Llevaba mucho tiempo redondeando la idea. Y cuando decía mucho tiempo quería decir muchísimo tiempo, meses, quizá un año o dos. Quería ser por fin el creador. Quería ser el artista que pincelara su lienzo. quería convertir sus ideas, sus sueños, en objetos tangibles, en algo visible que poder admirar o criticar. Escribió y escribió borradores, tiro y rompió introducciones, olvidó historias y las dejó sin final. Siempre conseguía empezar, pero llegaba un punto al que no se atrevía a llegar, se rendía, y ahí acababa la cosa. Cientos de historias sin final. Cientos de comienzos sin nudo. Cientos de introducciones que no llegaron a ser más que cuatro líneas. Cientos de títulos imaginados, cientos de tramas especuladas. Cientos de nombres de personajes, cientos de acciones por reflejar. Cientos de páginas sin continuación.Cero historias finiquitadas.
Y ahora pensaba que quizá había llegado el momento de comenzar, de comenzar con todas sus letras, de C-O-M-E-N-Z-A-R y T-E-R-M-I-N-A-R. De reinar desde el teclado o el bolígrafo sobre las páginas en blanco, sobre los personajes aún verdes, madurarlos, convertirlos en los más grandes genios o en los más temibles hijos de puta. Al fin tenía un motivo, al fin tenía algo que contar. Y estaba dispuesto a hacerlo, definitivamente. Algo en su interior había cambiado, algo se había modificado y le empujaba férreamente a hacerlo, no como otras tantas veces, en las que la esperanza y las ganas parecían tímidas y escuetas. Lo tenía todo planificado, sólo le faltaba realizarlo.
Incluso tenía un título.
Pájaros.