28 ago 2012

Mañanas.


Tras la tormenta veraniega de la noche anterior, había quedado una mañana preciosa para salir a la calle. El sol reinaba en un cielo totalmente despejado, pero la temperatura no subía de los veinte grados. Audrey acostumbraba a levantarse temprano y trasnochar exageradamente. No dormía demasiado, como mucho cinco horas. No le gustaba perder el tiempo matinal.

Saltó de la cama a las ocho en punto y directamente entró en la ducha, el lugar dónde seguramente gastaba más tiempo que en ningún otro, exceptuando el parque. A las nueve menos cuarto ya había desayunado, un café frío y galletas. Cogió el teléfono y marcó el número que se sabía de memoria de tantas veces que lo había hecho ya. Esperó pacientemente a la respuesta. Nadie contestó. Soltó un bufido y lo volvió a intentar. Tras comunicar cinco veces, Jamie contestó.

-¿Sí? –dijo vaga y roncamente.
-Venga, despierta, hemos quedado.
-¿Qué dices? –Hizo una pausa entre tosidos para mirar la hora- ¿Pero qué mierda de hora es esta?
-Anda, venga, levanta, que quiero ir a dar un paseo por Orcher.
-Joder… me cago en… ¿Tienes idea de la hora a la que me acosté ayer, bueno, hoy?
-No seas vago Jamie, hay que aprovechar las mañanas, hace un día genial.
-Yo soy un animal nocturno –contestó en ademán de colgar.
-Si vienes te invito a hierba –rió ella.
-¿Qué dices? Ahora no me apetece fumar, llevo toda la noche haciéndolo, joder, he dormido dos horas y…
-A las diez en punto en Meadow Street –le interrumpió.
-Eh, que no te he dicho que sí…
-Sí que lo has dicho, hasta luego –concluyó la conversación, alargando las últimas palabras.

Cuando Jamie quiso contestar ella ya había colgado. Gruñó, farfullando algunas palabras para sí mismo, antes de girarse en la cama y taparse entero con la sábana.

21 ago 2012

En el momento en el que perdí el control.


Siento que está cerca, está tan cerca que solamente la idea de conocer su proximidad me estremece, y la sensación me embriaga y me corroe, me asusta y provoca en mí un desangelado estado de desesperación repentina y no acierto a discernir entre calma y pena, gloria y hundimiento. Los portales me observan atravesar a toda velocidad la calle evitando el frío viento que todas las mañanas pasa rozando las paredes como si fuera un zumbido onírico. 

Trato de sacar la mano izquierda del bolsillo de mi abrigo color marrón viejo pero la orden de mi cerebro se congela de camino al brazo y la pereza de éste provoca que segundos más tarde me sorprenda a mí mismo sin haber consultado todavía la hora en mi reloj de pulsera que me regaló mi padre hace más de veinte años y que a pesar de su valor me he mostrado reticente a venderlo, a sabiendas de que en muchas ocasiones he estado a punto de morir abandonado por mi propia alma a merced de la vida callejera con aquel reloj como único tesoro. Y las nubes comienzan a tornarse blancas abandonando lo naranja y rozo que parece ser el amanecer en esta ciudad tan sucia y pobre como rica y cosmopolita que es Nueva York. Un vendedor ambulante de baratijas y películas pirata se aposta en su esquina de siempre colocando cajas de cartón estratégicamente para que todos los artículos le quepan de manera justa formando un mostrador improvisado. 

En la calle de enfrente desde el balcón de un primer piso se asoma en calzoncillos y camiseta interior de rayas un hombre de mediana edad taza en mano y cigarrillo en boca, de aspecto destartalado y barbas de varios días, que en pocos segundos sucumbe a la gélida temperatura del amanecer invernal que deslumbra con poca luz las placas de hielo y escarcha formadas en la acera y en los coches, como una fina capa translúcida de muerte lenta, de sueño eterno. Me inundan pensamientos tan fríos como el clima que me acompaña en horas tan tempranas al ritmo de mis pasos resonando en el suelo como un metrónomo desigual que augura malos presagios y no es más que un burdo cómplice de un futuro tan esclarecedor como inútil. Reúno las fuerzas suficientes como para sacar la mano del bolsillo y exponerla junto con mi muñeca al viento para descubrir que, en efectivo, son las siete y veinte, llego media hora tarde al turno matinal del Lewis', que es la frutería donde últimamente he estado trabajando para sacarme un dinerillo que quién sabe cuándo lo cobraré ni cuándo podré gastarlo. Me freno en un semáforo en rojo a pesar de que no viene ningún coche a lo lejos en ninguna de las dos direcciones. 

