El
viento, no contento con agitar las hojas de las palmeras y los toldos, le
desordenaba el pelo castaño a la chica, lo que, a ojos del chico, la hacía
mucho más atractiva de lo que para él ya era. Miró sus labios una vez más, y
eran tal y como los había memorizado. Finos, rosados, parecían llamarle. Pero
él no respondía a la llamada, le bastaba con mirarlos y cerciorarse de que no
se habían ido aún.
El
mar no estaba tan revuelto como debiera estarlo con aquel vendaval que estaba azotando
el paseo marítimo de Barcelona.
Por
mucho que intentaba taparse la cabeza con la capucha de la sudadera azul, el
viento se la arrebataba, como suplicándole continuamente que dejara de luchar
contra él, que le dejara entrar en su vida. Pero el viento no entiende de
metáforas, ni de figuras retóricas en general.
Ella
había desistido rato antes de encenderse un cigarrillo, empeñado el mismo
viento atrevido en que la llama del mechero no dispusiera de más de medio
segundo de vida.
Que
por qué estaban allí.
Él
no lo sabía exactamente. Sabía que estaba en la playa, que tenía la arena a
medio metro, y a ella a dos, caminando hacia ningún lado. No se acercaba a
ella, se limitaba a andar al mismo ritmo, manteniendo la distancia, como si el
hecho de acercarse medio paso a su acompañante fuera un error.
Ella
mantenía la vista al frente, en el suelo, o en el homogéneo y gris cielo que lo
parecía cubrir todo hasta donde llegaba la vista. Algún desliz la hacía mirar
de reojo al chico, que no se molestaba en disimular y le sujetaba la vista unos
segundos.
-Podría
pasarme la vida entera a tu lado, aunque fuera a dos metros de ti.- dijo él,
consciente de que el zumbido del viento no había dejado que ella percibiera sus
palabras.
Ella
se paró en seco, enfrente de unas tablillas de madera descuidadas que llevaban
a la arena. Le miró a él, y él le devolvió la mirada. Sin mucho cuidado se
quitó ambas zapatillas y los calcetines, pisando después la arena con los pies
desnudos. Estaba fría. Pero no fría en sentido desagradable, era un frío que te
envolvía y te daba sensación de cercanía, de calidez.
Él
no la siguió, se sentó en la cornisa de piedra que bordeaba aquel tramo de
paseo, y la vio alejarse con su chaqueta vaquera y una sonrisa de soslayo. Vio
como se acercaba a la orilla y dejaba que sus pies notaran el contacto del
agua, que debía estar helada por los gestos que hizo. No tardó en llegar una
ola que la empapó la parte baja de los pantalones, saliendo ella corriendo.
Él
se levantó, sin saber muy bien por qué y la emuló, quitándose las zapatillas y
después los calcetines.
-Yo
vivo porque sé que estás a mí lado.- dijo ella, desde la orilla, comenzando a
caminar hacia el chico, sabiendo que no podría haberle escuchado aunque
estuviera a tres centímetros.
El
viento gritaba, como si alguien le estuviera acuchillando y no pudiera evitar
soltar un aullido de dolor.
Él
pisó la arena, la sintió fría, hasta que notó la calidez que antes ella había
podido comprobar. La vio acercarse a él, de modo que hizo lo propio hasta que
estuvieron a dos metros exactamente el uno del otro, mirándose, con el viento
entre medias.
Si
todo fuera una película que se está proyectando en una sala de un cine, más de
uno se estaría preguntando a qué esperaban aquellos dos jóvenes. Más de uno habría
quedado ya prendado del personaje femenino, y más de una con el masculino. Y
como esa relación que siempre se produce y se estrecha con un personaje
favorito, nos vemos obligados a desear su felicidad, a que logre lo que se
propone.
A
qué estaban esperando, también se preguntaba él, también lo hacía ella.
Pero
ninguno de los dos avanzaba un solo centímetro, como si la calidez de la arena
fría fuera a tornarse en hielo.
Ella
creía que él parecía diferente ese día, como más él. Más todo.
Él
prefería no creer nada, la miraba, la veía, la sentía, todo a dos metros. Ya no
había nada más que viento entre los dos. Y no era suficiente como para no
vencerlo. Él prefería no creer nada, y de este modo, convencido de que el
viento no sería capaz de empujarle bruscamente, dio un paso primero, un
segundo después, lo que propició que ella hiciera lo mismo.
La
distancia cada vez fue menor entre los dos, hasta que desapareció.