Siento que
está cerca, está tan cerca que solamente la idea de conocer su proximidad me
estremece, y la sensación me embriaga y me corroe, me asusta y provoca en mí un
desangelado estado de desesperación repentina y no acierto a discernir entre
calma y pena, gloria y hundimiento. Los portales me observan atravesar a toda
velocidad la calle evitando el frío viento que todas las mañanas pasa rozando
las paredes como si fuera un zumbido onírico.
Trato de sacar la mano izquierda
del bolsillo de mi abrigo color marrón viejo pero la orden de mi cerebro se
congela de camino al brazo y la pereza de éste provoca que segundos más tarde
me sorprenda a mí mismo sin haber consultado todavía la hora en mi reloj de
pulsera que me regaló mi padre hace más de veinte años y que a pesar de su
valor me he mostrado reticente a venderlo, a sabiendas de que en muchas
ocasiones he estado a punto de morir abandonado por mi propia alma a merced de
la vida callejera con aquel reloj como único tesoro. Y las nubes comienzan a
tornarse blancas abandonando lo naranja y rozo que parece ser el amanecer en
esta ciudad tan sucia y pobre como rica y cosmopolita que es Nueva York. Un
vendedor ambulante de baratijas y películas pirata se aposta en su esquina de
siempre colocando cajas de cartón estratégicamente para que todos los artículos
le quepan de manera justa formando un mostrador improvisado.
En la calle de
enfrente desde el balcón de un primer piso se asoma en calzoncillos y camiseta
interior de rayas un hombre de mediana edad taza en mano y cigarrillo en boca,
de aspecto destartalado y barbas de varios días, que en pocos segundos sucumbe
a la gélida temperatura del amanecer invernal que deslumbra con poca luz las
placas de hielo y escarcha formadas en la acera y en los coches, como una fina
capa translúcida de muerte lenta, de sueño eterno. Me inundan pensamientos tan
fríos como el clima que me acompaña en horas tan tempranas al ritmo de mis
pasos resonando en el suelo como un metrónomo desigual que augura malos
presagios y no es más que un burdo cómplice de un futuro tan esclarecedor como
inútil. Reúno las fuerzas suficientes como para sacar la mano del bolsillo y
exponerla junto con mi muñeca al viento para descubrir que, en efectivo, son
las siete y veinte, llego media hora tarde al turno matinal del Lewis', que es
la frutería donde últimamente he estado trabajando para sacarme un dinerillo
que quién sabe cuándo lo cobraré ni cuándo podré gastarlo. Me freno en un
semáforo en rojo a pesar de que no viene ningún coche a lo lejos en ninguna de
las dos direcciones.
Las fuerzas que me quedan las divido, reservando una
cantidad mayor para continuar el paseo hasta el centro de la ciudad, y al resto
le sumo ganas y filosofía para implicar mi mente en un debate interno sobre
cuánto tiempo podré aguantar, cuánto tiempo podré resistir a un invierno cada
vez más mortal, a una ciudad cada vez más venenosa y a mi propia mente, mi
mayor enemiga.