León de mármol. Cisne de cristal.

24 sept 2012

Disorder - Parte Dos.

Cuando le diagnosticaron por primera vez una cardiopatía severa, supo que había llegado a su propio punto del no retorno, a su gigantesca cascada que representaba el fin de su mundo, de su vida. Podría haberse dedicado a mejorar su salud, pero sabía que ya no había vuelta atrás. Que la posibilidad no existía. Que todo se derrumbaba como piezas de un puzzle. El amor nos destrozará, escuchó en sus auriculares. Hizo y deshizo el plan tantas veces como tardó en perfeccionarlo, como si se tratara de un sastre que se dedica a hacerse su último vestido.

Cuando amaneció el día cinco de diciembre de aquel año, apareció en Gran Vía, como siempre, pero no sentó a tocar, sino que bajó la calle, observando a la gente, grabando en su memoria cada rostro que iba a ser el último testigo de su acción. Incluso el cielo, infinito espectador, descargó la lluvia sobre la capital. Llegó a Plaza de España, silenciosa y oscura hasta por la mañana. Los sin techo comenzaban a despertarse entre roídos cartones y botellas de cerveza hechas añicos. Ni un sólo pájaro entonaba su canto. Debía atravesar el Palacio Real para llegar a su destino. La guardia a caballo ponía la percusión a base de los golpes de las herraduras contra el frío enlosado de la plaza. Todos la miraban a su paso, sin saber muy bien si lo hacían por extrañeza o por una profunda admiración. Quizá una mezcla de ambas, quizá ninguna de las dos.

Siguió recto, pasó por delante de la Almudena y se detuvo a observar las monjas que pasaban por allí, como si levitaran, cubiertas de negro como la muerte, solo que sin guadaña ni calaveras. Los autobuses comenzaban a llenarse de padres oficinistas, jóvenes estudiantes, o personas sin rumbo, como ella. Cruzó un gran paso de cebra con el semáforo en rojo escuchando los pitidos y frenazos de los coches, y los improperios de sus dueños.

-¡Estás loca!

Y aquel hombre con barba de dos días y gafas redondas estaba en lo cierto. Se había vuelto loca. Madrid la había vuelto loca. Era como un Quijote que en vez de ver personas veía fantasmas deslizarse por las calles y locales.

Y allí se encontraba ella, sintiendo el viento azotarla el pelo, y el alma, en medio del viaducto de Segovia, ante las vallas transparentes que habían puesto para evitar que los suicidas se lanzarán desde allí arriba. Sacó cuidadosamente la guitarra de su funda. La acarició, toco un par de acordes, y la besó. Lo siguiente fue el viento silbando entre su madera y el estruendo de su contacto contra el suelo tras sobrevolar el puente y aterrizar sobre el asfalto de la calle de abajo. Las astillas salieron despedidas y el clavijero fue a parar debajo de un coche. Recordó a Jimi Hendrix, cómo el sacrificó su guitarra, porque él creía que se sacrificaban las cosas a las que se amaban.

Dejo que las tímidas lágrimas recorrieran sus mejillas y atravesó el resto de la calle Bailén para llegar a su asqueroso piso. Y así lo hizo, empapada por fuera por la lluvia, y por dentro por su dolor. Se tumbó en aquel colchón que tanto odiaba y cuyos muelles se esforzaban por destrozarle la espalda.

Y una vez hubo cerrado los ojos, quedándose dormida. No volvió a abrirlos jamás.

19 sept 2012

Disorder - Parte Uno.


