-I think I'm depressed.
-No, you're only bored.
Puedes gritarme, si quieres, claro,
porque bajo la lluvia todo vale ¿no?
Porque bajo la lluvia todo es agua, porque bajo el cemento nada es nada.
Y la nada no es el todo que ni tú ni yo buscamos,
quizá creas que es muy fácil contestar al ladrido con otro ladrido,
seguramente lo sea, más difícil es callar, tragar saliva,
hacerte un nudo en la lengua, del que nadie pueda tirar.
Ahogar al propio aire en un suspiro, reventar ventanas con solo un pestañeo,
sentir el bajo pegado al corazón,
sentir tus pulmones bailar con la ventisca,
sentir el frío en las manos mientras caminas hacia aquel lugar, ese,
el que no tiene nombre, ni ubicación, al que vas todas las mañanas.
Del que nunca vuelves.
Del que nunca has vuelto.
27 oct 2012
El buzón de voz interno.
Lo único que recordaba era que había olvidado sus razones.
Salió del portal rápidamente, frenándose en seco de repente. Había olvidado momentáneamente qué dirección debía seguir. Miro hacia ambos lados, alcanzó a ver las dos esquinas de la calle, pero no encontró ninguna pista que le pudiera indicar hacia qué lado debía ir. Se apoyó en el capó de un coche blanco que había aparcado, de manera regular, justo enfrente de las losas de mármol del portal. Miró al cielo unos segundos, como si en aquel techo azul pudiera encontrar la respuesta a su incógnita. Sacó un paquete de tabaco rojo de su bolsillo y se alargó un cigarro hasta los labios, donde lo mantuvo inerte hasta que el mechero apareció para hacer su trabajo. Exhaló la primera calada mientras se colocaba el gorro de lana en la cabeza. Se rascó la barbilla, frunció el ceño, observó el humo, el suelo, sus zapatillas. Buscó en sus bolsillos algo que le pudiera dar el mínimo vestigio de la razón por la que se encontraba en la calle en aquel justo momento, la razón por la que debía tomar una dirección que por arte de magia, para él, se había transformado en ignota. Las caladas sucesivas terminaron por debilitar a un cigarrillo cada vez más escaso en cuanto a centímetros, hasta que hubo llegado el momento de dejarlo morir en el frío suelo.
Intentó hablar con su subconsciente, pero parecía estar ausente, como siempre lo parecía últimamente. Cada vez que tenía que llamar a su sentido común, a la voz de la razón, se encontraba con el buzón de voz. Y los mensajes que dejaba grabados nunca eran contestados. Esto le producía una extraña sensación, como de ira contra sí mismo, y a la vez condescendencia, admiración, odio... Un torbellino de emociones, un abanico de sensaciones, una mente que quizá le había abandonado para siempre sin haberle avisado.
-Mente, ¿estás ahí?
Escuchó el silencio como respuesta.
-Ya, bueno, veo que no.
Una voz ronca apareció:
-¿Quién es el que llama?
-Pues quién va a ser, soy yo.
-Tú eres yo, entonces.
-Sí, yo soy tú.
-Y por lo tanto, si tú eres yo, yo soy tú.
-Sí.
-Es una relación recíproca.
-O no tan recíproca, llevo días llamándote. ¿Dónde has estado?
-Supongo que dormitando, meditando, hibernando...
-Estabas como ausente.
-Lo estaba, pero sin el "como".
-¿Y por qué?
-Pensaba que ya no me necesitabas.
-¿Por qué no iba a necesitarse? Yo necesito a mi otra parte de mi yo, que eres tú.
-Parecías tan seguro bajo tu nueva coraza, que creí que ya había llegado el momento de dejarte caminar solo, que ya habías crecido lo suficiente como para que no tuviera nada más que enseñarte. Y lo que no supieras, lo podrías aprender con la experiencia...
-No digas tonterías, yo siempre te voy a necesitar a ti, porque eres yo, y tú siempre vas a necesitarme a mi, porque soy tú. Somos las dos partes de la totalidad, las dos porciones, las dos mitades. Somos semicircunferencias que cierran el círculo perfecto de lo que soy y lo que eres, de lo que somos, de YO.
-¿Y qué tal está YO? Hacía mucho tiempo que no me llamaba por una razón concreta como lo ha hecho hoy.
