Se dejó empapar por la milésima de segundo en la que transcurrió su pestañeo. Respiró hondo, sin apartar la vista de la ventana abierta. No miraba lo que había fuera, no observaba fijamente el edificio del otro lado de la calle. No movía la mirada del aluminio que formaba el marco de la ventana.
-¿Puedes olerlo?
Él hizo un esfuerzo, inspirando hondamente, esperando encontrarse con un olor agradable, con un olor que le sorprendiera, que se le quedara grabado en la mente, y que cada vez que lo reconociera al volver a olerlo, pudiera decir: Sí, huele a eso. Pero no. No consiguió distinguir ningún olor.
-No - contestó algo decepcionado - ¿El qué?
-El frío. Huele a frío. ¿Nunca has olido el frío? Sólo el frío huele así, como... el frío. No hay otra palabra para designarlo. Huele a frío.
-A frío. - afirmó él, incrédulo.
-¿En serio nunca has olido el frío, al salir un día a la calle, zarandeado por el viento de la mañana, inspirando hondamente, apreciando su olor, o cuando abres una ventana en invierno, como ahora, y la habitación se llena del ambiente helado de la calle? ¿No puedes olerlo? No es puramente un olor. Es más una sensación, es como si el frío, al colarse en nuestra nariz, adquiriera olor. Así huele el frío, a frío...
...a ese frío que te congela cuando algo dentro de ti te abandona.
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