28 ago 2012

Mañanas.


Tras la tormenta veraniega de la noche anterior, había quedado una mañana preciosa para salir a la calle. El sol reinaba en un cielo totalmente despejado, pero la temperatura no subía de los veinte grados. Audrey acostumbraba a levantarse temprano y trasnochar exageradamente. No dormía demasiado, como mucho cinco horas. No le gustaba perder el tiempo matinal.

Saltó de la cama a las ocho en punto y directamente entró en la ducha, el lugar dónde seguramente gastaba más tiempo que en ningún otro, exceptuando el parque. A las nueve menos cuarto ya había desayunado, un café frío y galletas. Cogió el teléfono y marcó el número que se sabía de memoria de tantas veces que lo había hecho ya. Esperó pacientemente a la respuesta. Nadie contestó. Soltó un bufido y lo volvió a intentar. Tras comunicar cinco veces, Jamie contestó.

-¿Sí? –dijo vaga y roncamente.
-Venga, despierta, hemos quedado.
-¿Qué dices? –Hizo una pausa entre tosidos para mirar la hora- ¿Pero qué mierda de hora es esta?
-Anda, venga, levanta, que quiero ir a dar un paseo por Orcher.
-Joder… me cago en… ¿Tienes idea de la hora a la que me acosté ayer, bueno, hoy?
-No seas vago Jamie, hay que aprovechar las mañanas, hace un día genial.
-Yo soy un animal nocturno –contestó en ademán de colgar.
-Si vienes te invito a hierba –rió ella.
-¿Qué dices? Ahora no me apetece fumar, llevo toda la noche haciéndolo, joder, he dormido dos horas y…
-A las diez en punto en Meadow Street –le interrumpió.
-Eh, que no te he dicho que sí…
-Sí que lo has dicho, hasta luego –concluyó la conversación, alargando las últimas palabras.

Cuando Jamie quiso contestar ella ya había colgado. Gruñó, farfullando algunas palabras para sí mismo, antes de girarse en la cama y taparse entero con la sábana.