-Me he olvidado de algo, y no sé qué es.
-No puedes esperar que tenga la respuesta, estaba ausente, no puedo saber qué es lo que has olvidado, no puedo buscarlo en mí porque la parte que soy que corresponde a ti, no estaba presente, por así decirlo.
-Entonces no puedes ayudarme.
-No, no puedo.
-Y todo porque decidiste desarrollar conjeturas inútiles.
-O no tan inútiles. Este es mi trabajo ¿sabes? No puedo realizarlo sin pensar constantemente que en un futuro lo finalizaré, o tendré que dejar de ejercerlo. Del mismo modo que cuando tú realizas una acción, sabes que es finita, y piensas todo el tiempo en su finitud. Es así, no hay otra manera. Cuándo escribes, cuando hablas, cuando observas... todas esas acciones son finitas, no escribes para siempre, ni hablas para el resto de los tiempos, ni observas continuamente lo mismo. El tiempo está en continuo movimiento, y arrastra al espacio, de modo que aunque nosotros no pensemos en la finitud de las cosas, el tiempo y el espacio variarán todas esas cosas.
-Entiendo. Pero está claro que como parte de mí has fallado.
-He fallado al pensar que estabas preparado, eso solo quiere decir que la decepción viene por tu parte.
-Mi parte te ha estado buscando durante días. Tu parte se dedicaba a roncar.
-Hibernar no significa dormir, sino descansar.
-Muy bien, querido yo, entonces dime dónde estaba la nieve del invierno que te indicara que debías hibernar.
-De modo que me has llamado para echarme en cara mis errores.
-Te he llamado para preguntarte qué dirección debo coger, que se me ha olvidado, y no eres capaz de echar una mano.
-¡Tenías que ir a por el pan, inútil, a por el jodido pan!
-¿¡Y por qué no podías habérmelo dicho!?
-Porque esperaba a que intentaras recordar. Pero te has sentado en el coche a fumarte un cigarrillo y te has olvidado del motivo por el cuál habías salido a la calle, y luego pretendes venirme a mí a pedirme ayuda cuándo nunca encuentro tu apoyo si soy yo el que necesita ayuda...
-¿Sabes qué? Pasó de ti.
Colgó el teléfono de su interior. Y se fue a comprar el pan.
22 oct 2012
Reina de picas.
Abran paso a su majestad, la Reina.
La única, la bella, la buena, la magnífica.
La insípida, la hipócrita, la paupérrima, la violenta.
Ciertamente, perdí la inocencia a la vez que el aliento,
en mis primeros metros, a gatas, en aquel pasillo largo.
Al fondo encontré la puerta, y no tuve más remedio que retroceder.
Pero, obviamente, mi empeño estaba fabricado a prueba de bombas.
No recuerdo cuántas veces crucé el pasillo esperando encontrarme,
sorprendido, atento, la puerta abierta, pero siempre me encontraba la decepción,
allí, hecha de madera, rectangular como solo una puerta puede serlo.
Quiero decir, perdí la inocencia al tropezar por segunda (o quinta) vez,
con aquellos labios rojos, con aquellas pupilas moradas que me apuntaron.
El azul celeste que brillaba en sus párpados, como un cielo en la mañana,
y las cejas arqueadas, la nariz arruga, la reprimenda acechaba.
Parecía una princesa, decía ser reina, y terminó por creer sus palabras.
Miles de abismos accedieron a su lengua, y en mi garganta se hizo el nudo,
las cataratas fluyeron, empaparon mejillas, formando ríos negros.
No quería haberlo hecho, juraría no haberlo hecho.
¿En qué momento azucé la hoguera?
¿En que momento utilicé el martillo?
Ya que no pude por momentos, disimular mi sorpresa,
me hubiera gustado haber podido no ser presa.
Cuanto tenía era una riqueza, y cuanto obviaba un tesoro,
no parecía regalar minutos, no parecía regalar su gracia.
¿Qué podía haber hecho?
¿Crees que me arrepiento?
La baraja fue mi amiga, o quizá la suerte, o el desamor,
quizá una mezcla, quizá ningún valor anterior.
Tan sólo el valor de saberse valiente, tan sólo el valor de las palabras,
volé como una pluma acariciada por el viento, y fui a parar justo allí.
