29 nov 2012

CHILDHOOD.


El frío empañaba los cristales. Fuera llovía más de lo esperado. Los meteorólogos habían previsto lluvia, sí, pero ligera, nada fuera de lo común en primavera, nada fuera de lo común que aquellas cuatro gotas que a veces se dignaban a caer. Pero a través de la ventana no estaba presenciando la caída de cuatro gotas, si no un diluvio. La calle estaba llena de charcos, y las gotas rebotaban violentamente al chocar contra ellos o contra el asfalto, o el capó de los coches. Un repiqueteo continuo que se veía sonoramente eclipsado por el piano que sonaba en su habitación. Giró la cabeza para observar la espalda de la persona que lo estaba tocando. Una cascada de pelo liso y rubio caía sobre ella, hasta más o menos la cintura, o la cadera, nunca sabía diferenciar bien qué era la cadera y qué la cintura. Sus brazos se movían ligeramente mientras las notas se abalanzaban las unas contras las otras, en una sucesión de melodías que le helaban la sangre. Le había pedido que tocara aquella canción, esa canción en especial, y ella lo había hecho, había buscado la partitura, se la había aprendido los días anteriores, había ensayado a solas en su habitación, y ahora le había citado para tocarle la canción. Y sonaba perfecta.


Tan perfecta, que casi parecía estar reproducida en el equipo de música. Pero a pesar de sonar tan perfecta, le faltaba algo. Le faltaba la guitarra eléctrica que, suavemente, introducía acordes, acompañando al piano, en una cadena musical que alcanzaba su máximo esplendor cuando ambos instrumentos sonaban. La percusión no hacía falta, se la podían imaginar al tiempo que marcaban el ritmo conjuntamente. 

Se separó de la ventana y se sentó en el borde de la cama, acariciando el mástil de su blanca y limpia guitarra, observando el clavijero, donde se enredaban las cuerdas, formando rulos. Los trastes, algo desgastados, pero todavía brillantes, con ese color plateado que los hacía resaltar sobre la madera clara en la que estaban colocados. Las dos pastillas, finas y separadas, que ejercían su trabajo cuando era necesario. Sujetó la púa azul entre sus dedos, y espero a que el compás terminara. Colocó sus dedos en los trastes necesarios, y comenzó a rasgar, lentamente, una detrás de otra, cada cuerda, observando que el sonido era perfecto, que sonaba tal y como se escuchaba en la canción. Volvió a observar, mientras tocaba, la espalda de la chica, que ahora se movía algo más rápido, en el puente de la canción. Se detuvo, silenciando las cuerdas, y aguardó a que su próxima aparición fuera necesaria.Arañó sutilmente las cuerdas, mientras deslizaba los dedos hacia arriba y hacia abajo, atravesando los trastes, provocando en el sonido un lloriqueo característico. 

El sonido le atravesaba, trepaba a través de su cuerpo y se metía en su pecho, le agitaba el corazón, y continuaba hasta la espalda, donde recorría su columna vertebral hacia los hombros, la nuca, y le erizaba el pelo, acariciándoselo a medida que las notas se sucedían. Llegaba a su frente y ahí dibujaba círculos, notas, que se inscribían en su cerebro, bajando hacia los ojos, que se le empañaban al igual que lo hacía la ventana por el frío.

Y notaba cómo las lágrimas de la chica acompañaban a la lluvia, las escuchaba caer contra las teclas.