25 sept 2012

¿Cómo podré bailar con cualquier otra?

Improvisación de la reina, qué bien se peina.

Esto no es poesía, y si lo fuera,
me esforzaría en que no lo pareciese,
pues no me gusta la hipocresía, es indigna y fiera
como un cazador abalanzándose ante su despistada presa.

No busco los laureles del César, no los quiero,
me conformo con un par de cigarrillos y un beso,
de esos que dicen de todo menos te quiero,
de esos de los que nunca puedes salir ileso.

Mira qué bien se peina la reina, mira qué buen andar me lleva.


Tú, sí, tú. Que me hiciste temblar, que me obligaste a rogar a un dios en el que no creía. Tú, que me convertiste en yo. Tú, que me lisiaste el alma con tan sólo andar. Ya no recuerdo tu nombre, nunca lo supe, pero sí tu mirada, dirigida por el ámbar de tus ojos, cavilada entre el pesar y la torpeza de una delicadeza que me hizo perderme en un mar de sueños color escarlata. Al ver que aquellas pupilas coincidieron con las mías me supe capaz de reinar en el mundo entero siempre que te tuviera a mi lado.Imaginé despertar cada mañana y sentir tu espalda hacer un hueco en el colchón, un hueco que con el tiempo quedaría vacío, como todas las cosas que siempre tuvieron un lugar en el espacio, de la misma forma que aquella taza de Pink Floyd del armario de mi cocina dejará de estar ahí, caerá y hecha añicos acabará en el vertedero, o simplemente ocupará cualquier otro lugar, al igual que todas las cosas. Tú, que me enseñaste que una rosa nunca muere ni se cansa de matar a espinazos. Tú, que me idolatraste sin quererlo y me lanzaste a un vacío frío como el hielo. Tú, sí, fuiste tú.

Fue tu pelo al ondear tiernamente, como una bandera, con la brisa de verano. Fue la gracia de tus pasos dejando atrás adoquines impresionados. Fueron aquellas motas que salpicaban tus mejillas y que alguien un día se preocupó en darles un nombre, pecas. Fue la constancia de tus labios brillando bajo el sol la que me ayudó a sobrevivir. Más tarde fue tu nombre el que me enamoró, y la sonrisa tímida que salía sin avisar tras mis intentos de ser gracioso. Más tarde aún fueron tus manos las que me guiaron por Madrid, y fueron mis labios los que brillaron junto a los tuyos. Fueron tus piernas bajo una camisa larga las que caminaron a por las tazas de cafés de innumerables mañanas, fueron tus bailes los que me inspiraron. Fue tu todo el que se convirtió en mi todo. Fue tu arte el que reinventó el mío. Fue el humo de tus cigarros el que se mezcló con el de los míos y formo palabras en el aire mientras una voz sonaba en el equipo de música y tú insistías en que me levantara del sofá y bailara abrazado a ti. Fue tu mirada la que me dijo que todo había cambiado en tu vida. Fueron tus brazos los que me esforcé por alcanzar hasta conseguirlos. Fueron los días de lluvia los que nos permitieron ser cómplices de las sábanas y el colchón, y de los orgasmos.  

-Y ahora dime, cariño, ¿volverás a bailar conmigo?
-Cuantas veces tú quieras.
-¿Incluso cuando nos hayamos ido?
-Incluso cuando nos hayamos ido.

Y aún recuerdo el día en que todo acabó. Todo tiene su principio y su final, y cuanto antes se encare este ciclo menor será el lastre que nos deje a su paso. Supe cuando llegó el inicio que llegaría el final, del mismo modo que una vez adquirí conciencia de mi vida supe que algún día moriría. Cuando tuve conciencia de que la tenía entre mis brazos, supe que algún día no estaría allí abrazada a mí. Y ella también lo supo. Y juntos, silenciosamente, guardamos el secreto de nuestro final hasta que salió a la luz en el calor de agosto. Un sábado desperté con la sensación de que el momento había llegado, de que todo se debía acabar. Dos días después ella ya no estaba, con una nota en vez de su cuerpo en el hueco del colchón: Recuerda que volverás a bailar conmigo.

Y cada noche, en la Plaza Mayor, aparecíamos, vestidos de traje, y bajo el silencio del cielo estrellado, bailábamos arrejuntados, rememorando nuestros cuerpos en sintonía, amándonos todavía aun sabiendo que el momento de hacerlo ya había pasado.

León de mármol. Cisne de cristal.