Las fuerzas que me quedan las divido, reservando una cantidad mayor para continuar el paseo hasta el centro de la ciudad, y al resto le sumo ganas y filosofía para implicar mi mente en un debate interno sobre cuánto tiempo podré aguantar, cuánto tiempo podré resistir a un invierno cada vez más mortal, a una ciudad cada vez más venenosa y a mi propia mente, mi mayor enemiga.

Cenicero.

Acabamos en mi casa, como tantas otras veces, encerrados en mi habitación como siempre, esquivando la comodidad del sofá del salón. Era como nuestro refugio personal, y prácticamente pasaba más tiempo dentro de él cuando estaba con Brent que cuando estaba yo solo. Resultaba curioso. Brent me había pasado hacía tres días un borrador de una escena para una película que había escrito, siempre me consultaba cuando escribía, e insistía cuando le decía que no era quien para criticar sus escritos. Nos sentamos en el suelo el uno frente al otro, con las piernas cruzadas o estiradas y una caja de tabaco y un cenicero entre nosotros, como interventor.

-¿Lo has leído, entonces? -me preguntó mientras exhalaba el humo del cigarrillo., que ascendía y ascendía hasta mezclarse con cada una de las caladas anteriores y se agrupaba alrededor de la pequeña lámpara y se esparcía por el techo como un halo blanquecino intangible.
-Sí.-contesté tras regresar de mi estado absorto observando el humo.

No me había dado prácticamente cuenta de ello, pero yo también estaba fumando, y llevaba un buen rato haciéndolo, solo que lo hacía de una manera que me invadía la sensación de que era otra persona la que dominaba mi cuerpo y movía mis brazos, como si mi cerebro fuera un mero espectador y no tuviera control sobre el resto de mi organismo. Era una sensación de embotellamiento y abstracción que me resultaba aterradora al principio, porque descubría que cualquier acción que realizara sería de una forma involuntaria, pero después aparecía en mi interior una satisfacción y un gusto incontenible. Me encantaba abstraerme de aquel modo, como si me desvaneciera de mi cuerpo, era un estado perfecto.

-¿Y qué te parece? -me miró directamente a los ojos, atravesándome con aquellos ojos grises que tantas veces había visto ya y que podía recordar de memoria.
-Está bien -contesté golpeando el cigarro con el dedo índice para que la ceniza cayera en el cenicero- es como un inciso en la historia, un descanso.
-Se me ocurrió mientras cagaba, de ahí que la escena se desarrolle en un cuarto de baño.

Fruncí el ceño al pasarse por mi mente la imagen de Brent haciendo sus necesidades mientras leía una de esas novelas de más de quinientas páginas que solía leer. Jamás entendí su obsesión por las novelas extraordinariamente largas, debía pensar que cuanto mayor fuera la cifra de páginas, mayor sería la calidad de lo escrito en ellas. Una creencia extravagante más de aquellas que caracterizaban a Brent.

-Verás, eso es una de las cosas que no me cuadran bien, que se desarrolle en un cuarto de baño, no me termina de convencer.

Brent pareció sorprendido y a la vez dolido tras mi afirmación. Puso esa cara que siempre le salía cuando se encontraba con una contestación inesperada o que no correspondía a la situación o a la conversación, una mezcla de confusión y enfado.

-¿Por qué? Es el escenario perfecto. -me explicó tajantemente.
-Me habría entrado mejor la idea si ocurriera en un jardín, en un patio, en un salón...
-Pero entonces -me interrumpió, para variar- toda la escena perdería el sentido y la esencia.
-¿Y eso por qué?