Su cabeza estaba desordenada, se podía decir así. Como si se tratara de una cómoda que alguien se había dignado a profanar, descolocando la ropa, mezclando calcetines y camisetas, sujetadores y pantalones, reduciendo a jirones lo que le hubiera venido en gana, y llevándose lo que le hubiese venido bien. ¿Turbulencias? Quizá. Pero la palabra que mejor la definía en aquel momento era desordenada. Quizá tenía el espíritu, pero había perdido las sensaciones. Y sin sensaciones una persona no puede ser persona, ni siquiera puede vivir. Qué haría ahora. Buena pregunta esa, la que se formulaba cada mañana antes de salir de su diminuto apartamento en busca del amanecer de Gran Vía, la que no lograba responderse cuando sacaba su vieja guitarra negra de una funda desastrada, y con unas ganas inútiles, trataba de sacar acordes de sus desvaídas cuerdas. Hacía tiempo que había comenzado a comerse las uñas, y no había conseguido reprimir aún aquella manía. Las yemas de sus dedos estaban llenas de cortes producidos por el frío y las cuerdas de aquella guitarra. Había perdido su púa, y también las ganas de comprarse una nueva. Las pocas monedas que conseguía acumular en el sombrero que situaba ante ella las gastaba en poca comida y mucho tabaco. Cuánto podía sacar al día. No más de diez euros, nunca menos de cinco, gracias al cielo.

A menudo encendía sus cigarrillos mientras tocaba y dejaba que la ceniza impregnara todo su ser, y que éstos se consumieran en sus labios hasta que comenzaba a quemárselos, y entonces tirar las colillas al suelo. Una vez un joven de unos dieciocho años, tatuado de pies a cabeza, le pidió uno:
-Perdona... ¿Tienes un cigarro?
-Para ti no.
Aquel tipo le robó el sombrero y salió corriendo Gran Vía abajo. A ella no le molestó, quizá porque sabía que se lo había ganado. Había echado la cuenta de cuánto le habían dado hasta aquel momento, y la cifra rondaba el euro y medio en monedas de diez y veinte céntimos. A pesar de que sabía que aquel euro y medio le habían costado tres horas de canciones y su paciencia, no pareció afectarle. Bien sería porque en aquellos días prefería no saber nada de lo material. No quería saber nada del dinero, ni de su cama, ni de las tiendas que todos los días abrían y cerraban ante ella. Quería olvidarse de todo menos de su guitarra y de las letras que escribía. 

Los lápices que compraba -los compraba porque eran lo más barato para escribir, junto con folios reciclados, de un color grisáceo y feo- caían como moscas cuando en su portal, aferrada al hecho de que era más grande que su piso, bajo la intermitente luz de una vieja bombilla, rellenaba los folios con letras y letras, palabras, líneas, versos, párrafos, historias, relatos, canciones... Hablaba sobre alcohol, callejones, juventudes rotas, desórdenes, y mil y un temas más que tenía impresos a flor de piel en su interior. En esos momentos se sentía aislada del exterior, y conseguía contrarrestar a las mañanas y tardes en las que desde esquinas y adoquines lanzaba al aire y a Madrid sus escritos en forma de canciones, o en un intento de ellas. 

Tenía un anillo de plata que su madre le dio por su décimo cumpleaños. Aún le valía cuando en una noche cerrada un vagabundo consiguió arrancárselo del dedo, dejándole una fuerte herida en aquel dedo corazón de su mano derecha. Durante días observó como se abría una y otra vez al tocar. Intentó aprender a tocar como los zurdos, y al no poder, se vio obligada a abandonar sus canciones callejeras y a descansar unos días en su cuadrado piso. Sabía que la orden de desahucio llegaría en cuestión de una semana o dos. Compró acrílicos y se dedicó durante un fin de semana a pintar en una pared la portada del primer disco de Joy Division, con un más que aceptable resultado.

No sabía que sería de ella y de su desorden ahora que había perdido las ganas de volver a escribir.

18 sept 2012

Islas.

Se miró al pequeño y cuadrado espejo del cuarto de baño, colocándose el flequillo, haciéndolo pasar por detrás de las orejas, sonriendo, comprobando que todo en su apariencia estuviera en orden. Salió del cubículo para encarar un pequeño y estrecho pasillo de paredes color granate, avanzando hasta la penúltima puerta, que se encontraba entreabierta. Se apoyó en el cerco, observando cómo Frankly se ataba los cordones de sus nuevas y blancas zapatillas, colocando la lengüeta cuidadosamente para que no se doblara.