En aquel lugar, qué casualidad, que el viento me quisiera ver ahí,
donde los mares confluyen, donde la sangre no fluye, donde el aire escasea.
Compré flores para tirarlas al suelo, para pisarlas,
escribí páginas para hacerlas arder con la chispa del mechero,
capturé momentos para hacerlos interinos vitalicios de la cárcel de mi pensamiento.
Mis recuerdos son menos vagos de lo que crees.
¿No es esto un revés?
Quizá no. (Risas preconcebidas)
Esto ya no es más que caos, de heridas y tiritas, de llantos y lamentos,
de olvidos y esperpentos, de colores psicodélicos.
Las imágenes se amontonan, juraría que he visto está película antes,
pero no, no me suena el título, quizá la haya soñado, quizá la haya vivido.
Quizá tú me hayas enseñado a cambiarle el final a mi antojo, a mi libre opción.
A mi lado personal no le gusta el otoño, prefiere las noches más oscuras de
un diciembre más frío que aquel iceberg que hundió el gigante barco.
Entendí mis metáforas cuando dejaron de serlo, cuando se convirtieron en palabras,
cuando, a cornadas, me derrotaron y me sentaron en un trono que no era el mío.
Creo que aquí hace demasiado frío, cerraré las ventanas,
pero con la condición de que cuando vuelva a girarme ya hayas desaparecido.
Son diamantes esos ojos. Son diamantes.
Como los de aquella película del robo al museo, del atraco a mi corazón,
de la violación de mi yo intrínseco. Sirva un whisky más, por favor.
Dime si no nos hemos visto antes, dama de rombos,
añoro tu falda, quiero aceptar que no me haces falta,
que ya no soy tú, que tú ya no eres yo.
Que la princesa de rombos...
Pudo ser una reina de picas,
pero se estrelló con el invierno y un cristal tan grueso como la capa de hielo
de aquel alma que me aterró, y que más tarde se marchó, desapareció.
Qué escándalo. No he querido ser grosero.
Qué mala suerte, toda mi mano son corazones.
Escalera de color.
Ya me tocaba ser ganador.
La única, la bella, la buena, la magnífica.
La insípida, la hipócrita, la paupérrima, la violenta.
Ciertamente, perdí la inocencia a la vez que el aliento,
en mis primeros metros, a gatas, en aquel pasillo largo.
Al fondo encontré la puerta, y no tuve más remedio que retroceder.
Pero, obviamente, mi empeño estaba fabricado a prueba de bombas.
No recuerdo cuántas veces crucé el pasillo esperando encontrarme,
sorprendido, atento, la puerta abierta, pero siempre me encontraba la decepción,
allí, hecha de madera, rectangular como solo una puerta puede serlo.
Quiero decir, perdí la inocencia al tropezar por segunda (o quinta) vez,
con aquellos labios rojos, con aquellas pupilas moradas que me apuntaron.
El azul celeste que brillaba en sus párpados, como un cielo en la mañana,
y las cejas arqueadas, la nariz arruga, la reprimenda acechaba.
Parecía una princesa, decía ser reina, y terminó por creer sus palabras.
Miles de abismos accedieron a su lengua, y en mi garganta se hizo el nudo,
las cataratas fluyeron, empaparon mejillas, formando ríos negros.
No quería haberlo hecho, juraría no haberlo hecho.
¿En qué momento azucé la hoguera?
¿En que momento utilicé el martillo?
Ya que no pude por momentos, disimular mi sorpresa,
me hubiera gustado haber podido no ser presa.
Cuanto tenía era una riqueza, y cuanto obviaba un tesoro,
no parecía regalar minutos, no parecía regalar su gracia.
¿Qué podía haber hecho?
¿Crees que me arrepiento?
La baraja fue mi amiga, o quizá la suerte, o el desamor,
quizá una mezcla, quizá ningún valor anterior.
Tan sólo el valor de saberse valiente, tan sólo el valor de las palabras,
volé como una pluma acariciada por el viento, y fui a parar justo allí.
En aquel lugar, qué casualidad, que el viento me quisiera ver ahí,
donde los mares confluyen, donde la sangre no fluye, donde el aire escasea.