No terminaba de dar crédito a lo que Brent me estaba contando, no terminaba de entender qué era lo que le empujaba en numerosas ocasiones a pensar tan profundamente en cosas tan banales como un cuarto de baño o una cucharilla, y era capaz de sumergirse en una ola de concentración para ordenar sus ideas y trazarlas como si se trataran de una nueva corriente filosófica. Lo trataba todo de una manera tan delicada que a veces asustaba un poco verle vagabundear entre ideas estúpidas y observaciones maestras. Todas las cosas le fascinaban en un cierto punto y una cierta medida, excepto lo que odiaba, que eran pocas cosas, pero las rechazaba de una manera hipócrita y casi asesina.

-Porque el cuarto de baño es algo simbólico. -soltó lentamente, con la mirada perdida en algún punto de la pared que tenía enfrente, donde había un cuadro de Van Gogh colgado y una imagen en grande de Jimi Hendrix.
-¿Simbólico?

No pude ocultar la confusión de mi pregunta, y Brent volvió a fruncir el ceño, considerando la respuesta como errónea. Muchas veces él me había tachado de una persona no filósofa, no porque no pudiera serlo, si no porque no quería serlo, ni intentarlo. Podía pasarse horas y horas reflexionando sobre cómo yo actuaba de manera incrédula ante todos los actos, inclusive los más naturales, que se producían a nuestro alrededor, de modo que no apreciaba lo más mínimo el transcurso de las cosas, el “paso de potencia a acto”, como él me solía decir.

-Sí, simboliza la tranquilidad, la pausa tras la euforia. -me explicó al fin, algo reticente.
-No entiendo. -contesté
-A ver, te explico. -comenzó, y al escuchar el tono de su voz supe que en ese momento iba a volver a ser espectador de una nueva conspiración de Brent, de una nueva teoría, de nuevo me encontraría mirándole a los ojos, hechizado por su palabra, o quizá esta vez sufriera un desengaño con su explicación y no la aceptaría. Era una incógnita que debía despejar él- Cuando tú estás en una fiesta, agobiado, y necesitas tomar un respiro, o bien puedes salir a la calle a tomar aire, o bien puedes encerrarte unos momentos en el cuarto de baño. En un cuarto de baño toda acción que se realiza se hace de una forma hermética, inviolable. Cosas como peinarse, mirarse en el espejo, lavarse los dientes, tomarse las pastillas, afeitarse... Todo eso se puede hacer perfectamente en cualquier otro lugar, pero el baño le da ese significado de retiro, de intimidad y de soledad. Es algo misterioso.

Tal y como esperaba, de nuevo me encontré con una de aquellas reflexiones tan profundas e ilimitadamente sorprendentes de Brent, aunque esta vez no estuvo tan sombrado como en otras ocasiones. Tampoco había mucho que sacar de la idea del cuarto de baño, pensé, pero de nuevo Brent había convertido un concepto tan banal y tangible en algo abstracto. Algo de espíritu metódico se escondía en el interior de su persona. Es como si dentro de su mente las continuas contracciones se dispararan las unas a las otras con un revolver a ver quién ganaba el duelo. Estaba claro que no había arbitrariedad en sus palabras, es más, las elegía tan cuidadosamente que de ahí provenía lo asombroso de su genialidad.

