Se miró al pequeño y cuadrado espejo del cuarto de baño, colocándose el flequillo, haciéndolo pasar por detrás de las orejas, sonriendo, comprobando que todo en su apariencia estuviera en orden. Salió del cubículo para encarar un pequeño y estrecho pasillo de paredes color granate, avanzando hasta la penúltima puerta, que se encontraba entreabierta. Se apoyó en el cerco, observando cómo Frankly se ataba los cordones de sus nuevas y blancas zapatillas, colocando la lengüeta cuidadosamente para que no se doblara.
-Nunca entenderé esa manía tuya con las zapatillas y sus lengüetas .- le dijo, sonriente.
-Y yo nunca entenderé cómo te puede gustar ese chubasquero tan horrible .- disparó él, mirándola después con las cejas levantadas, intentando suavizar sus palabras.
Sandra sabía que aquella contestación no había sido en tono sarcástico, ni bromista, como contrapunto a lo que ella había dicho, sabía que en aquellas palabras se escondían varias sensaciones agolpadas en los últimos días. Y todo tenía una sencilla razón: ella. Ella y su inseguridad, ella y su inconformismo, ella y su indecisión. Había tratado a Frankly como un perro y ahora estaba recibiendo su propia medicina. Y todo por pronunciar una sola palabra, y todo por negar una única evidencia. Una evidencia que había habitado en su mente durante meses, casi un año, y que ahora que había tenido oportunidad de cumplirla, y hacerla más que realidad, había decidido hacer caso omiso a lo natural, y contrarrestarlo con su propia amarga dosis de indiferencia. Cuánto tiempo pudo haberse pasado pensando durante todo el día y la noche en aquellos rizos arremolinados en su cabeza, cuántas horas pudo haber gastado en imaginar historias, relatos, de la mano de aquel chico por la ciudad, descansando en cualquier cama a su lado, desayunando entre sonrisas y besos azucarados por los cafés y los cruasáns. Ya ni siquiera recordaba haber enrojecido de vergüenza en ciertas ocasiones y haberse derretido de tristeza en otras tantas. Lo cierto es que no recordaba cómo había sido su vida hasta que apareció el chico de los rizos, y ahora tampoco era capaz de recordar cómo había sido junto a él hasta hacía apenas ¿cuánto? ¿dos días?
En su defensa podía argumentar que todas aquellas indirectas que se había decidido a lanzar habían sido ninguneadas, pero sabía que muchas de las que ella había recibido habían sido ignoradas por su parte. Cómo culpar entonces sólo a una persona, cómo culpar al desacuerdo. No. Ni siquiera había existido aquel desacuerdo del que aseguraba conocer su existencia. Fue ella la que lo provocó. Fue ella la que con su firme y airada negación lanzó la primera bala, olvidando que para esta guerra no tenía un chaleco que la protegiera de las mil siguientes. Y estaba segura que de haberlo admitido hubiera podido continuar indagando en su vida -y en la de Frankly- a sus anchas, deseando saber más y más, deseando alargar cada pestañeo a fin de poder verle madrugar desde la cama, a fin de hacerle sonreír, y de tres mil doscientas cosas más.
Porque ella sabía que no había lugar para el error, hasta que ella lo produjo.
El tren seguía sus raíles, el río su cauce, pero cuando llego la hora de entrar en la estación, de desembocar en el mar, Sandra se equivocó de respuesta. Y ahora el orgullo, y la decepción consigo misma y que profanaba Frankly, le impedían curar su decisión. Y es que en qué momento se le ocurriría rechazar la declaración del chico del que se había quedado prendado nada más conocerle.
¿Qué podía hacer, acercarse a él y plantarle un beso en la boca? Sabía que podía hacerlo, sabía que quería hacerlo, pero ya no tenía derecho a ello. Había rechazado repugnantemente ser dueña de sus labios y de sus rizos. Había desaprovechado la oportunidad de tener una excusa más para sonreír, una más, pero una más muy importante. Deseaba romper las agujas del reloj con un martillo y colocarlas a su gusto en la fecha en la que todo ocurrió, y entonces, sólo entonces, rematar la faena con sus verdaderos sentimientos.
Pero ya era tarde, tan tarde, que cuando quiso despertar de su ensimismamiento, Frankly se encontraba desenfundando su preciosa guitarra de madera, y llamándola antipáticamente para que se espabilara y saliera junto a él al escenario.
-Eh. Despierta joder, siempre llegas tarde Sandra .- le dijo, dando un par de palmadas que resonaron por el pasillo para después perderse en el fondo de este.
Y Frankly tenía razón, siempre llegaba tarde.