22 nov 2012

Modus Operandi.


El viento, no contento con agitar las hojas de las palmeras y los toldos, le desordenaba el pelo castaño a la chica, lo que, a ojos del chico, la hacía mucho más atractiva de lo que para él ya era. Miró sus labios una vez más, y eran tal y como los había memorizado. Finos, rosados, parecían llamarle. Pero él no respondía a la llamada, le bastaba con mirarlos y cerciorarse de que no se habían ido aún.

El mar no estaba tan revuelto como debiera estarlo con aquel vendaval que estaba azotando el paseo marítimo de Barcelona.

Por mucho que intentaba taparse la cabeza con la capucha de la sudadera azul, el viento se la arrebataba, como suplicándole continuamente que dejara de luchar contra él, que le dejara entrar en su vida. Pero el viento no entiende de metáforas, ni de figuras retóricas en general.
Ella había desistido rato antes de encenderse un cigarrillo, empeñado el mismo viento atrevido en que la llama del mechero no dispusiera de más de medio segundo de vida.
Que por qué estaban allí.

Él no lo sabía exactamente. Sabía que estaba en la playa, que tenía la arena a medio metro, y a ella a dos, caminando hacia ningún lado. No se acercaba a ella, se limitaba a andar al mismo ritmo, manteniendo la distancia, como si el hecho de acercarse medio paso a su acompañante fuera un error.


Ella mantenía la vista al frente, en el suelo, o en el homogéneo y gris cielo que lo parecía cubrir todo hasta donde llegaba la vista. Algún desliz la hacía mirar de reojo al chico, que no se molestaba en disimular y le sujetaba la vista unos segundos.

-Podría pasarme la vida entera a tu lado, aunque fuera a dos metros de ti.- dijo él, consciente de que el zumbido del viento no había dejado que ella percibiera sus palabras.

Ella se paró en seco, enfrente de unas tablillas de madera descuidadas que llevaban a la arena. Le miró a él, y él le devolvió la mirada. Sin mucho cuidado se quitó ambas zapatillas y los calcetines, pisando después la arena con los pies desnudos. Estaba fría. Pero no fría en sentido desagradable, era un frío que te envolvía y te daba sensación de cercanía, de calidez.

Él no la siguió, se sentó en la cornisa de piedra que bordeaba aquel tramo de paseo, y la vio alejarse con su chaqueta vaquera y una sonrisa de soslayo. Vio como se acercaba a la orilla y dejaba que sus pies notaran el contacto del agua, que debía estar helada por los gestos que hizo. No tardó en llegar una ola que la empapó la parte baja de los pantalones, saliendo ella corriendo.

Él se levantó, sin saber muy bien por qué y la emuló, quitándose las zapatillas y después los calcetines.

-Yo vivo porque sé que estás a mí lado.- dijo ella, desde la orilla, comenzando a caminar hacia el chico, sabiendo que no podría haberle escuchado aunque estuviera a tres centímetros.
El viento gritaba, como si alguien le estuviera acuchillando y no pudiera evitar soltar un aullido de dolor.

Él pisó la arena, la sintió fría, hasta que notó la calidez que antes ella había podido comprobar. La vio acercarse a él, de modo que hizo lo propio hasta que estuvieron a dos metros exactamente el uno del otro, mirándose, con el viento entre medias.

Si todo fuera una película que se está proyectando en una sala de un cine, más de uno se estaría preguntando a qué esperaban aquellos dos jóvenes. Más de uno habría quedado ya prendado del personaje femenino, y más de una con el masculino. Y como esa relación que siempre se produce y se estrecha con un personaje favorito, nos vemos obligados a desear su felicidad, a que logre lo que se propone.

A qué estaban esperando, también se preguntaba él, también lo hacía ella.
Pero ninguno de los dos avanzaba un solo centímetro, como si la calidez de la arena fría fuera a tornarse en hielo.

Ella creía que él parecía diferente ese día, como más él. Más todo.

Él prefería no creer nada, la miraba, la veía, la sentía, todo a dos metros. Ya no había nada más que viento entre los dos. Y no era suficiente como para no vencerlo. Él prefería no creer nada, y de este modo, convencido de que el viento no sería capaz de empujarle bruscamente, dio un paso primero, un segundo después, lo que propició que ella hiciera lo mismo.

La distancia cada vez fue menor entre los dos, hasta que desapareció.