-El baño tiene esa función, tú te lavas los dientes en el baño, te afeitas en el baño, te peinas el baño porque esas acciones son propias de realizar en un cuarto de baño. –acerté a contestar, todavía embriagado por el sabor de la nicotina y las palabras de Brent, que resonaron primero rebotando en las cuatro paredes de la habitación y después en mi cerebro, como una pelota de tenis lanzada una y otra vez contra una pared. Cuando Brent reflexionaba sobre algo y te lo contaba directamente, se producía una especie de efecto invernadero con su voz, sus frases llegaban hasta ti y rebotaban de nuevo hacia él, y al entrar en colisión con las nuevas frases, volvían a ti, y así sucesivamente, como las olas en una playa, nunca paran de llegar y llegar y llegar…
-Y por qué no peinarte frente a un espejo colocado en el salón, o cepillarte los dientes en tu habitación. –sugirió, sonando tan ensoñado como siempre.
-Porque en el cuarto de baño hay un lavabo, y ahí se hacen la mayoría de las cosas que me estás diciendo. –procuré evitar sonar muy tajante, pues mi concepto simple y llano de cuarto de baño estaba empezando a desmoronarse y no quería perder la perspectiva de que se trataba de una estancia más de una vivienda, en la que se hacían determinadas cosas, y el por qué de estas cosas venía reflejado en años y años de tradiciones. Y en verdad era ese el concepto universal de cuarto de baño, el entendido por la mayoría de las personas del planeta. Pero Brent siempre le daba una vuelta de tuerca más a las cosas que esa mayoría.
-Y por qué no tener un lavabo en el pasillo, o un lavabo en todas y cada una de las estancias de una vivienda.
-Porque no es normal. Estás loco. –acerté a contestar de nuevo, con una sonrisa antes de apagar el cigarrillo contra la fría cerámica del cenicero.
-No estoy loco –frunció el ceño de nuevo, pero dejó escapar una suave risa exhalada antes de continuar- En la civilización romana las domus y las villas y demás viviendas de la época tenían pequeñas fuentecillas en diferentes lugares de la casa para usarlas como lavabo en el momento que te fuera necesario.

Nunca entendí por qué todo lo que brotaba de su boca sonaba siempre tan convincente y real, por muy bohemias y extrañas que fueran sus palabras. A menudo resultaba exasperante, porque acababas dando como válido su planteamiento y te lo creías de principio a fin.
Resultaba hipnótico, introspectivo.

-Ya, pero estás mezclando lo arcaico con lo moderno. –le dije dándole a entender que reclamaba también yo mi parte de razón, que estaba seguro que existía en algún rincón de la conversación, pero absolutamente tapada por la sombra de la parte de Brent.
-No, con lo moderno no, con lo contemporáneo.
-¿Qué más da? Es lo mismo.
-No, te equivocas, la edad moderna ya tuvo su punto final hace tiempo, estamos en la edad contemporánea, nosotros somos contemporáneos, y todo lo que nos rodea es contemporáneo, y en el sentido y uso estricto de la palabra lo contemporáneo es más moderno que lo que es  propiamente moderno.

De nuevo me había dejado asombrado, había discernido sin dificultad alguna sobre lo moderno y lo contemporáneo, y aunque lo que había explicado era muy simple, él lo conseguía hacer complejo y rebuscado, a la vez que mágico y maligno. Era definitiva y endiabladamente un genio. Asentí, y él continuó hablando.

-Y el cuarto de baño para mí es simbólico porque refleja ese descanso, ajeno a la realidad que sigue su curso tras la puerta. Uno puede aislarse del mundo acurrucado en un rincón del cuarto de baño, al lado del radiador, por muy deprimente que suene. Es una soledad que sólo el baño puede otorgar. Claro que también existen cuartos de baños diminutos que son agobiantes, y más que un descanso te otorgan ansiedad.

En más de una ocasión le aconsejé dedicarse a la política, pero los políticos a Brent le repelían. Por eso adoraba férreamente la película El Candidato y el papel de Robert Redford en ella, para él se trataba de una crítica a los políticos y a la política en sí, ácida y perfecta, incluso bella, como llegó a adjetivarla.

20 ago 2012

Santa Mónica.

La ansiada vuelta a mi amada capital en apenas dos horas y media se había transformado en la extraña vuelta a mi ya no amada capital. No sabía muy bien si esta transformación se debía a causa de los 39º que había a la sombra o a lo abandonadas que parecían las calles de mi barrio. En concreto, en mi calle -que por cierto nunca sabré por qué se dice mi calle, ya que mi calle no es mía y por tanto no me puedo agenciar su posesión porque me venga en gana- no había ni un solo alma, ni aunque fuera de paso. Es más, ni siquiera estaban el gitano camello y los porreros que todas -y cuando digo todas significa todas- las tardes se sentaban en el banco de la esquina de al lado de mi garaje. 