-Nunca entenderé esa manía tuya con las zapatillas y sus lengüetas .- le dijo, sonriente.
-Y yo nunca entenderé cómo te puede gustar ese chubasquero tan horrible .- disparó él, mirándola después con las cejas levantadas, intentando suavizar sus palabras.

Sandra sabía que aquella contestación no había sido en tono sarcástico, ni bromista, como contrapunto a lo que ella había dicho, sabía que en aquellas palabras se escondían varias sensaciones agolpadas en los últimos días. Y todo tenía una sencilla razón: ella. Ella y su inseguridad, ella y su inconformismo, ella y su indecisión. Había tratado a Frankly como un perro y ahora estaba recibiendo su propia medicina. Y todo por pronunciar una sola palabra, y todo por negar una única evidencia. Una evidencia que había habitado en su mente durante meses, casi un año, y que ahora que había tenido oportunidad de cumplirla, y hacerla más que realidad, había decidido hacer caso omiso a lo natural, y contrarrestarlo con su propia amarga dosis de indiferencia. Cuánto tiempo pudo haberse pasado pensando durante todo el día y la noche en aquellos rizos arremolinados en su cabeza, cuántas horas pudo haber gastado en imaginar historias, relatos, de la mano de aquel chico por la ciudad, descansando en cualquier cama a su lado, desayunando entre sonrisas y besos azucarados por los cafés y los cruasáns. Ya ni siquiera recordaba haber enrojecido de vergüenza en ciertas ocasiones y haberse derretido de tristeza en otras tantas. Lo cierto es que no recordaba cómo había sido su vida hasta que apareció el chico de los rizos, y ahora tampoco era capaz de recordar cómo había sido junto a él hasta hacía apenas ¿cuánto? ¿dos días?

En su defensa podía argumentar que todas aquellas indirectas que se había decidido a lanzar habían sido ninguneadas, pero sabía que muchas de las que ella había recibido habían sido ignoradas por su parte. Cómo culpar entonces sólo a una persona, cómo culpar al desacuerdo. No. Ni siquiera había existido aquel desacuerdo del que aseguraba conocer su existencia. Fue ella la que lo provocó. Fue ella la que con su firme y airada negación lanzó la primera bala, olvidando que para esta guerra no tenía un chaleco que la protegiera de las mil siguientes. Y estaba segura que de haberlo admitido hubiera podido continuar indagando en su vida -y en la de Frankly- a sus anchas, deseando saber más y más, deseando alargar cada pestañeo a fin de poder verle madrugar desde la cama, a fin de hacerle sonreír, y de tres mil doscientas cosas más.

Porque ella sabía que no había lugar para el error, hasta que ella lo produjo.

El tren seguía sus raíles, el río su cauce, pero cuando llego la hora de entrar en la estación, de desembocar en el mar, Sandra se equivocó de respuesta. Y ahora el orgullo, y la decepción consigo misma y que profanaba Frankly, le impedían curar su decisión. Y es que en qué momento se le ocurriría rechazar la declaración del chico del que se había quedado prendado nada más conocerle.

¿Qué podía hacer, acercarse a él y plantarle un beso en la boca? Sabía que podía hacerlo, sabía que quería hacerlo, pero ya no tenía derecho a ello. Había rechazado repugnantemente ser dueña de sus labios y de sus rizos. Había desaprovechado la oportunidad de tener una excusa más para sonreír, una más, pero una más muy importante. Deseaba romper las agujas del reloj con un martillo y colocarlas a su gusto en la fecha en la que todo ocurrió, y entonces, sólo entonces, rematar la faena con sus verdaderos sentimientos. 

Pero ya era tarde, tan tarde, que cuando quiso despertar de su ensimismamiento, Frankly se encontraba desenfundando su preciosa guitarra de madera, y llamándola antipáticamente para que se espabilara y saliera junto a él al escenario. 

