21 ago 2012

Cenicero.

Acabamos en mi casa, como tantas otras veces, encerrados en mi habitación como siempre, esquivando la comodidad del sofá del salón. Era como nuestro refugio personal, y prácticamente pasaba más tiempo dentro de él cuando estaba con Brent que cuando estaba yo solo. Resultaba curioso. Brent me había pasado hacía tres días un borrador de una escena para una película que había escrito, siempre me consultaba cuando escribía, e insistía cuando le decía que no era quien para criticar sus escritos. Nos sentamos en el suelo el uno frente al otro, con las piernas cruzadas o estiradas y una caja de tabaco y un cenicero entre nosotros, como interventor.

-¿Lo has leído, entonces? -me preguntó mientras exhalaba el humo del cigarrillo., que ascendía y ascendía hasta mezclarse con cada una de las caladas anteriores y se agrupaba alrededor de la pequeña lámpara y se esparcía por el techo como un halo blanquecino intangible.
-Sí.-contesté tras regresar de mi estado absorto observando el humo.

No me había dado prácticamente cuenta de ello, pero yo también estaba fumando, y llevaba un buen rato haciéndolo, solo que lo hacía de una manera que me invadía la sensación de que era otra persona la que dominaba mi cuerpo y movía mis brazos, como si mi cerebro fuera un mero espectador y no tuviera control sobre el resto de mi organismo. Era una sensación de embotellamiento y abstracción que me resultaba aterradora al principio, porque descubría que cualquier acción que realizara sería de una forma involuntaria, pero después aparecía en mi interior una satisfacción y un gusto incontenible. Me encantaba abstraerme de aquel modo, como si me desvaneciera de mi cuerpo, era un estado perfecto.

-¿Y qué te parece? -me miró directamente a los ojos, atravesándome con aquellos ojos grises que tantas veces había visto ya y que podía recordar de memoria.
-Está bien -contesté golpeando el cigarro con el dedo índice para que la ceniza cayera en el cenicero- es como un inciso en la historia, un descanso.
-Se me ocurrió mientras cagaba, de ahí que la escena se desarrolle en un cuarto de baño.

Fruncí el ceño al pasarse por mi mente la imagen de Brent haciendo sus necesidades mientras leía una de esas novelas de más de quinientas páginas que solía leer. Jamás entendí su obsesión por las novelas extraordinariamente largas, debía pensar que cuanto mayor fuera la cifra de páginas, mayor sería la calidad de lo escrito en ellas. Una creencia extravagante más de aquellas que caracterizaban a Brent.

-Verás, eso es una de las cosas que no me cuadran bien, que se desarrolle en un cuarto de baño, no me termina de convencer.

Brent pareció sorprendido y a la vez dolido tras mi afirmación. Puso esa cara que siempre le salía cuando se encontraba con una contestación inesperada o que no correspondía a la situación o a la conversación, una mezcla de confusión y enfado.

-¿Por qué? Es el escenario perfecto. -me explicó tajantemente.
-Me habría entrado mejor la idea si ocurriera en un jardín, en un patio, en un salón...
-Pero entonces -me interrumpió, para variar- toda la escena perdería el sentido y la esencia.
-¿Y eso por qué?

No terminaba de dar crédito a lo que Brent me estaba contando, no terminaba de entender qué era lo que le empujaba en numerosas ocasiones a pensar tan profundamente en cosas tan banales como un cuarto de baño o una cucharilla, y era capaz de sumergirse en una ola de concentración para ordenar sus ideas y trazarlas como si se trataran de una nueva corriente filosófica. Lo trataba todo de una manera tan delicada que a veces asustaba un poco verle vagabundear entre ideas estúpidas y observaciones maestras. Todas las cosas le fascinaban en un cierto punto y una cierta medida, excepto lo que odiaba, que eran pocas cosas, pero las rechazaba de una manera hipócrita y casi asesina.

-Porque el cuarto de baño es algo simbólico. -soltó lentamente, con la mirada perdida en algún punto de la pared que tenía enfrente, donde había un cuadro de Van Gogh colgado y una imagen en grande de Jimi Hendrix.
-¿Simbólico?

No pude ocultar la confusión de mi pregunta, y Brent volvió a fruncir el ceño, considerando la respuesta como errónea. Muchas veces él me había tachado de una persona no filósofa, no porque no pudiera serlo, si no porque no quería serlo, ni intentarlo. Podía pasarse horas y horas reflexionando sobre cómo yo actuaba de manera incrédula ante todos los actos, inclusive los más naturales, que se producían a nuestro alrededor, de modo que no apreciaba lo más mínimo el transcurso de las cosas, el “paso de potencia a acto”, como él me solía decir.

-Sí, simboliza la tranquilidad, la pausa tras la euforia. -me explicó al fin, algo reticente.
-No entiendo. -contesté
-A ver, te explico. -comenzó, y al escuchar el tono de su voz supe que en ese momento iba a volver a ser espectador de una nueva conspiración de Brent, de una nueva teoría, de nuevo me encontraría mirándole a los ojos, hechizado por su palabra, o quizá esta vez sufriera un desengaño con su explicación y no la aceptaría. Era una incógnita que debía despejar él- Cuando tú estás en una fiesta, agobiado, y necesitas tomar un respiro, o bien puedes salir a la calle a tomar aire, o bien puedes encerrarte unos momentos en el cuarto de baño. En un cuarto de baño toda acción que se realiza se hace de una forma hermética, inviolable. Cosas como peinarse, mirarse en el espejo, lavarse los dientes, tomarse las pastillas, afeitarse... Todo eso se puede hacer perfectamente en cualquier otro lugar, pero el baño le da ese significado de retiro, de intimidad y de soledad. Es algo misterioso.