Mi padre paró el coche enfrente de nuestro portal y ambos nos dispusimos a descargar las cosas que habíamos traído de Alicante tras llevarlas allí desde Madrid. Una maleta para ambos, el equipo de música, la guitarra, mi mochila cargada de libros y la enorme jaula de la cobaya de mi hermana, cobaya dentro incluida. Mientras mi padre metía el coche en el garaje yo, como bien pude, metí todas las cosas en el ascensor y pulsé el botón que indicaba el tercer piso. La puerta del ascensor se abrió cuando hube ascendido hasta donde había seleccionado, saliendo yo de su interior a toda mecha con la mochila y la maleta y el equipo de música, y justo cuando me iba a girar para sacar el resto de las cosas, la puerta del ascensor se cerró y la flecha que indicaba que este se encontraba subiendo se iluminó. Algún vecino -inoportuno, como todos mis vecinos- habría tenido por ventura llamar al ascensor justo en el preciso y único instante en el que yo volvía a mi casa después de mes y medio fuera, y me disponía a sacar mis pertenencias del ascensor. Me permití el lujo de llamarle hijo de puta por lo bajini, y volví a llamar al ascensor. Me imaginé la cara que debió poner aquel vecino anónimo al encontrarse una guitarra y una cobaya en el ascensor. Vamos, ni en un cuadro de Miró. Cuando de nuevo descendió el cubículo, saqué al instrumento y al animal, y me precipité sobre mi puerta, la cual ya había abierto entre que el ascensor subía y bajaba. Y allí dentro me encontré con lo más parecido al infierno que me podré encontrar en la vida. Si no hacía más calor era porque las leyes de la naturaleza no permitían que hubiera más.

Y como siempre, tras todo viaje concluído, lo primero que se hace al llegar a casa no es tirarse en el sofá a tomar aliento y fumarse un cigarro, si no recoger a toda hostia con tus progenitores hostigándote continuamente. Que si la ropa, que si coloques lo del baño, que si abras las ventanas, que si hagas la cama con sábanas limpias, que si eches al cesto lo que es de lavar, que si coloques todos y cada uno de los objetos insignificantes que te hayas traído... Un lujo, vamos. Y es que las prisas del síndrome post-vacacional comienzan antes de que las vacaciones hayan terminado. Y mis padres son unos cagaprisas de toda la vida, de modo que imaginarse el trastorno que supone una vuelta de un viaje puede trastornar aún más que la propia vuelta de un viaje.

Una hora y media después ya me encuentro en disposición de tirarme sobre mi colchón y jadear como un perro para retomar el pulso y respiración normal. Matt Bianco suena en el salón y la primera canción de su disco me espanta, de modo que decido hacerle la competencia a mi padre enchufando a un volumen relativamente alto el Hotel California. Acaba cerrando la puerta del salón, y la poca o casi inexistente, corriente que se genera en mi casa se corta. Suena mi teléfono móvil. Decido contestar, como toda persona haría si la estuvieran llamando. El identificador de llamada señala un nombre: Mónica.

-¿Sí? -aunque sepa quién me llama, yo siempre contesto así a las llamadas, bueno, a veces digo dime.
-Toni, soy Mónica.
-Ah, hola Mónica, ¿Qué tal, cómo te va?
-Pues bien, cómo me va a ir. Habrás llegado ya, supongo.
-Sí, acabo de llegar hace hora y media. No te he llamado porque he estado liado, recogiendo y esas cosas que se hacen cuando se vuelve de un viaje. 
-Ah, pues eso... que si te apetece dar una vuelta por el barrio, que ya que has vuelto habrá que celebrarlo.
-Me parece bien, ¿Con celebrarlo te refieres a...?
-Sí, tengo cinco euros, como te prometí.
-Estupendo. ¿A qué hora?
-¿Qué hora es?
-Las cinco y media.
-¿A las seis en el puente metálico?
-Vale, perfecto.
-Pues eso, ah, tráete papel, que no tengo. Venga, hasta luego.
-Hasta luego.

