Tras la
tormenta veraniega de la noche anterior, había quedado una mañana preciosa para
salir a la calle. El sol reinaba en un cielo totalmente despejado, pero la
temperatura no subía de los veinte grados. Audrey acostumbraba a levantarse
temprano y trasnochar exageradamente. No dormía demasiado, como mucho cinco
horas. No le gustaba perder el tiempo matinal.
Saltó de la
cama a las ocho en punto y directamente entró en la ducha, el lugar dónde
seguramente gastaba más tiempo que en ningún otro, exceptuando el parque. A las
nueve menos cuarto ya había desayunado, un café frío y galletas. Cogió el
teléfono y marcó el número que se sabía de memoria de tantas veces que lo había
hecho ya. Esperó pacientemente a la respuesta. Nadie contestó. Soltó un bufido
y lo volvió a intentar. Tras comunicar cinco veces, Jamie contestó.
-¿Sí? –dijo vaga
y roncamente.
-Venga,
despierta, hemos quedado.
-¿Qué dices?
–Hizo una pausa entre tosidos para mirar la hora- ¿Pero qué mierda de hora es
esta?
-Anda,
venga, levanta, que quiero ir a dar un paseo por Orcher.
-Joder… me
cago en… ¿Tienes idea de la hora a la que me acosté ayer, bueno, hoy?
-No seas
vago Jamie, hay que aprovechar las mañanas, hace un día genial.
-Yo soy un
animal nocturno –contestó en ademán de colgar.
-Si vienes
te invito a hierba –rió ella.
-¿Qué dices?
Ahora no me apetece fumar, llevo toda la noche haciéndolo, joder, he dormido
dos horas y…
-A las diez
en punto en Meadow Street –le interrumpió.
-Eh, que no
te he dicho que sí…
-Sí que lo
has dicho, hasta luego –concluyó la conversación, alargando las últimas
palabras.
Cuando Jamie
quiso contestar ella ya había colgado. Gruñó, farfullando algunas palabras para
sí mismo, antes de girarse en la cama y taparse entero con la sábana.