Compré flores para tirarlas al suelo, para pisarlas,
escribí páginas para hacerlas arder con la chispa del mechero,
capturé momentos para hacerlos interinos vitalicios de la cárcel de mi pensamiento.
Mis recuerdos son menos vagos de lo que crees.
¿No es esto un revés?
Quizá no. (Risas preconcebidas)
Esto ya no es más que caos, de heridas y tiritas, de llantos y lamentos,
de olvidos y esperpentos, de colores psicodélicos.
Las imágenes se amontonan, juraría que he visto está película antes,
pero no, no me suena el título, quizá la haya soñado, quizá la haya vivido.
Quizá tú me hayas enseñado a cambiarle el final a mi antojo, a mi libre opción.
A mi lado personal no le gusta el otoño, prefiere las noches más oscuras de
un diciembre más frío que aquel iceberg que hundió el gigante barco.
Entendí mis metáforas cuando dejaron de serlo, cuando se convirtieron en palabras,
cuando, a cornadas, me derrotaron y me sentaron en un trono que no era el mío.
Creo que aquí hace demasiado frío, cerraré las ventanas,
pero con la condición de que cuando vuelva a girarme ya hayas desaparecido.
Son diamantes esos ojos. Son diamantes.
Como los de aquella película del robo al museo, del atraco a mi corazón,
de la violación de mi yo intrínseco. Sirva un whisky más, por favor.
Dime si no nos hemos visto antes, dama de rombos,
añoro tu falda, quiero aceptar que no me haces falta,
que ya no soy tú, que tú ya no eres yo.
Que la princesa de rombos...
Pudo ser una reina de picas,
pero se estrelló con el invierno y un cristal tan grueso como la capa de hielo
de aquel alma que me aterró, y que más tarde se marchó, desapareció.
Qué escándalo. No he querido ser grosero.
Qué mala suerte, toda mi mano son corazones.
Escalera de color.
Ya me tocaba ser ganador.
Peces raros, en mi imaginación.
¿De dónde he venido?
Mi origen, esquivo, nunca se ha atrevido a mostrarse ante mí,
y han sido muchas las noches en las que he necesitado una revelación.
Me he permitido entender la química de los sueño,
y entender que no hay más posibilidades cuando las luces están apagadas.
He intentado volarme los sesos con literatura.
Futuro. ¿Quién eres?
Te muestras gris, tímidamente pobre de ideas,
no nos dices a dónde iremos, no nos quieres ver vivos.
Quiero saber cómo son las luces que pueblan mi ciudad,
quiero formar parte de ella, disolverme en su esencia, bailar para ella.
Creo que en el océano más profundo las luces se apagan para siempre,
es allí donde encuentran su muerte, y es allí donde yo debo encontrar la mía.
Podré entonces, quizá, en una suerte de acontecimientos, librarme de mi destino,
invariable, mezquino, caminando hacia mí con pasos desgarbados.
Quiero creer que esto no es más que un sueño, que todos podemos de huir,
aunque solo sea por una vez, por una palabra, por una mirada.
Las intenciones se muestran ocultas mientras nos preguntamos quiénes somos,
a dónde vamos, de dónde vinimos, dónde estamos ahora mismo.
Todos sufriremos alguna vez nuestras propias consecuencias,
y yo creo en mis palabras, las doy forma, las dejo vivir y las mato.
¿Son eso nubes negras, las que se forman alrededor de mi cabeza?
¿O quizá no sean más que buitres acechando mi último aliento?
¿Son esos aullidos reales?¿Son esas huellas las mías?
Este camino que sigo no tiene pautas, no tiene destino,
no son más que pisadas que otros dieron antes que yo, me limito a seguirlas,
a seguirlas hasta el fin de un mundo insostenible.
Quiero ser impresionista de sensaciones, un artista sin lienzo ni emociones.
Un sombrero de copa roto, vacío de esperanzas, vacío, inerte.
Cuando las luces están apagadas solo hay cabida para el error.
¿Puedo hacerlo mejor, con las luces encendidas, puedo intentar hacerlo mejor?
Creo en ello, lo quiero, no ceso en mi lucha contra estas mordazas,
que, invisibles, me quitan el último suspiro, me lo roban, me lo impiden.
