Los sueños dorados se le rizaban sobre la frente.
Los mismos sueños dorados que le embriagaban la mente,
que dejaban que fluyera, que hablara por él,
que moviera su mano ágilmente,
y dibujara retazos de historias fantásticas.
Soñaba con magnates, con las noches de verano del este,
con un oeste diferente, con bromas prácticas,
con universitarios llenos de sueños y arte,
con accidentes de coche, con el veneno de las mujeres.
Su sombra se alargaba hacia aquel ocaso,
que nunca se cansó de describir en páginas cargadas de emociones fuertes,
y que luego anexionaba a textos que, por si acaso,
presentaban los personajes como si fueran de su propia fuente.
Francis Scott llegó a vivir atormentado,
pero simplemente no quería hacérnoslo creer así,
cuando lo más importante de su vida se vio empañado,
esquizofrenia, soledad, impotencia.
Recordaba una y otra vez el año en que encontró aquella brisa,
de pelo -al igual que su sueño- dorado, llamada Zelda.
Vio a las mejores mentes de su generación languideces a su paso,
esconderse bajo su sombra, rezar por su fortuna,
los patetizaba, emborrachándoles con prosa, con gracia,
con aquella imaginación brillante, con aquella genialidad abrasiva.
Nos brindó historias de bella factura.
Nos regaló la historia del hombre que nació viejo y murió infante,
cuyo apellido era Botón.
Nos regaló la historia del querido Amory, hijo de Beatrice,
Entre universidades y jazz, quemada la garganta con ginebra.
Nos regaló la historia del sacrificio, del magnate que mintió por amor,
entre accidentes provocados y accidentes imprevistos, aquel Gran Gatsby.
Nos regaló la oscuridad del dolor, de la autobiografía más sutil,
de los poderes de la mente y sus tormentos, de los suave que eran aquellas noches.
Y nos regaló la historia de un último millonario, de viajes a Hollywood,
de encuentros casuales, de esos que te matan con el tiempo.
Fitzgerald, Francis Scott. (24/09/1896-21/12/1940)
No hay comentarios:
Publicar un comentario