19 oct 2012

Codeína.

Ella era como el otoño.

Es decir, el otoño, siempre que llegan, nos hacen olvidar al anterior. Como si nos enseñara que al fin hemos cambiado, como si nos enseñara a aprender esa difícil asignatura llamada "Nosotros mismos". Recuerdo que su temario era muy variado, y su duración a menudo solía ser muy larga, hasta que finalmente se redujo a tres meses. Esos tres meses en los que todo es anaranjado. Bueno, solía ser anaranjado. Ahora todo es gris en las ciudades, todo es venenoso. Lo gris es una droga que consume al mundo, que lo mata lentamente. El otoño es lo gris. Ella era como el otoño, acababa por matarte.

Obviamente, recuerdo como me mató a mí. Me mató antes siquiera de haber probado vivir. Me mató mucho antes de llegar, en primavera. Ahí empezó su asesinato, sigiloso, tortuoso, extraño, frágil. Ella era la droga que todo hombre prueba al menos una vez en su vida. Esa droga que nos devasta, que nos altera, que nos hace escalar las montañas más altas. Pero olvidamos que en los picos nevados, si no estás abrigado, te congelas. Y congelados, caemos, rodando, ladera abajo, matándonos a cada golpe, lentamente, con un amor imperceptible. Como una oda al martirio, qué extraño, ¿verdad? Yo ni siquiera recuerdo el número de golpes que recibí antes de volver al suelo.

Siempre soñando, la vida es nula.
Tan nula que se divierte con nuestra muerte.
Se divierte conduciéndonos a través de siglas.
Exponiéndonos a un solo inerte.

No creo que ella recuerde cómo me mató, 
o quizá sí, pero seguramente prefiere pensar que
fui yo el que morí, que no me mató, 
que fue natural, que no hubo eutanasia, 
que no hubo montañas, ni cimientos, 
ni helados vientos, ni mentes carcomidas.

Ella era como la codeína, te sedaba, y te engullía como una boa, y una vez allí dentro, en la oscuridad, no te quedaba más remedio que llorar. Llorar desconsoladamente. Admirar sus metáforas suicidas, admirar su forma de matar, morir sabiendo que el amor te volverá a destrozar. Morir sabiendo que no has conseguido aprender nada, que la experiencia no es la voz de la vida, que la vida no es la voz de nada. Porque todo es la nada, y nada puede cubrir a la nada. La nada es lo definitivo, la nada es la muerte a la que ella te condujo.

Y aprendí a entenderme cuando olvidé cómo solía hablar.