Cuando es de día las ratas se esconden, ocultas en un submundo,
que es tan real como tú y como yo, como todos, como aquellas criaturas,
que coinciden en esquinas, en parques, en banquetes de boda.
¿Dónde está el director de esta gran película?
¿Dónde está el revulsivo que dará un gran giro al guión?
Imitaré los modelos nauseabundos de la sociedad,
con la esperanza de que algún día, cuando salga el sol, haya desaparecido.
El amargo olor a vino de la mentira me embriaga,
sabedor de mis embustes, conocedor de mis enquistes.
Veo necesario que el motor vuelva a ponerse en marcha,
que las neuronas tomen el control de todas esas vidas sin sentido,
que les un vuelco a los corazones, y una oportunidad a las almas.
Porque antes de que muera, quiero poder decir, orgulloso,
que confié en la humanidad, que confié en mí mismo y en mis manos.
Que vi erigirse edificios tan altos que rozaban el cielo,
que vi asfaltar los caminos que una vez no pude tomar.
No es necesaria la ruina y los cuerpos destrozados, las mentes desquiciadas,
los ojos ciegos de ira, los árboles astillados por el dolor.
¿Qué es eso a lo que tú llamas volar?
¿Qué es eso a lo que tú llamas amar?
¿Qué es eso a lo que tú llamas valentía?
Dedicaré mis palabras a los principios de la humanidad,
a las olas que se separan en la costa y revientan contra las rocas.
Escucharé los violines que anunciarán la llegada del nuevo año,
mientras el sol, exultante, volverá a reinar en nuestras vidas.
La infancia se pierde entre las calles, la inocencia muere prontamente,
y no es una buena dolencia, no es un pálpito, es una mala suerte.
En la casa de las cartas el puzzle vuelve a encajar, la última ficha vuelve a jugar,
son resistentes los andamios que la sujetan, fuertes como el acero.
Y de acero forjaré mi conocimiento, y entre aviones observaré el aislamiento,
de las luces apagadas, de los errores cometidos, de las mentiras encajadas.
Y las risas se agotarán de cansancio, quizá no volviendo a despertar,
de aquel sueño en el que, inconscientes, han caído.
Olvidado por el azar, me haré un hueco entre la brisa y la arena,
y con paso firme, e ideas oxidadas, me abriré paso hacia el mar.
Y en el océano más profundo, ahí, en lo profundo,
ahí, rodeado del azul marino, hallaré mi final.
Mi origen, esquivo, nunca se ha atrevido a mostrarse ante mí,
y han sido muchas las noches en las que he necesitado una revelación.
Me he permitido entender la química de los sueño,
y entender que no hay más posibilidades cuando las luces están apagadas.
He intentado volarme los sesos con literatura.
Futuro. ¿Quién eres?
Te muestras gris, tímidamente pobre de ideas,
no nos dices a dónde iremos, no nos quieres ver vivos.
Quiero saber cómo son las luces que pueblan mi ciudad,
quiero formar parte de ella, disolverme en su esencia, bailar para ella.
Creo que en el océano más profundo las luces se apagan para siempre,
es allí donde encuentran su muerte, y es allí donde yo debo encontrar la mía.
Podré entonces, quizá, en una suerte de acontecimientos, librarme de mi destino,
invariable, mezquino, caminando hacia mí con pasos desgarbados.
Quiero creer que esto no es más que un sueño, que todos podemos de huir,
aunque solo sea por una vez, por una palabra, por una mirada.
Las intenciones se muestran ocultas mientras nos preguntamos quiénes somos,
a dónde vamos, de dónde vinimos, dónde estamos ahora mismo.
Todos sufriremos alguna vez nuestras propias consecuencias,
y yo creo en mis palabras, las doy forma, las dejo vivir y las mato.
¿Son eso nubes negras, las que se forman alrededor de mi cabeza?
¿O quizá no sean más que buitres acechando mi último aliento?
¿Son esos aullidos reales?¿Son esas huellas las mías?
Este camino que sigo no tiene pautas, no tiene destino,
no son más que pisadas que otros dieron antes que yo, me limito a seguirlas,
a seguirlas hasta el fin de un mundo insostenible.
Quiero ser impresionista de sensaciones, un artista sin lienzo ni emociones.
Un sombrero de copa roto, vacío de esperanzas, vacío, inerte.