La conversación se cerró en apenas minuto y medio, como la mayoría de las conversaciones en las que se dicen una hora y un lugar en el que quedar. Por suerte había comprado el día anterior un paquete de OCB blue expert, si no hubiéramos tenido que comprar papel en un chino, y el papel que te venden en el chino a menudo es falso y se asemeja a lo que viene a ser una puta mierda. Decidí pegarme una buena ducha fría antes de precipitarme al ardiente asfalto de Madrid. Abrí varios cajones y me puse la primera camiseta decente que encontré, una de rayas negras y blancas que me había regalado mi hermana por mi cumpleaños, y los vaqueros cortos que había llevado durante el viaje, junto a un cutre cinturón que hacía siete años le había pedido prestado a un amigo y cuya hebilla lucía una calavera. Hurgué en el armario encontrando las Vans desvaídas y con un agujero en la suela que no usaba en más de un trimestre, y salí de casa tras coger el móvil, el tabaco, un mechero, y el papel, además de las llaves y un euro que encontré suelto y que planeé gastar en una lata de Nestea o de Aquarius, algo que me hidratara cuando estuviera a punto de morir por deshidratación,

A en punto llegué al puente metálico, que se encontraba a unos dos minutos y medio -cronometrados- de mi casa, y allí me encontré a Mónica, cigarrillo en mano, saludándome a diez metros. Me achuchó fuertemente una vez llegué a su posición y le devolví el abrazo sin muchas ganas. Dos segundos más y nos hubiéramos fundido. Qué calor. Atravesamos el puente para llegar al otro lado del parque, mientras ella me contaba sus aventuras discotequeras por Algeciras y yo le contaba mis traspiés cargados de ginebra en las playas de Alicante. Una vez hubimos cruzado al otro lado del parque, sacó del paquete de lucky un pequeño chivato.

-¿Lo lío yo o lo lías tú? -me preguntó, mostrándome la marihuana.
-Me lío yo el primero y tú el segundo.

Y así fue como fumé porros nada más volver a Madrid, con el sol deshaciéndome la coronilla y el humo atravesando mis entrañas.


18 ago 2012

¿De qué se ríen los necios?


Nunca se atrevió a imaginar que aquel cúmulo de extrañas e inconexas circunstancias llegarían a impactar tan certeramente contra el centro de su vida. E incluso se le hacía más raro que todo aquello hubiera ido a ocurrir en un tranquilo abril más, porque en el cuarto mes nunca ocurría nada, absolutamente nada. Y además no había no había obtenido ni tan siquiera una premonición, ni un atisbo de augurio, que le hubiera animado a descubrir qué clase de tremendo lío iba a armarse en los días posteriores. Ni un aviso, nada que llamara a su puerta y le anticipara los acontecimientos tras darle las buenas tardes y ser invitado a un café. Le hubiera gustado que su vida formara parte de una película de ciencia ficción, algo parecido a Regreso al Futuro. Le hubiera gustado que un Marty McFly -disfrazado de él- hubiera aterrizado en su salón y le hubiera notificado los problemas que traería el futuro consigo.
Pero aquello era la vida real, y ningún clásico cinematográfico le ayudaría a encontrar la solución a aquella ecuación de innumerable grado que se había plantado ante él de una forma aleatoria, como si todo aquello se tratara de un juego de azar y a él le hubieran tocado las peores cartas de la baraja. Y para colmo no disponía de ningún comodín en la manga, o mono, como lo solía llamar su padre.

