Un campo de minas. Sí, eso era. Hacía meses que andaba buscando una expresión que al fin le condujera a aquel triunfo que tanto anhelaba. Un campo de minas. Que por qué. Nadie lo sabe, ni siquiera él lo supo cuando en su mente rodaron las palabras y se solidificaron en sus cuerdas vocales. Las expulsó al vacío aire de aquel campo de espigas. Y fue como si hubiera tirado al suelo una mochila llena de ladrillos tras acarrear con su peso durante años y años. Las piernas le flaquearon cuando por fin halló aquella extraña y carente de sentido frase. Se sentó en el suelo, estirando las piernas. Sentía como si la espalda le hubiera encogido. El dolor fue pasajero, y solo cuando este cogió un avión a cualquier otra parte del mundo, o a la espalda de otra persona cualquiera, se volvió a levantar y a seguir caminando.
Había perdido la cuenta de las horas, de los días gastados, de los kilómetros andados. No sabía que pueblos había atravesado ni qué ciudades había avistado a lo lejos. Se había limitado a seguir un camino que hacía mucho tiempo que se había borrado del suelo. Primero optó por orientarse hacia la carretera y seguir su curso. A mediados del mes de mayo divisó un río y decidió andar cercano a la orilla, buscando su origen o su desembocadura. Una inmensa colina le cortó el paso y abandonó la idea del principio y fin de río. El campo se convirtió entonces en su ruta. Vastas llanuras de cosechas moteadas de verde, amarillo y marrón. Siguió su instinto durante muchos meses hasta que un día, sin saber muy bien por qué, decidió virar al este. Vio al sol nacer y morir en incontables ocasiones, y a la luna triunfar en otras tantas.
Ansiaba llegar al mar. Después de todo, eso significaría que había llegado al fin, que todo había acabado. Una vez llegara a la costa, su camino no hubiera podido seguir. Metería los pies en el agua, dejaría que la sal le curara todas las heridas y cortes que estos tenían. Permitiría a su cerebro descansar, y a su corazón volver a latir a gusto.
Y así fue. En dos años y seis meses, siete días y tres horas, pisó la fría arena mojada de una costa cualquiera. No miraba los carteles que se erigían a su paso. Había olvidado leer, nunca los hubiera podido entender. Había olvidado también a hablar, nunca hubiera podido preguntar.
Y sin embargo, su interior no demostraba sus satisfacción. No había paz, solo remordimiento y un torrente revuelto de falsas sensaciones. No había acabado, aún no. Necesitaba algo más, algo con lo que poder poner punto y final a aquella lejana travesía que empezó en aquel sitio de nombre borroso y que se encontraba inconclusa. No podía permitir que esto fuera así, hubiera sido una falta de respeto. Una traición a sí mismo. La paradoja le pilló de buen humor, y decidió continuar el camino. No sería una continuación como concepto de segunda parte ajena a la primera, no señor. Sería una continuación en todo su esplendor. Todavía no iban a saltar los títulos de crédito.
Y fue ayer, cuando, en una provincia del sureste, se encontró con su final. O quizá fuera el final el que decidiera por fin mostrarse ante él. Un amplio cartel, enorme, gigantesco, titánico, apareció ante él. Instintivamente alzó la vista y observó las letras. Y para su propia sorpresa supo leerlas, pudo leerlas. Y al hacerlo soltó las exactas palabras que allí en lo alto se ofrecían a su único espectador. Tras descansar unos minutos. Se acercó a la valla que rodeaba el extenso recinto. Acarició el alambre con los dedos. Una puerta de metal apareció a su lado. No medía más de medio metro, y en vez de abrirla la saltó, pasando primero una pierna y luego la otra, por encima de ella. Y caminó en línea recta, aguardando el momento exacto en que una señal le indicara que, en efecto, y por fin, había llegado a su fin. Un pitido intermitente comenzó a sonar...
Dos segundos después, la mina explotó.