Cuando las luces están apagadas solo hay cabida para el error.
¿Puedo hacerlo mejor, con las luces encendidas, puedo intentar hacerlo mejor?
Creo en ello, lo quiero, no ceso en mi lucha contra estas mordazas,
que, invisibles, me quitan el último suspiro, me lo roban, me lo impiden.
Cuando es de día las ratas se esconden, ocultas en un submundo,
que es tan real como tú y como yo, como todos, como aquellas criaturas,
que coinciden en esquinas, en parques, en banquetes de boda.
¿Dónde está el director de esta gran película?
¿Dónde está el revulsivo que dará un gran giro al guión?
Imitaré los modelos nauseabundos de la sociedad,
con la esperanza de que algún día, cuando salga el sol, haya desaparecido.
El amargo olor a vino de la mentira me embriaga,
sabedor de mis embustes, conocedor de mis enquistes.
Veo necesario que el motor vuelva a ponerse en marcha,
que las neuronas tomen el control de todas esas vidas sin sentido,
que les un vuelco a los corazones, y una oportunidad a las almas.
Porque antes de que muera, quiero poder decir, orgulloso,
que confié en la humanidad, que confié en mí mismo y en mis manos.
Que vi erigirse edificios tan altos que rozaban el cielo,
que vi asfaltar los caminos que una vez no pude tomar.
No es necesaria la ruina y los cuerpos destrozados, las mentes desquiciadas,
los ojos ciegos de ira, los árboles astillados por el dolor.
¿Qué es eso a lo que tú llamas volar?
¿Qué es eso a lo que tú llamas amar?
¿Qué es eso a lo que tú llamas valentía?
Dedicaré mis palabras a los principios de la humanidad,
a las olas que se separan en la costa y revientan contra las rocas.
Escucharé los violines que anunciarán la llegada del nuevo año,
mientras el sol, exultante, volverá a reinar en nuestras vidas.
La infancia se pierde entre las calles, la inocencia muere prontamente,
y no es una buena dolencia, no es un pálpito, es una mala suerte.
En la casa de las cartas el puzzle vuelve a encajar, la última ficha vuelve a jugar,
son resistentes los andamios que la sujetan, fuertes como el acero.
Y de acero forjaré mi conocimiento, y entre aviones observaré el aislamiento,
de las luces apagadas, de los errores cometidos, de las mentiras encajadas.
Y las risas se agotarán de cansancio, quizá no volviendo a despertar,
de aquel sueño en el que, inconscientes, han caído.
Olvidado por el azar, me haré un hueco entre la brisa y la arena,
y con paso firme, e ideas oxidadas, me abriré paso hacia el mar.
Y en el océano más profundo, ahí, en lo profundo,
ahí, rodeado del azul marino, hallaré mi final.
Strange days, bad nites.
-¿Y tú crees que puedes remediarlo? Porque si crees que lo hecho, hecho está, y lo más importante, si no te arrepientes, no abandones nunca tu posición.
La idea de colocar la cama justo enfrente de la ventana de la habitación tenía una fácil explicación. La parte del edificio en la que se encontraba daba directamente al este, y por las noches no bajaba la persiana, de modo que al vivir en un noveno piso, al comenzar a alzarse el sol, este entraba, radiante, por la ventana, y le hacía despertarse. Era como un despertador automático, no quería despertarse a una hora determinada, quería despertarse cuando saliera el sol, cuando fuera de día. Esa le parecía la hora más importante de las veinticuatro, aunque no tuviera un dígito concreto y pudieran ser las siete en agosto, o las ocho y media en noviembre. No le hacía falta nada más para despertarse. Por mucho que decidiera gandulear o darse la vuelta, el sol seguiría acechándole a través del cristal.
Como siempre, encendió la radio tras incorporarse en el colchón, sintonizó el programa de todas las mañanas, y empapó sus oídos con la grave voz del presentador. Los Doors comenzaron a sonar, y la voz de Jim Morrison en los primeros compases de Break On Trough le acompañaron hasta el cuarto de baño. Sumergió su cara en el lavabo y sacó del pequeño y cuadrado armario-espejo-botiquín la espuma de afeitar y la cuchilla. Se dejó llevar por la música, silbando la melodía, mientras sus mejillas y su barbilla, ala vez que el cuello y la zona de alrededor de los labios se iba cubriendo de color blanco. Escuchó cómo la cuchilla le rasgaba la incipiente barba cada vez que daba una pasada. En cuestión de minutos se pudo mirar en el espejo con la cara lavaba y libre de barba y bigote. Se pasó la mano para comprobar que nos e había dejado ninguna parte sin afeitar, y se introdujo en la estrecha ducha, cerrando la mampara una vez se hallaba dentro.