Tal y como esperaba, de nuevo me encontré con una de aquellas reflexiones tan profundas e ilimitadamente sorprendentes de Brent, aunque esta vez no estuvo tan sombrado como en otras ocasiones. Tampoco había mucho que sacar de la idea del cuarto de baño, pensé, pero de nuevo Brent había convertido un concepto tan banal y tangible en algo abstracto. Algo de espíritu metódico se escondía en el interior de su persona. Es como si dentro de su mente las continuas contracciones se dispararan las unas a las otras con un revolver a ver quién ganaba el duelo. Estaba claro que no había arbitrariedad en sus palabras, es más, las elegía tan cuidadosamente que de ahí provenía lo asombroso de su genialidad.

-El baño tiene esa función, tú te lavas los dientes en el baño, te afeitas en el baño, te peinas el baño porque esas acciones son propias de realizar en un cuarto de baño. –acerté a contestar, todavía embriagado por el sabor de la nicotina y las palabras de Brent, que resonaron primero rebotando en las cuatro paredes de la habitación y después en mi cerebro, como una pelota de tenis lanzada una y otra vez contra una pared. Cuando Brent reflexionaba sobre algo y te lo contaba directamente, se producía una especie de efecto invernadero con su voz, sus frases llegaban hasta ti y rebotaban de nuevo hacia él, y al entrar en colisión con las nuevas frases, volvían a ti, y así sucesivamente, como las olas en una playa, nunca paran de llegar y llegar y llegar…
-Y por qué no peinarte frente a un espejo colocado en el salón, o cepillarte los dientes en tu habitación. –sugirió, sonando tan ensoñado como siempre.
-Porque en el cuarto de baño hay un lavabo, y ahí se hacen la mayoría de las cosas que me estás diciendo. –procuré evitar sonar muy tajante, pues mi concepto simple y llano de cuarto de baño estaba empezando a desmoronarse y no quería perder la perspectiva de que se trataba de una estancia más de una vivienda, en la que se hacían determinadas cosas, y el por qué de estas cosas venía reflejado en años y años de tradiciones. Y en verdad era ese el concepto universal de cuarto de baño, el entendido por la mayoría de las personas del planeta. Pero Brent siempre le daba una vuelta de tuerca más a las cosas que esa mayoría.
-Y por qué no tener un lavabo en el pasillo, o un lavabo en todas y cada una de las estancias de una vivienda.
-Porque no es normal. Estás loco. –acerté a contestar de nuevo, con una sonrisa antes de apagar el cigarrillo contra la fría cerámica del cenicero.
-No estoy loco –frunció el ceño de nuevo, pero dejó escapar una suave risa exhalada antes de continuar- En la civilización romana las domus y las villas y demás viviendas de la época tenían pequeñas fuentecillas en diferentes lugares de la casa para usarlas como lavabo en el momento que te fuera necesario.

Nunca entendí por qué todo lo que brotaba de su boca sonaba siempre tan convincente y real, por muy bohemias y extrañas que fueran sus palabras. A menudo resultaba exasperante, porque acababas dando como válido su planteamiento y te lo creías de principio a fin.
Resultaba hipnótico, introspectivo.

-Ya, pero estás mezclando lo arcaico con lo moderno. –le dije dándole a entender que reclamaba también yo mi parte de razón, que estaba seguro que existía en algún rincón de la conversación, pero absolutamente tapada por la sombra de la parte de Brent.
-No, con lo moderno no, con lo contemporáneo.
-¿Qué más da? Es lo mismo.
-No, te equivocas, la edad moderna ya tuvo su punto final hace tiempo, estamos en la edad contemporánea, nosotros somos contemporáneos, y todo lo que nos rodea es contemporáneo, y en el sentido y uso estricto de la palabra lo contemporáneo es más moderno que lo que es  propiamente moderno.

De nuevo me había dejado asombrado, había discernido sin dificultad alguna sobre lo moderno y lo contemporáneo, y aunque lo que había explicado era muy simple, él lo conseguía hacer complejo y rebuscado, a la vez que mágico y maligno. Era definitiva y endiabladamente un genio. Asentí, y él continuó hablando.

-Y el cuarto de baño para mí es simbólico porque refleja ese descanso, ajeno a la realidad que sigue su curso tras la puerta. Uno puede aislarse del mundo acurrucado en un rincón del cuarto de baño, al lado del radiador, por muy deprimente que suene. Es una soledad que sólo el baño puede otorgar. Claro que también existen cuartos de baños diminutos que son agobiantes, y más que un descanso te otorgan ansiedad.

En más de una ocasión le aconsejé dedicarse a la política, pero los políticos a Brent le repelían. Por eso adoraba férreamente la película El Candidato y el papel de Robert Redford en ella, para él se trataba de una crítica a los políticos y a la política en sí, ácida y perfecta, incluso bella, como llegó a adjetivarla.