-Eh. Despierta joder, siempre llegas tarde Sandra .- le dijo, dando un par de palmadas que resonaron por el pasillo para después perderse en el fondo de este.

Y Frankly tenía razón, siempre llegaba tarde.

13 sept 2012

Rey Dículo.

Un campo de minas. Sí, eso era. Hacía meses que andaba buscando una expresión que al fin le condujera a aquel triunfo que tanto anhelaba. Un campo de minas. Que por qué. Nadie lo sabe, ni siquiera él lo supo cuando en su mente rodaron las palabras y se solidificaron en sus cuerdas vocales. Las expulsó al vacío aire de aquel campo de espigas. Y fue como si hubiera tirado al suelo una mochila llena de ladrillos tras acarrear con su peso durante años y años. Las piernas le flaquearon cuando por fin halló aquella extraña y carente de sentido frase. Se sentó en el suelo, estirando las piernas. Sentía como si la espalda le hubiera encogido. El dolor fue pasajero, y solo cuando este cogió un avión a cualquier otra parte del mundo, o a la espalda de otra persona cualquiera, se volvió a levantar y a seguir caminando.

Había perdido la cuenta de las horas, de los días gastados, de los kilómetros andados. No sabía que pueblos había atravesado ni qué ciudades había avistado a lo lejos. Se había limitado a seguir un camino que hacía mucho tiempo que se había borrado del suelo. Primero optó por orientarse hacia la carretera y seguir su curso. A mediados del mes de mayo divisó un río y decidió andar cercano a la orilla, buscando su origen o su desembocadura. Una inmensa colina le cortó el paso y abandonó la idea del principio y fin de río. El campo se convirtió entonces en su ruta. Vastas llanuras de cosechas moteadas de verde, amarillo y marrón. Siguió su instinto durante muchos meses hasta que un día, sin saber muy bien por qué, decidió virar al este. Vio al sol nacer y morir en incontables ocasiones, y a la luna triunfar en otras tantas.

Ansiaba llegar al mar. Después de todo, eso significaría que había llegado al fin, que todo había acabado. Una vez llegara a la costa, su camino no hubiera podido seguir. Metería los pies en el agua, dejaría que la sal le curara todas las heridas y cortes que estos tenían. Permitiría a su cerebro descansar, y a su corazón volver  a latir a gusto. 

Y así fue. En dos años y seis meses, siete días y tres horas, pisó la fría arena mojada de una costa cualquiera. No miraba los carteles que se erigían a su paso. Había olvidado leer, nunca los hubiera podido entender. Había olvidado también a hablar, nunca hubiera podido preguntar. 

Y sin embargo, su interior no demostraba sus satisfacción. No había paz, solo remordimiento y un torrente revuelto de falsas sensaciones. No había acabado, aún no. Necesitaba algo más, algo con lo que poder poner punto y final a aquella lejana travesía que empezó en aquel sitio de nombre borroso y que se encontraba inconclusa. No podía permitir que esto fuera así, hubiera sido una falta de respeto. Una traición a sí mismo. La paradoja le pilló de buen humor, y decidió continuar el camino. No sería una continuación como concepto de segunda parte ajena a la primera, no señor. Sería una continuación en todo su esplendor. Todavía no iban a saltar los títulos de crédito.

Y fue ayer, cuando, en una provincia del sureste, se encontró con su final. O quizá fuera el final el que decidiera por fin mostrarse ante él. Un amplio cartel, enorme, gigantesco, titánico, apareció ante él. Instintivamente alzó la vista y observó las letras. Y para su propia sorpresa supo leerlas, pudo leerlas. Y al hacerlo soltó las exactas palabras que allí en lo alto se ofrecían a su único espectador. Tras descansar unos minutos. Se acercó a la valla que rodeaba el extenso recinto. Acarició el alambre con los dedos. Una puerta de metal apareció a su lado. No medía más de medio metro, y en vez de abrirla la saltó, pasando primero una pierna y luego la otra, por encima de ella. Y caminó en línea recta, aguardando el momento exacto en que una señal le indicara que, en efecto, y por fin, había llegado a su fin. Un pitido intermitente comenzó a sonar...