Justamente fue en su padre en la primera persona en la que pensó al encontrarse solo frente al barullo. Se le ocurrió por un momento que la culpa podía tenerla una de las dos personas que habían tenido por bien traerle a la vida, aunque como se le había dicho más de una vez, había sido concebido sin intención. No hay palabras que desanimen más  a un hijo que esas: Hijo, tú no entrabas en nuestros planes. Un orgullo, vamos, el pensar que ahora mismo se existe por una conjunción de suerte y un revolcón rapidito de media tarde en el sofá.
Pero, tras meditarlo más tranquilamente pudo llegar a la conclusión de que su ahora anciano -y millonario- padre, ahora residente en Zamora, iba a tener por bien acercarse a su capital tan odiada, y haciendo uso de unos cuantos billetes de esos de color morado de los que tanto disfrutaba su posesión, para mover unos cuantos hilos y acordar su despido y, posteriormente, ayudar a los directores de los periódicos más relevantes del país a no contratarle, y de esta forma evitar que su hijo tuviera posibilidades de continuar metiendo las narices en los asuntos turbios del partido político del que él era afiliado. Pero al fin y al cabo, se trataba de su padre, y ningún padre que se encuentre en sus cabales es capaz de urdir algo tan mezquino con el único propósito de evitar que asociasen a su amado partido político con palabras como corrupción, impago y desfachatez, en una columna de ciento cincuenta palabras en la contraportada de El Gato. Demasiado rebuscado.
Hizo una lista mental con los nombres de aquellas personas a las que creía más capaces de haber organizado aquel maquiavélico plan en su contra. Comenzó repasando su entorno laboral. El director del periódico le tenía en buena estima, pero no le profesaba un amor ni a él ni a lo que escribía suficientemente profundo como para rechazar un soborno de -esperaba- cifra alta en el cheque. El subdirector del periódico resultaba ser un tipo sospechoso. En la redacción se le acuñaba el sobrenombre el subdirector casposo, y no sin motivos aparentes. Tenía, por así decirlo, una cierta facilidad para rechazar artículos que no le agradaban, aunque fueran de primera calidad, y una mirada en la que se mezclaban odio y asco. También se oía por redacción la frase “Le ha mirado el casposo” en vez de “Le ha mirado un tuerto”. El que no aprende a reírse de sí mismo siendo periodista tiene los días contados como profesional. Pero hacía mucho que no organizaba una de las suyas y se suponía que últimamente resultaba menos insoportable de lo que acostumbraba.
En redacción había un par de personas con las que no tenía buena relación, pero tampoco existía el odio entre ellos. 
Quizá se tratara de la competencia. No se trataba precisamente de un secreto la rivalidad establecida entre El Gato y El Nuevo Orden, un periódico con miras de derechas y con cierto rigor de duda sobre los artículos que publicaban. Muchos de sus redactores eran unos auténticos zoquetes que disponían de un puesto en el periódico gracias a sus relaciones con los gordos de la empresa. Por ejemplo, Matías Sáez, el coordinador de la sección de economía, era el hijo de un conocido diputado y el primo de uno de los jefes de redacción. También era uno de los nombres más criticados en las oficinas centrales de El Gato.
Por otra parte, no tenía mala relación con ningún miembro de El Nuevo Orden, simplemente no tenía nada que ver con nadie que trabajara allí. Quizá él tuviera mala fama en sus oficinas centrales de la misma manera que Matías Sáez la tenía en las de su periódico, bueno, ya no podía llamarlo su periódico, ya que había sido cesado de su puesto. Esa resultaba ser la causa de que buscara al culpable de que su despido se hubiera producido apenas dos días antes. Creía impensable que no existiera una razón oculta, una mano negra que hubiera agilizado el proceso a su antojo para que el asunto derivara en su objetivo. Tenía buen nombre en El Gato, era uno de los redactores con más prestigio y su trayectoria contaba ya con década y media de textos, correcciones, artículos y entrevistas en sus oficinas y páginas. Sus artículos eran publicados casi a diario y contaba con un premio Millás al mejor artículo del año. Por otra parte, fuera del periódico su nombre solía ocupar líneas en buenas críticas y opiniones. Y estaba seguro de que más de un periódico mediocre encontraría su salvación haciéndole hueco en su plantilla. Eran días de crisis en España y el periodismo sufría a menudo las causas que esta desencadenaba a su paso. Y aquello llevaba más de una década sin cambiar. Día tras día salían a flote más y más complicaciones