-¿Lo has
leído, entonces? -me preguntó mientras exhalaba el humo del cigarrillo., que
ascendía y ascendía hasta mezclarse con cada una de las caladas anteriores y se
agrupaba alrededor de la pequeña lámpara y se esparcía por el techo como un
halo blanquecino intangible.
-Sí.-contesté
tras regresar de mi estado absorto observando el humo.
No me había
dado prácticamente cuenta de ello, pero yo también estaba fumando, y llevaba un
buen rato haciéndolo, solo que lo hacía de una manera que me invadía la
sensación de que era otra persona la que dominaba mi cuerpo y movía mis brazos,
como si mi cerebro fuera un mero espectador y no tuviera control sobre el resto
de mi organismo. Era una sensación de embotellamiento y abstracción que me
resultaba aterradora al principio, porque descubría que cualquier acción que
realizara sería de una forma involuntaria, pero después aparecía en mi interior
una satisfacción y un gusto incontenible. Me encantaba abstraerme de aquel
modo, como si me desvaneciera de mi cuerpo, era un estado perfecto.
-¿Y qué te
parece? -me miró directamente a los ojos, atravesándome con aquellos ojos
grises que tantas veces había visto ya y que podía recordar de memoria.
-Está bien
-contesté golpeando el cigarro con el dedo índice para que la ceniza cayera en
el cenicero- es como un inciso en la historia, un descanso.
-Se me
ocurrió mientras cagaba, de ahí que la escena se desarrolle en un cuarto de
baño.
Fruncí el
ceño al pasarse por mi mente la imagen de Brent haciendo sus necesidades
mientras leía una de esas novelas de más de quinientas páginas que solía leer.
Jamás entendí su obsesión por las novelas extraordinariamente largas,
debía pensar que cuanto mayor fuera la cifra de páginas, mayor sería la calidad
de lo escrito en ellas. Una creencia extravagante más de aquellas que
caracterizaban a Brent.
-Verás, eso
es una de las cosas que no me cuadran bien, que se desarrolle en un cuarto de
baño, no me termina de convencer.
Brent
pareció sorprendido y a la vez dolido tras mi afirmación. Puso esa cara que
siempre le salía cuando se encontraba con una contestación inesperada o que no
correspondía a la situación o a la conversación, una mezcla de confusión y
enfado.
-¿Por qué?
Es el escenario perfecto. -me explicó tajantemente.
-Me habría
entrado mejor la idea si ocurriera en un jardín, en un patio, en un salón...
-Pero
entonces -me interrumpió, para variar- toda la escena perdería el sentido y la
esencia.
-¿Y eso por
qué?
No terminaba
de dar crédito a lo que Brent me estaba contando, no terminaba de entender qué
era lo que le empujaba en numerosas ocasiones a pensar tan profundamente en
cosas tan banales como un cuarto de baño o una cucharilla, y era capaz de
sumergirse en una ola de concentración para ordenar sus ideas y trazarlas como
si se trataran de una nueva corriente filosófica. Lo trataba todo de una manera
tan delicada que a veces asustaba un poco verle vagabundear entre ideas
estúpidas y observaciones maestras. Todas las cosas le fascinaban en un cierto
punto y una cierta medida, excepto lo que odiaba, que eran pocas cosas, pero
las rechazaba de una manera hipócrita y casi asesina.
-Porque el
cuarto de baño es algo simbólico. -soltó lentamente, con la mirada perdida en
algún punto de la pared que tenía enfrente, donde había un cuadro de Van Gogh
colgado y una imagen en grande de Jimi Hendrix.
-¿Simbólico?
No pude
ocultar la confusión de mi pregunta, y Brent volvió a fruncir el ceño,
considerando la respuesta como errónea. Muchas veces él me había tachado de una
persona no filósofa, no porque no pudiera serlo, si no porque no quería serlo,
ni intentarlo. Podía pasarse horas y horas reflexionando sobre cómo yo actuaba
de manera incrédula ante todos los actos, inclusive los más naturales, que se
producían a nuestro alrededor, de modo que no apreciaba lo más mínimo el
transcurso de las cosas, el “paso de potencia a acto”, como él me solía decir.
-Sí,
simboliza la tranquilidad, la pausa tras la euforia. -me explicó al fin, algo
reticente.
-No
entiendo. -contesté
-A ver, te
explico. -comenzó, y al escuchar el tono de su voz supe que en ese momento iba
a volver a ser espectador de una nueva conspiración de Brent, de una nueva
teoría, de nuevo me encontraría mirándole a los ojos, hechizado por su palabra,
o quizá esta vez sufriera un desengaño con su explicación y no la aceptaría.
Era una incógnita que debía despejar él- Cuando tú estás en una fiesta,
agobiado, y necesitas tomar un respiro, o bien puedes salir a la calle a tomar
aire, o bien puedes encerrarte unos momentos en el cuarto de baño. En un cuarto
de baño toda acción que se realiza se hace de una forma hermética, inviolable.
Cosas como peinarse, mirarse en el espejo, lavarse los dientes, tomarse las
pastillas, afeitarse... Todo eso se puede hacer perfectamente en cualquier otro
lugar, pero el baño le da ese significado de retiro, de intimidad y de soledad.
