22 oct 2012

Reina de picas.

Abran paso a su majestad, la Reina.
La única, la bella, la buena, la magnífica.
La insípida, la hipócrita, la paupérrima, la violenta.

Ciertamente, perdí la inocencia a la vez que el aliento,
en mis primeros metros, a gatas, en aquel pasillo largo.
Al fondo encontré la puerta, y no tuve más remedio que retroceder.
Pero, obviamente, mi empeño estaba fabricado a prueba de bombas.
No recuerdo cuántas veces crucé el pasillo esperando encontrarme,
sorprendido, atento, la puerta abierta, pero siempre me encontraba la decepción,
allí, hecha de madera, rectangular como solo una puerta puede serlo.

Quiero decir, perdí la inocencia al tropezar por segunda (o quinta) vez,
con aquellos labios rojos, con aquellas pupilas moradas que me apuntaron.
El azul celeste que brillaba en sus párpados, como un cielo en la mañana,
y las cejas arqueadas, la nariz arruga, la reprimenda acechaba.
Parecía una princesa, decía ser reina, y terminó por creer sus palabras.
Miles de abismos accedieron a su lengua, y en mi garganta se hizo el nudo,
las cataratas fluyeron, empaparon mejillas, formando ríos negros.
No quería haberlo hecho, juraría no haberlo hecho.
¿En qué momento azucé la hoguera?
¿En que momento utilicé el martillo?
Ya que no pude por momentos, disimular mi sorpresa,
me hubiera gustado haber podido no ser presa.

Cuanto tenía era una riqueza, y cuanto obviaba un tesoro,
no parecía regalar minutos, no parecía regalar su gracia.
¿Qué podía haber hecho?
¿Crees que me arrepiento?
La baraja fue mi amiga, o quizá la suerte, o el desamor,
quizá una mezcla, quizá ningún valor anterior.
Tan sólo el valor de saberse valiente, tan sólo el valor de las palabras,
volé como una pluma acariciada por el viento, y fui a parar justo allí.
En aquel lugar, qué casualidad, que el viento me quisiera ver ahí,
donde los mares confluyen, donde la sangre no fluye, donde el aire escasea.
Compré flores para tirarlas al suelo, para pisarlas,
escribí páginas para hacerlas arder con la chispa del mechero,
capturé momentos para hacerlos interinos vitalicios de la cárcel de mi pensamiento.
Mis recuerdos son menos vagos de lo que crees.
¿No es esto un revés?
Quizá no. (Risas preconcebidas)
Esto ya no es más que caos, de heridas y tiritas, de llantos y lamentos,
de olvidos y esperpentos, de colores psicodélicos.
Las imágenes se amontonan, juraría que he visto está película antes,
pero no, no me suena el título, quizá la haya soñado, quizá la haya vivido.
Quizá tú me hayas enseñado a cambiarle el final a mi antojo, a mi libre opción.
A mi lado personal no le gusta el otoño, prefiere las noches más oscuras de
un diciembre más frío que aquel iceberg que hundió el gigante barco.

Entendí mis metáforas cuando dejaron de serlo, cuando se convirtieron en palabras,
cuando, a cornadas, me derrotaron y me sentaron en un trono que no era el mío.
Creo que aquí hace demasiado frío, cerraré las ventanas,
pero con la condición de que cuando vuelva a girarme ya hayas desaparecido.

Son diamantes esos ojos. Son diamantes.
Como los de aquella película del robo al museo, del atraco a mi corazón,
de la violación de mi yo intrínseco. Sirva un whisky más, por favor.
Dime si no nos hemos visto antes, dama de rombos,
añoro tu falda, quiero aceptar que no me haces falta,
que ya no soy tú, que tú ya no eres yo.
Que la princesa de rombos...
Pudo ser una reina de picas,
pero se estrelló con el invierno y un cristal tan grueso como la capa de hielo
de aquel alma que me aterró, y que más tarde se marchó, desapareció.
Qué escándalo. No he querido ser grosero.
Qué mala suerte, toda mi mano son corazones.
Escalera de color.

Ya me tocaba ser ganador.