para los periódicos. Algunos habían quebrado y desaparecido y otros habían tenido que ser vendidos por sus dueños, para ser absorbidos por otra empresa, y habían cambiado de nombre. Era el caso de El Nuevo Orden. Pero entre tanto caos y hundimiento también es preciso destacar algunos destellos de luz. Muchos nuevos periódicos habían nacido en la última década, y si bien es cierto que la mayoría no llegaron a cumplir siquiera dos primaveras, otros acabaron por consagrarse, como El Gato, sin mirar más lejos, o el periódico andaluz El Girasol, que había conseguido llegar a ser unos de los más relevantes de todo el país en un par de años. Aún había esperanza para el periodismo español, pero de la misma manera que existía la oscuridad.
Mientras tanto, él seguía dándole vueltas a los nombres de los que sospechaba, tratando de dar con el adecuado, con la persona que había ideado su despido, quizá por venganza, diversión, odio, o cualquiera que fuera la causa que le había empujado a hacerlo. Poco a poco la lista se iba empequeñeciendo hasta llegar al punto de que sólo disponía de tres nombres más, y no estaba del todo seguro de que aquellos tres hombres que restaban en la lista le condujeran a la resolución de aquel rompecabezas.
Pero por mucho que indagaba, no encontraba nada, como si lo que buscaba fuera humo resbalando entre sus dedos cuando él se apresuraba a alargar el brazo y agarrarlo, convencido de que había dado en el clavo.
Las horas habían pasado como veloces como las águilas que se precipitan hacia sus presas una vez las han descubierto. La mañana había muerto abrasada por el sol de mediodía del estío madrileño, y la tarde se había ido apagando hacia el rojo del atardecer. El azul de la noche comenzó a hacer acto de presencia al tiempo que las farolas se encendían automáticamente en la calle y las lámparas de las casas comenzaban a dar luz a sus dueños. Él se hallaba sentado en su butaca azul, la que había colocado en el estudio, no en el salón -pues eran dos butacas idénticas- con los brazos cruzados y un gesto de concentración en la cara. No se había movido de allí en todo el día, solamente para sacar el paquete de tabaco del cajón y para ir al baño en un par de ocasiones. No había comido nada desde el desayuno ni se había tirado en el viejo sofá a echar la siesta, como acostumbraba. Seguía mirando por la ventana, sentado de espaldas a su escritorio, observando los tejados de los viejos bloques de pisos del centro de la ciudad. Al fondo se podía apreciar el reloj de Sol despuntando sobre todos los edificios, y más allá aún se veía la torre de Colón, y todavía más al fondo se vislumbraba la sombra de las cuatro torres de la Castellana como flechas lanzadas hacia el cielo, ahora púrpura, ya oscurecido. Las sombras de todos aquellos edificios se difuminaban con la noche, y cuando se quiso dar cuenta la noche era ya cerrada. El reloj marcaba las once y media pasadas y él se hallaba en la total oscuridad de su despacho.
No se escuchaba un solo ruido, quizá el atisbo de una sirena de ambulancia en la calle, no estaba del todo seguro de ello. No era capaz de resolver la ecuación. Nunca se le dieron bien las matemáticas, pensó, pero sabía que ello no era excusa, que ecuación no era más que una palabra empleada como sinónimo. El cansancio del día empezaba a enturbiarle la mente, y comenzó a divagar entre pensamientos, alejándose del tema central. Se sorprendió pensando en sus clases de matemáticas en el instituto de su barrio, recordando sus primeros artículos para El Gato, y acomodado en la cama de su anterior vivienda de Legazpi.

De repente, soltó una estruendosa carcajada, tan sonora y brusca que él mismo se sobresaltó, y rió aún más. Todavía riéndose sonoramente, se levantó de la butaca y busco a tientas la puerta del estudio, saliendo al pasillo, y girando a la derecha para entrar en la que era su dormitorio. Los ojos le lloraban y el abdomen le dolía de tanto reírse. Se quitó los zapatos y se tumbó en la cama, y se tapó con la sábana, aún vestido. Todavía sonreía cuando se quedó plácidamente dormido.

Y es que al pobre no se le había ocurrido que su despido había sido causa de un recorte de veinte empleados. Pobre de él. De momento prefería reírse y descansar, ya le tocaría sentir la realidad de la crisis y el paro. Su vocación de escritor de novelas de misterio le había engañado y le había convertido en la víctima de un plan que tenía como objetivo su despido. Aunque, observándolo desde otra perspectiva, no le faltaba del todo razón, solo que se había olvidado de incluir dos nombres en su lista de posible culpables: el de crisis  y el de gobierno.