27 oct 2012

El buzón de voz interno.

Lo único que recordaba era que había olvidado sus razones.

Salió del portal rápidamente, frenándose en seco de repente. Había olvidado momentáneamente qué dirección debía seguir. Miro hacia ambos lados, alcanzó a ver las dos esquinas de la calle, pero no encontró ninguna pista que le pudiera indicar hacia qué lado debía ir. Se apoyó en el capó de un coche blanco que había aparcado, de manera regular, justo enfrente de las losas de mármol del portal. Miró al cielo unos segundos, como si en aquel techo azul pudiera encontrar la respuesta a su incógnita. Sacó un paquete de tabaco rojo de su bolsillo y se alargó un cigarro hasta los labios, donde lo mantuvo inerte hasta que el mechero apareció para hacer su trabajo. Exhaló la primera calada mientras se colocaba el gorro de lana en la cabeza. Se rascó la barbilla, frunció el ceño, observó el humo, el suelo, sus zapatillas. Buscó en sus bolsillos algo que le pudiera dar el mínimo vestigio de la razón por la que se encontraba en la calle en aquel justo momento, la razón por la que debía tomar una dirección que por arte de magia, para él, se había transformado en ignota. Las caladas sucesivas terminaron por debilitar a un cigarrillo cada vez más escaso en cuanto a centímetros, hasta que hubo llegado el momento de dejarlo morir en el frío suelo.

Intentó hablar con su subconsciente, pero parecía estar ausente, como siempre lo parecía últimamente. Cada vez que tenía que llamar a su sentido común, a la voz de la razón, se encontraba con el buzón de voz. Y los mensajes que dejaba grabados nunca eran contestados. Esto le producía una extraña sensación, como de ira contra sí mismo, y a la vez condescendencia, admiración, odio... Un torbellino de emociones, un abanico de sensaciones, una mente que quizá le había abandonado para siempre sin haberle avisado. 

-Mente, ¿estás ahí?
Escuchó el silencio como respuesta.
-Ya, bueno, veo que no.
Una voz ronca apareció:
-¿Quién es el que llama?
-Pues quién va a ser, soy yo.
-Tú eres yo, entonces.
-Sí, yo soy tú.
-Y por lo tanto, si tú eres yo, yo soy tú.
-Sí.
-Es una relación recíproca.
-O no tan recíproca, llevo días llamándote. ¿Dónde has estado?
-Supongo que dormitando, meditando, hibernando...
-Estabas como ausente.
-Lo estaba, pero sin el "como".
-¿Y por qué?
-Pensaba que ya no me necesitabas.
-¿Por qué no iba a necesitarse? Yo necesito a  mi otra parte de mi yo, que eres tú.
-Parecías tan seguro bajo tu nueva coraza, que creí que ya había llegado el momento de dejarte caminar solo, que ya habías crecido lo suficiente como para que no tuviera nada más que enseñarte. Y lo que no supieras, lo podrías aprender con la experiencia...
-No digas tonterías, yo siempre te voy a necesitar a ti, porque eres yo, y tú siempre vas a necesitarme a mi, porque soy tú. Somos las dos partes de la totalidad, las dos porciones, las dos mitades. Somos semicircunferencias que cierran el círculo perfecto de lo que soy y lo que eres, de lo que somos, de YO.
-¿Y qué tal está YO? Hacía mucho tiempo que no me llamaba por una razón concreta como lo ha hecho hoy.
-Me he olvidado de algo, y no sé qué es.
-No puedes esperar que tenga la respuesta, estaba ausente, no puedo saber qué es lo que has olvidado, no puedo buscarlo en mí porque la parte que soy que corresponde a ti, no estaba presente, por así decirlo.
-Entonces no puedes ayudarme.
-No, no puedo.
-Y todo porque decidiste desarrollar conjeturas inútiles.
-O no tan inútiles. Este es mi trabajo ¿sabes? No puedo realizarlo sin pensar constantemente que en un futuro lo finalizaré, o tendré que dejar de ejercerlo. Del mismo modo que cuando tú realizas una acción, sabes que es finita, y piensas todo el tiempo en su finitud. Es así, no hay otra manera. Cuándo escribes, cuando hablas, cuando observas... todas esas acciones son finitas, no escribes para siempre, ni hablas para el resto de los tiempos, ni observas continuamente lo mismo. El tiempo está en continuo movimiento, y arrastra al espacio, de modo que aunque nosotros no pensemos en la finitud de las cosas, el tiempo y el espacio variarán todas esas cosas. 
-Entiendo. Pero está claro que como parte de mí has fallado.
-He fallado al pensar que estabas preparado, eso solo quiere decir que la decepción viene por tu parte.
-Mi parte te ha estado buscando durante días. Tu parte se dedicaba a roncar.
-Hibernar no significa dormir, sino descansar.
-Muy bien, querido yo, entonces dime dónde estaba la nieve del invierno que te indicara que debías hibernar.
-De modo que me has llamado para echarme en cara mis errores.
-Te he llamado para preguntarte qué dirección debo coger, que se me ha olvidado, y no eres capaz de echar una mano.
-¡Tenías que ir a por el pan, inútil, a por el jodido pan! 
-¿¡Y por qué no podías habérmelo dicho!?
-Porque esperaba a que intentaras recordar. Pero te has sentado en el coche a fumarte un cigarrillo y te has olvidado del motivo por el cuál habías salido a la calle, y luego pretendes venirme a mí a pedirme ayuda cuándo nunca encuentro tu apoyo si soy yo el que necesita ayuda...
-¿Sabes qué? Pasó de ti.

Colgó el teléfono de su interior. Y se fue a comprar el pan.