Dos segundos después, la mina explotó.

28 ago 2012

Mañanas.


Tras la tormenta veraniega de la noche anterior, había quedado una mañana preciosa para salir a la calle. El sol reinaba en un cielo totalmente despejado, pero la temperatura no subía de los veinte grados. Audrey acostumbraba a levantarse temprano y trasnochar exageradamente. No dormía demasiado, como mucho cinco horas. No le gustaba perder el tiempo matinal.

Saltó de la cama a las ocho en punto y directamente entró en la ducha, el lugar dónde seguramente gastaba más tiempo que en ningún otro, exceptuando el parque. A las nueve menos cuarto ya había desayunado, un café frío y galletas. Cogió el teléfono y marcó el número que se sabía de memoria de tantas veces que lo había hecho ya. Esperó pacientemente a la respuesta. Nadie contestó. Soltó un bufido y lo volvió a intentar. Tras comunicar cinco veces, Jamie contestó.

-¿Sí? –dijo vaga y roncamente.
-Venga, despierta, hemos quedado.
-¿Qué dices? –Hizo una pausa entre tosidos para mirar la hora- ¿Pero qué mierda de hora es esta?
-Anda, venga, levanta, que quiero ir a dar un paseo por Orcher.
-Joder… me cago en… ¿Tienes idea de la hora a la que me acosté ayer, bueno, hoy?
-No seas vago Jamie, hay que aprovechar las mañanas, hace un día genial.
-Yo soy un animal nocturno –contestó en ademán de colgar.
-Si vienes te invito a hierba –rió ella.
-¿Qué dices? Ahora no me apetece fumar, llevo toda la noche haciéndolo, joder, he dormido dos horas y…
-A las diez en punto en Meadow Street –le interrumpió.
-Eh, que no te he dicho que sí…
-Sí que lo has dicho, hasta luego –concluyó la conversación, alargando las últimas palabras.

Cuando Jamie quiso contestar ella ya había colgado. Gruñó, farfullando algunas palabras para sí mismo, antes de girarse en la cama y taparse entero con la sábana.

21 ago 2012

En el momento en el que perdí el control.


Siento que está cerca, está tan cerca que solamente la idea de conocer su proximidad me estremece, y la sensación me embriaga y me corroe, me asusta y provoca en mí un desangelado estado de desesperación repentina y no acierto a discernir entre calma y pena, gloria y hundimiento. Los portales me observan atravesar a toda velocidad la calle evitando el frío viento que todas las mañanas pasa rozando las paredes como si fuera un zumbido onírico. 

Trato de sacar la mano izquierda del bolsillo de mi abrigo color marrón viejo pero la orden de mi cerebro se congela de camino al brazo y la pereza de éste provoca que segundos más tarde me sorprenda a mí mismo sin haber consultado todavía la hora en mi reloj de pulsera que me regaló mi padre hace más de veinte años y que a pesar de su valor me he mostrado reticente a venderlo, a sabiendas de que en muchas ocasiones he estado a punto de morir abandonado por mi propia alma a merced de la vida callejera con aquel reloj como único tesoro. Y las nubes comienzan a tornarse blancas abandonando lo naranja y rozo que parece ser el amanecer en esta ciudad tan sucia y pobre como rica y cosmopolita que es Nueva York. Un vendedor ambulante de baratijas y películas pirata se aposta en su esquina de siempre colocando cajas de cartón estratégicamente para que todos los artículos le quepan de manera justa formando un mostrador improvisado. 