Cuando salió de la ducha y se sirvió una taza de café en la cocina, se podía escuchar de fondo la voz de Lennon cantando Imagine. Le invadió el recuerdo de aquellos fines de semana en los que escuchaba música que su padre había comprado. Vinilos, decenas de ellos, y casi una centena de discos. Desde Pink Floyd hasta Nirvana, pasando por los Rolling y los Beatles, los Smiths, los viejos reyes del Blues como BB King. Recordaba lo entusiasmado que llegaba su padre con la bolsa en la mano o el vinilo envuelto en papel bajo el brazo. Cada fin de semana se sentaban en el suelo, en invierno sobre la vieja alfombra gris, y se pasaban las tardes escuchando música, riendo, jugando a las cartas, dibujando, e incluso le quedaba la vaga reminiscencia de alguna conversación esporádica en la que su padre le hablaba del futuro, de la música en el futuro, del mundo en el futuro. Era curioso, pero su padre siempre le hablaba del futuro, como si quisiera prepararle para lo que habría de vivir cuando creciera, cuando se comprara un piso y trasladara su vida a su interior, cuando acabara los estudios y pudiera buscar trabajo.
Notó cómo los últimos tragos del amargo café se desvanecían en su garganta y dejó la taza sobre la mesa, observándola unos momentos, allí, vacía e inerte. Se fijó entonces en la multitud de marcas que tenía la encimera, marcas que con el tiempo se habían unido par acontar la historia de cuchillos cortando sobre ella, de vasos que golpeaban su superficie, de golpes accidentales. Llevaba bien la cuenta, cinco años habían transcurrido ya desde que pagó su primer alquiler por adelantado de los cinco que le pedían. Le pareció razonable la oferta de pagar tres o cinco meses adelantados junto al primer mes de alquiler nada más llegar al acuerdo, de modo que los siguientes meses podía olvidarse del pago y centrarse en organizar su vida. Además, el casero fue muy simpático y educado, cuando faltaba un mes para que se le acabara el pago anticipado, le envió una carta haciéndoselo saber. Qué curioso. Le envió una carta cuando pudo haberle llamado, o dejado un mensaje en el móvil, o incluso haberle enviado un correo electrónico, que hubiera sido la forma gratuita. Quizá el casero fuera una de esas personas a las que perder algo tan tradicional como el correo ordinario le pareciera una injusticia. Igual que su padre, que aún le enviaba cartas cada dos o tres meses. La última la encontró en su buzón hacía tres semanas.
Observó el ejemplar del periódico del día anterior que descansaba sobre la mesilla de al lado del sofá. Se fijó en el titular, tal y como había hecho la mañana anterior, tras haberlo comprado en el quiosco de la esquina y haber vuelto a casa para ojearlo primero, y después dedicarle una lectura más concienzuda. Se acercó a la mesilla y observó la portada del periódico. Le parecía extraña, desconocida, como si nunca antes hubiera visto aquellas líneas, aquellas letras en negrita que formaban las noticias de primera línea, la fotografía del político que ocupaba la mitad de la página, los anuncios que copaban un espacio reducido en una esquina de la misma. Se fijó entonces en la fecha, colocada en letra pequeña sobre el nombre del periódico. 22 de noviembre de mil novecientos sesenta y tres. Se sintió desorientado. Pensó que había leído mal, que su imaginación le había jugado una mala pasada. Volvió a leer. 22 de noviembre de mil novecientos sesenta y tres. No cabía en sí de asombro. No tenía duda de que el día anterior había sido veintidós de noviembre, pero del año dos mil doce. Pensó en la fecha. Y pronto dio con la solución. Aquel fatídico día John F. Kennedy fue asesinado. Cogió el periódico y escudriñó de nuevo la portada. Leyó de nuevo la fecha.
22 de noviembre de 2012.