Es algo misterioso.
Tal y como
esperaba, de nuevo me encontré con una de aquellas reflexiones tan profundas e
ilimitadamente sorprendentes de Brent, aunque esta vez no estuvo tan sombrado
como en otras ocasiones. Tampoco había mucho que sacar de la idea del cuarto de
baño, pensé, pero de nuevo Brent había convertido un concepto tan banal y
tangible en algo abstracto. Algo de espíritu metódico se escondía en el
interior de su persona. Es como si dentro de su mente las continuas
contracciones se dispararan las unas a las otras con un revolver a ver quién
ganaba el duelo. Estaba claro que no había arbitrariedad en sus palabras, es
más, las elegía tan cuidadosamente que de ahí provenía lo asombroso de su
genialidad.
-El baño
tiene esa función, tú te lavas los dientes en el baño, te afeitas en el baño,
te peinas el baño porque esas acciones son propias de realizar en un cuarto de
baño. –acerté a contestar, todavía embriagado por el sabor de la nicotina y las
palabras de Brent, que resonaron primero rebotando en las cuatro paredes de la
habitación y después en mi cerebro, como una pelota de tenis lanzada una y otra
vez contra una pared. Cuando Brent reflexionaba sobre algo y te lo contaba
directamente, se producía una especie de efecto invernadero con su voz, sus
frases llegaban hasta ti y rebotaban de nuevo hacia él, y al entrar en colisión
con las nuevas frases, volvían a ti, y así sucesivamente, como las olas en una
playa, nunca paran de llegar y llegar y llegar…
-Y por qué
no peinarte frente a un espejo colocado en el salón, o cepillarte los dientes
en tu habitación. –sugirió, sonando tan ensoñado como siempre.
-Porque en
el cuarto de baño hay un lavabo, y ahí se hacen la mayoría de las cosas que me
estás diciendo. –procuré evitar sonar muy tajante, pues mi concepto simple y
llano de cuarto de baño estaba empezando a desmoronarse y no quería perder la
perspectiva de que se trataba de una estancia más de una vivienda, en la que se
hacían determinadas cosas, y el por qué de estas cosas venía reflejado en años
y años de tradiciones. Y en verdad era ese el concepto universal de cuarto de
baño, el entendido por la mayoría de las personas del planeta. Pero Brent
siempre le daba una vuelta de tuerca más a las cosas que esa mayoría.
-Y por qué
no tener un lavabo en el pasillo, o un lavabo en todas y cada una de las
estancias de una vivienda.
-Porque no
es normal. Estás loco. –acerté a contestar de nuevo, con una sonrisa antes de
apagar el cigarrillo contra la fría cerámica del cenicero.
-No estoy
loco –frunció el ceño de nuevo, pero dejó escapar una suave risa exhalada antes
de continuar- En la civilización romana las domus y las villas y demás
viviendas de la época tenían pequeñas fuentecillas en diferentes lugares de la
casa para usarlas como lavabo en el momento que te fuera necesario.
Nunca
entendí por qué todo lo que brotaba de su boca sonaba siempre tan convincente y
real, por muy bohemias y extrañas que fueran sus palabras. A menudo resultaba
exasperante, porque acababas dando como válido su planteamiento y te lo creías
de principio a fin.
Resultaba
hipnótico, introspectivo.
-Ya, pero
estás mezclando lo arcaico con lo moderno. –le dije dándole a entender que
reclamaba también yo mi parte de razón, que estaba seguro que existía en algún
rincón de la conversación, pero absolutamente tapada por la sombra de la parte
de Brent.
-No, con lo
moderno no, con lo contemporáneo.
-¿Qué más
da? Es lo mismo.
-No, te
equivocas, la edad moderna ya tuvo su punto final hace tiempo, estamos en la
edad contemporánea, nosotros somos contemporáneos, y todo lo que nos rodea es
contemporáneo, y en el sentido y uso estricto de la palabra lo contemporáneo es
más moderno que lo que es propiamente
moderno.
De nuevo me
había dejado asombrado, había discernido sin dificultad alguna sobre lo moderno
y lo contemporáneo, y aunque lo que había explicado era muy simple, él lo
conseguía hacer complejo y rebuscado, a la vez que mágico y maligno. Era
definitiva y endiabladamente un genio. Asentí, y él
continuó hablando.
-Y el cuarto
de baño para mí es simbólico porque refleja ese descanso, ajeno a la realidad
que sigue su curso tras la puerta. Uno puede aislarse del mundo acurrucado en
un rincón del cuarto de baño, al lado del radiador, por muy deprimente que
suene. Es una soledad que sólo el baño puede otorgar. Claro que también existen
cuartos de baños diminutos que son agobiantes, y más que un descanso te otorgan
ansiedad.
En más de
una ocasión le aconsejé dedicarse a la política, pero los políticos a Brent le
repelían. Por eso adoraba férreamente la película El Candidato y el
papel de Robert Redford en ella, para él se trataba de una crítica a los
políticos y a la política en sí, ácida y perfecta, incluso bella, como llegó a
adjetivarla.