-Yo sólo sé hablar de mi capital. De sus calles, de sus abrazos, de las lágrimas y los gritos que la envuelven.
Era un lunes, creo recordar, cuando caminaba junto a ella, sin hablar, sin darnos la mano, sin mirarnos, simplemente conscientes de la existencia del otro a nuestro lado. El puente de Toledo se nos quedó pequeño y en poco hubimos alcanzado la glorieta donde se encontraba la puerta cuyo nombre no era otro que el mismo del puente. La biblioteca emergió ante nosotros y no rechazamos su invitación. Primero entró ella, pues era la que ardía en deseos de encontrar la novela que quería leer. Yo desenfundé mi pitillera y agarré cuidadosamente uno de los marlboro que había en ella. Lo observé, sabiendo que en cuestión de minutos aquel cigarrillo habría ardido y aflorado en mis pulmones y cerebro, y en todo mi cuerpo. Aspiré cada calada como todas aquellas que se dan en las mañanas lluviosas, con lentitud, con delicadeza, dejando que la humedad se colara en mi interior junto al humo, dejando que me violara el alma cada tímida gota que impactaba contra el suelo. Con tristeza le otorgué un final feliz a aquel cilindro y lo dejé descansar sobre el pavimento empapado, observando como en él se iban los últimos destellos de vida.
Entre al hall del edificio, y subí los escalones para llegar a las estanterías entre las cuales supuse que la encontraría. Y así fue, en cuclillas, observando cada lomo de cada libro de cada fila, estaba ella. Su pelo le tapaba la cara, por lo que no pude identificar su expresión, no supe si sería de desilusión o de alegría hasta que se incorporó y me miró a los ojos, acercándose.
-No está.- me dijo mientras enebraba su brazo en el mío.
Llevaba ya varias semanas buscando aquella novela de Saramago. Yo la había leído varias veces cuando un amigo decidió prestármela. Fui yo quién la empujó en su búsqueda por bibliotecas -tres ya- en los que no la encontraría ni siquiera catalogada.
-Miraste a ver si estaba catalogada.- le contesté buscando sus ojos marrones, de todo menos mediocres.
-Sí. No lo estaba.- apretó su cabeza contra mi hombro.
Podría haber permanecido en aquella postura durante horas y horas, dejando morir al tiempo con tal de sentirla allí en contacto conmigo.
-¿Y qué te hacía pensar que la encontrarías aún estando descatalogada?
-No lo sé. El ímpetu.
-La actitud.- dije antes de retroceder dos estanterías.
Me planté ante la letra A, y ya acostumbrado a la búsqueda, me dejé agachar levemente para encontrar en la tercera fila de la segundo columna el nombre de Auster.
-¿Cuál vas a coger?
-Cualquiera me vale -contesté sonriente, mientras alcanzaba un libro amarillo cuyo título era Sunset Park.
-Ese ya te le has leído. Lo sé porque me contaste lo maravilloso que era.
-Sí. Y no voy a titubear al volver a hacerlo.
La mañana se había se había fundido con un gris más tenue con la llegada del mediodía. El frío se había hecho más presente. Nos quedamos sentados bajo el resguardo de una terraza de un primer piso, sintiendo los pies enfriarse y las manos agarrotarse. Ella metió las manos en mis bolsillos, abrazándome, y yo le puse mi gorro.
-El libro que busco.- me dijo, sintiendo su aliento en mi mejilla- ¿Es un libro de amor?
-El amor no existe.
-¿No crees en el amor?
-No creo en el amor. No creo en su existencia, ni en su realidad.
-Yo te haré creer en él.
Adivinar lo que pasó a continuación no es difícil. Ocurrió lo mismo que ocurre en muchas escenas de películas, en muchas páginas de libros, en muchas situaciones de las personas. Sólo hace falta echarle un poco de imaginación, y sentir el frío de Madrid arroparte, unos labios acercarse a los tuyos, y el esfuerzo por creer en algo en lo que sabes que te será muy difícil creer. Así son las relaciones, comienzas exultante, creyendo en todo, continúas creyendo hasta que un día dejas de creer, y es entonces cuando sabes que todo ha terminado. No tengas miedo, todo al final acaba por morir, no creas que es malo matarlo antes del triste desenlace, no temas en darle la puntilla.
Al fin y al cabo. Todo fin significa un comienzo...
Un renacimiento.