19 oct 2012
Codeína.
Ella era como el otoño.
Es decir, el otoño, siempre que llegan, nos hacen olvidar al anterior. Como si nos enseñara que al fin hemos cambiado, como si nos enseñara a aprender esa difícil asignatura llamada "Nosotros mismos". Recuerdo que su temario era muy variado, y su duración a menudo solía ser muy larga, hasta que finalmente se redujo a tres meses. Esos tres meses en los que todo es anaranjado. Bueno, solía ser anaranjado. Ahora todo es gris en las ciudades, todo es venenoso. Lo gris es una droga que consume al mundo, que lo mata lentamente. El otoño es lo gris. Ella era como el otoño, acababa por matarte.
Obviamente, recuerdo como me mató a mí. Me mató antes siquiera de haber probado vivir. Me mató mucho antes de llegar, en primavera. Ahí empezó su asesinato, sigiloso, tortuoso, extraño, frágil. Ella era la droga que todo hombre prueba al menos una vez en su vida. Esa droga que nos devasta, que nos altera, que nos hace escalar las montañas más altas. Pero olvidamos que en los picos nevados, si no estás abrigado, te congelas. Y congelados, caemos, rodando, ladera abajo, matándonos a cada golpe, lentamente, con un amor imperceptible. Como una oda al martirio, qué extraño, ¿verdad? Yo ni siquiera recuerdo el número de golpes que recibí antes de volver al suelo.
Siempre soñando, la vida es nula.
Tan nula que se divierte con nuestra muerte.
Se divierte conduciéndonos a través de siglas.
Exponiéndonos a un solo inerte.
No creo que ella recuerde cómo me mató,
o quizá sí, pero seguramente prefiere pensar que
fui yo el que morí, que no me mató,
que fue natural, que no hubo eutanasia,
que no hubo montañas, ni cimientos,
ni helados vientos, ni mentes carcomidas.
Ella era como la codeína, te sedaba, y te engullía como una boa, y una vez allí dentro, en la oscuridad, no te quedaba más remedio que llorar. Llorar desconsoladamente. Admirar sus metáforas suicidas, admirar su forma de matar, morir sabiendo que el amor te volverá a destrozar. Morir sabiendo que no has conseguido aprender nada, que la experiencia no es la voz de la vida, que la vida no es la voz de nada. Porque todo es la nada, y nada puede cubrir a la nada. La nada es lo definitivo, la nada es la muerte a la que ella te condujo.
Y aprendí a entenderme cuando olvidé cómo solía hablar.
4 oct 2012
Quizá por fin haya un inicio.
Llevaba mucho tiempo redondeando la idea. Y cuando decía mucho tiempo quería decir muchísimo tiempo, meses, quizá un año o dos. Quería ser por fin el creador. Quería ser el artista que pincelara su lienzo. quería convertir sus ideas, sus sueños, en objetos tangibles, en algo visible que poder admirar o criticar. Escribió y escribió borradores, tiro y rompió introducciones, olvidó historias y las dejó sin final. Siempre conseguía empezar, pero llegaba un punto al que no se atrevía a llegar, se rendía, y ahí acababa la cosa. Cientos de historias sin final. Cientos de comienzos sin nudo. Cientos de introducciones que no llegaron a ser más que cuatro líneas. Cientos de títulos imaginados, cientos de tramas especuladas. Cientos de nombres de personajes, cientos de acciones por reflejar. Cientos de páginas sin continuación.Cero historias finiquitadas.
Y ahora pensaba que quizá había llegado el momento de comenzar, de comenzar con todas sus letras, de C-O-M-E-N-Z-A-R y T-E-R-M-I-N-A-R. De reinar desde el teclado o el bolígrafo sobre las páginas en blanco, sobre los personajes aún verdes, madurarlos, convertirlos en los más grandes genios o en los más temibles hijos de puta. Al fin tenía un motivo, al fin tenía algo que contar. Y estaba dispuesto a hacerlo, definitivamente. Algo en su interior había cambiado, algo se había modificado y le empujaba férreamente a hacerlo, no como otras tantas veces, en las que la esperanza y las ganas parecían tímidas y escuetas. Lo tenía todo planificado, sólo le faltaba realizarlo.
Incluso tenía un título.
Pájaros.
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