En la calle de enfrente desde el balcón de un primer piso se asoma en calzoncillos y camiseta interior de rayas un hombre de mediana edad taza en mano y cigarrillo en boca, de aspecto destartalado y barbas de varios días, que en pocos segundos sucumbe a la gélida temperatura del amanecer invernal que deslumbra con poca luz las placas de hielo y escarcha formadas en la acera y en los coches, como una fina capa translúcida de muerte lenta, de sueño eterno. Me inundan pensamientos tan fríos como el clima que me acompaña en horas tan tempranas al ritmo de mis pasos resonando en el suelo como un metrónomo desigual que augura malos presagios y no es más que un burdo cómplice de un futuro tan esclarecedor como inútil. Reúno las fuerzas suficientes como para sacar la mano del bolsillo y exponerla junto con mi muñeca al viento para descubrir que, en efectivo, son las siete y veinte, llego media hora tarde al turno matinal del Lewis', que es la frutería donde últimamente he estado trabajando para sacarme un dinerillo que quién sabe cuándo lo cobraré ni cuándo podré gastarlo. Me freno en un semáforo en rojo a pesar de que no viene ningún coche a lo lejos en ninguna de las dos direcciones. 

Las fuerzas que me quedan las divido, reservando una cantidad mayor para continuar el paseo hasta el centro de la ciudad, y al resto le sumo ganas y filosofía para implicar mi mente en un debate interno sobre cuánto tiempo podré aguantar, cuánto tiempo podré resistir a un invierno cada vez más mortal, a una ciudad cada vez más venenosa y a mi propia mente, mi mayor enemiga.

Cenicero.

Acabamos en mi casa, como tantas otras veces, encerrados en mi habitación como siempre, esquivando la comodidad del sofá del salón. Era como nuestro refugio personal, y prácticamente pasaba más tiempo dentro de él cuando estaba con Brent que cuando estaba yo solo. Resultaba curioso. Brent me había pasado hacía tres días un borrador de una escena para una película que había escrito, siempre me consultaba cuando escribía, e insistía cuando le decía que no era quien para criticar sus escritos. Nos sentamos en el suelo el uno frente al otro, con las piernas cruzadas o estiradas y una caja de tabaco y un cenicero entre nosotros, como interventor.

-¿Lo has leído, entonces? -me preguntó mientras exhalaba el humo del cigarrillo., que ascendía y ascendía hasta mezclarse con cada una de las caladas anteriores y se agrupaba alrededor de la pequeña lámpara y se esparcía por el techo como un halo blanquecino intangible.
-Sí.-contesté tras regresar de mi estado absorto observando el humo.

No me había dado prácticamente cuenta de ello, pero yo también estaba fumando, y llevaba un buen rato haciéndolo, solo que lo hacía de una manera que me invadía la sensación de que era otra persona la que dominaba mi cuerpo y movía mis brazos, como si mi cerebro fuera un mero espectador y no tuviera control sobre el resto de mi organismo. Era una sensación de embotellamiento y abstracción que me resultaba aterradora al principio, porque descubría que cualquier acción que realizara sería de una forma involuntaria, pero después aparecía en mi interior una satisfacción y un gusto incontenible. Me encantaba abstraerme de aquel modo, como si me desvaneciera de mi cuerpo, era un estado perfecto.

-¿Y qué te parece? -me miró directamente a los ojos, atravesándome con aquellos ojos grises que tantas veces había visto ya y que podía recordar de memoria.
-Está bien -contesté golpeando el cigarro con el dedo índice para que la ceniza cayera en el cenicero- es como un inciso en la historia, un descanso.
-Se me ocurrió mientras cagaba, de ahí que la escena se desarrolle en un cuarto de baño.

Fruncí el ceño al pasarse por mi mente la imagen de Brent haciendo sus necesidades mientras leía una de esas novelas de más de quinientas páginas que solía leer. Jamás entendí su obsesión por las novelas extraordinariamente largas, debía pensar que cuanto mayor fuera la cifra de páginas, mayor sería la calidad de lo escrito en ellas. Una creencia extravagante más de aquellas que caracterizaban a Brent.

-Verás, eso es una de las cosas que no me cuadran bien, que se desarrolle en un cuarto de baño, no me termina de convencer.

