19 sept 2012

Disorder - Parte Uno.


Su cabeza estaba desordenada, se podía decir así. Como si se tratara de una cómoda que alguien se había dignado a profanar, descolocando la ropa, mezclando calcetines y camisetas, sujetadores y pantalones, reduciendo a jirones lo que le hubiera venido en gana, y llevándose lo que le hubiese venido bien. ¿Turbulencias? Quizá. Pero la palabra que mejor la definía en aquel momento era desordenada. Quizá tenía el espíritu, pero había perdido las sensaciones. Y sin sensaciones una persona no puede ser persona, ni siquiera puede vivir. Qué haría ahora. Buena pregunta esa, la que se formulaba cada mañana antes de salir de su diminuto apartamento en busca del amanecer de Gran Vía, la que no lograba responderse cuando sacaba su vieja guitarra negra de una funda desastrada, y con unas ganas inútiles, trataba de sacar acordes de sus desvaídas cuerdas. Hacía tiempo que había comenzado a comerse las uñas, y no había conseguido reprimir aún aquella manía. Las yemas de sus dedos estaban llenas de cortes producidos por el frío y las cuerdas de aquella guitarra. Había perdido su púa, y también las ganas de comprarse una nueva. Las pocas monedas que conseguía acumular en el sombrero que situaba ante ella las gastaba en poca comida y mucho tabaco. Cuánto podía sacar al día. No más de diez euros, nunca menos de cinco, gracias al cielo.

A menudo encendía sus cigarrillos mientras tocaba y dejaba que la ceniza impregnara todo su ser, y que éstos se consumieran en sus labios hasta que comenzaba a quemárselos, y entonces tirar las colillas al suelo. Una vez un joven de unos dieciocho años, tatuado de pies a cabeza, le pidió uno:
-Perdona... ¿Tienes un cigarro?
-Para ti no.
Aquel tipo le robó el sombrero y salió corriendo Gran Vía abajo. A ella no le molestó, quizá porque sabía que se lo había ganado. Había echado la cuenta de cuánto le habían dado hasta aquel momento, y la cifra rondaba el euro y medio en monedas de diez y veinte céntimos. A pesar de que sabía que aquel euro y medio le habían costado tres horas de canciones y su paciencia, no pareció afectarle. Bien sería porque en aquellos días prefería no saber nada de lo material. No quería saber nada del dinero, ni de su cama, ni de las tiendas que todos los días abrían y cerraban ante ella. Quería olvidarse de todo menos de su guitarra y de las letras que escribía. 

Los lápices que compraba -los compraba porque eran lo más barato para escribir, junto con folios reciclados, de un color grisáceo y feo- caían como moscas cuando en su portal, aferrada al hecho de que era más grande que su piso, bajo la intermitente luz de una vieja bombilla, rellenaba los folios con letras y letras, palabras, líneas, versos, párrafos, historias, relatos, canciones... Hablaba sobre alcohol, callejones, juventudes rotas, desórdenes, y mil y un temas más que tenía impresos a flor de piel en su interior. En esos momentos se sentía aislada del exterior, y conseguía contrarrestar a las mañanas y tardes en las que desde esquinas y adoquines lanzaba al aire y a Madrid sus escritos en forma de canciones, o en un intento de ellas. 

Tenía un anillo de plata que su madre le dio por su décimo cumpleaños. Aún le valía cuando en una noche cerrada un vagabundo consiguió arrancárselo del dedo, dejándole una fuerte herida en aquel dedo corazón de su mano derecha. Durante días observó como se abría una y otra vez al tocar. Intentó aprender a tocar como los zurdos, y al no poder, se vio obligada a abandonar sus canciones callejeras y a descansar unos días en su cuadrado piso. Sabía que la orden de desahucio llegaría en cuestión de una semana o dos. Compró acrílicos y se dedicó durante un fin de semana a pintar en una pared la portada del primer disco de Joy Division, con un más que aceptable resultado.

No sabía que sería de ella y de su desorden ahora que había perdido las ganas de volver a escribir.