Brent pareció sorprendido y a la vez dolido tras mi afirmación. Puso esa cara que siempre le salía cuando se encontraba con una contestación inesperada o que no correspondía a la situación o a la conversación, una mezcla de confusión y enfado.

-¿Por qué? Es el escenario perfecto. -me explicó tajantemente.
-Me habría entrado mejor la idea si ocurriera en un jardín, en un patio, en un salón...
-Pero entonces -me interrumpió, para variar- toda la escena perdería el sentido y la esencia.
-¿Y eso por qué?

No terminaba de dar crédito a lo que Brent me estaba contando, no terminaba de entender qué era lo que le empujaba en numerosas ocasiones a pensar tan profundamente en cosas tan banales como un cuarto de baño o una cucharilla, y era capaz de sumergirse en una ola de concentración para ordenar sus ideas y trazarlas como si se trataran de una nueva corriente filosófica. Lo trataba todo de una manera tan delicada que a veces asustaba un poco verle vagabundear entre ideas estúpidas y observaciones maestras. Todas las cosas le fascinaban en un cierto punto y una cierta medida, excepto lo que odiaba, que eran pocas cosas, pero las rechazaba de una manera hipócrita y casi asesina.

-Porque el cuarto de baño es algo simbólico. -soltó lentamente, con la mirada perdida en algún punto de la pared que tenía enfrente, donde había un cuadro de Van Gogh colgado y una imagen en grande de Jimi Hendrix.
-¿Simbólico?

No pude ocultar la confusión de mi pregunta, y Brent volvió a fruncir el ceño, considerando la respuesta como errónea. Muchas veces él me había tachado de una persona no filósofa, no porque no pudiera serlo, si no porque no quería serlo, ni intentarlo. Podía pasarse horas y horas reflexionando sobre cómo yo actuaba de manera incrédula ante todos los actos, inclusive los más naturales, que se producían a nuestro alrededor, de modo que no apreciaba lo más mínimo el transcurso de las cosas, el “paso de potencia a acto”, como él me solía decir.

-Sí, simboliza la tranquilidad, la pausa tras la euforia. -me explicó al fin, algo reticente.
-No entiendo. -contesté
-A ver, te explico. -comenzó, y al escuchar el tono de su voz supe que en ese momento iba a volver a ser espectador de una nueva conspiración de Brent, de una nueva teoría, de nuevo me encontraría mirándole a los ojos, hechizado por su palabra, o quizá esta vez sufriera un desengaño con su explicación y no la aceptaría. Era una incógnita que debía despejar él- Cuando tú estás en una fiesta, agobiado, y necesitas tomar un respiro, o bien puedes salir a la calle a tomar aire, o bien puedes encerrarte unos momentos en el cuarto de baño. En un cuarto de baño toda acción que se realiza se hace de una forma hermética, inviolable. Cosas como peinarse, mirarse en el espejo, lavarse los dientes, tomarse las pastillas, afeitarse... Todo eso se puede hacer perfectamente en cualquier otro lugar, pero el baño le da ese significado de retiro, de intimidad y de soledad. Es algo misterioso.

Tal y como esperaba, de nuevo me encontré con una de aquellas reflexiones tan profundas e ilimitadamente sorprendentes de Brent, aunque esta vez no estuvo tan sombrado como en otras ocasiones. Tampoco había mucho que sacar de la idea del cuarto de baño, pensé, pero de nuevo Brent había convertido un concepto tan banal y tangible en algo abstracto. Algo de espíritu metódico se escondía en el interior de su persona. Es como si dentro de su mente las continuas contracciones se dispararan las unas a las otras con un revolver a ver quién ganaba el duelo. Estaba claro que no había arbitrariedad en sus palabras, es más, las elegía tan cuidadosamente que de ahí provenía lo asombroso de su genialidad.

-El baño tiene esa función, tú te lavas los dientes en el baño, te afeitas en el baño, te peinas el baño porque esas acciones son propias de realizar en un cuarto de baño. –acerté a contestar, todavía embriagado por el sabor de la nicotina y las palabras de Brent, que resonaron primero rebotando en las cuatro paredes de la habitación y después en mi cerebro, como una pelota de tenis lanzada una y otra vez contra una pared. Cuando Brent reflexionaba sobre algo y te lo contaba directamente, se producía una especie de efecto invernadero con su voz, sus frases llegaban hasta ti y rebotaban de nuevo hacia él, y al entrar en colisión con las nuevas frases, volvían a ti, y así sucesivamente, como las olas en una playa, nunca paran de llegar y llegar y llegar…
-Y por qué no peinarte frente a un espejo colocado en el salón, o cepillarte los dientes en tu habitación. –sugirió, sonando tan ensoñado como siempre.
-Porque en el cuarto de baño hay un lavabo, y ahí se hacen la mayoría de las cosas que me estás diciendo. –procuré evitar sonar muy tajante, pues mi concepto simple y llano de cuarto de baño estaba empezando a desmoronarse y no quería perder la perspectiva de que se trataba de una estancia más de una vivienda, en la que se hacían determinadas cosas, y el por qué de estas cosas venía reflejado en años y años de tradiciones. Y en verdad era ese el concepto universal de cuarto de baño, el entendido por la mayoría de las personas del planeta. Pero Brent siempre le daba una vuelta de tuerca más a las cosas que esa mayoría.
-Y por qué no tener un lavabo en el pasillo, o un lavabo en todas y cada una de las estancias de una vivienda.
-Porque no es normal. Estás loco. –acerté a contestar de nuevo, con una sonrisa antes de apagar el cigarrillo contra la fría cerámica del cenicero.
-No estoy loco –frunció el ceño de nuevo, pero dejó escapar una suave risa exhalada antes de continuar- En la civilización romana las domus y las villas y demás viviendas de la época tenían pequeñas fuentecillas en diferentes lugares de la casa para usarlas como lavabo en el momento que te fuera necesario.

Nunca entendí por qué todo lo que brotaba de su boca sonaba siempre tan convincente y real, por muy bohemias y extrañas que fueran sus palabras. A menudo resultaba exasperante, porque acababas dando como válido su planteamiento y te lo creías de principio a fin.
Resultaba hipnótico, introspectivo.

-Ya, pero estás mezclando lo arcaico con lo moderno. –le dije dándole a entender que reclamaba también yo mi parte de razón, que estaba seguro que existía en algún rincón de la conversación, pero absolutamente tapada por la sombra de la parte de Brent.
-No, con lo moderno no, con lo contemporáneo.
-¿Qué más da? Es lo mismo.
-No, te equivocas, la edad moderna ya tuvo su punto final hace tiempo, estamos en la edad contemporánea, nosotros somos contemporáneos, y todo lo que nos rodea es contemporáneo, y en el sentido y uso estricto de la palabra lo contemporáneo es más moderno que lo que es  propiamente moderno.

De nuevo me había dejado asombrado, había discernido sin dificultad alguna sobre lo moderno y lo contemporáneo, y aunque lo que había explicado era muy simple, él lo conseguía hacer complejo y rebuscado, a la vez que mágico y maligno. Era definitiva y endiabladamente un genio. Asentí, y él continuó hablando.

-Y el cuarto de baño para mí es simbólico porque refleja ese descanso, ajeno a la realidad que sigue su curso tras la puerta. Uno puede aislarse del mundo acurrucado en un rincón del cuarto de baño, al lado del radiador, por muy deprimente que suene. Es una soledad que sólo el baño puede otorgar. Claro que también existen cuartos de baños diminutos que son agobiantes, y más que un descanso te otorgan ansiedad.

En más de una ocasión le aconsejé dedicarse a la política, pero los políticos a Brent le repelían. Por eso adoraba férreamente la película El Candidato y el papel de Robert Redford en ella, para él se trataba de una crítica a los políticos y a la política en sí, ácida y perfecta, incluso bella, como llegó a adjetivarla.