22 oct 2012

Strange days, bad nites.

-¿Y tú crees que puedes remediarlo? Porque si crees que lo hecho, hecho está, y lo más importante, si no te arrepientes, no abandones nunca tu posición.


La idea de colocar la cama justo enfrente de la ventana de la habitación tenía una fácil explicación. La parte del edificio en la que se encontraba daba directamente al este, y por las noches no bajaba la persiana, de modo que al vivir en un noveno piso, al comenzar a alzarse el sol, este entraba, radiante, por la ventana, y le hacía despertarse. Era como un despertador automático, no quería despertarse a una hora determinada, quería despertarse cuando saliera el sol, cuando fuera de día. Esa le parecía la hora más importante de las veinticuatro, aunque no tuviera un dígito concreto y pudieran ser las siete en agosto, o las ocho y media en noviembre. No le hacía falta nada más para despertarse. Por mucho que decidiera gandulear o darse la vuelta, el sol seguiría acechándole a través del cristal. 

Como siempre, encendió la radio tras incorporarse en el colchón, sintonizó el programa de todas las mañanas, y empapó sus oídos con la grave voz del presentador. Los Doors comenzaron a sonar, y la voz de Jim Morrison en los primeros compases de Break On Trough le acompañaron hasta el cuarto de baño. Sumergió su cara en el lavabo y sacó del pequeño y cuadrado armario-espejo-botiquín la espuma de afeitar y la cuchilla. Se dejó llevar por la música, silbando la melodía, mientras sus mejillas y su barbilla, ala vez que el cuello y la zona de alrededor de los labios se iba cubriendo de color blanco. Escuchó cómo la cuchilla le rasgaba la incipiente barba cada vez que daba una pasada. En cuestión de minutos se pudo mirar en el espejo con la cara lavaba y libre de barba y bigote. Se pasó la mano para comprobar que nos e había dejado ninguna parte sin afeitar, y se introdujo en la estrecha ducha, cerrando la mampara una vez se hallaba dentro.

Cuando salió de la ducha y se sirvió una taza de café en la cocina, se podía escuchar de fondo la voz de Lennon cantando Imagine. Le invadió el recuerdo de aquellos fines de semana en los que escuchaba música que su padre había comprado. Vinilos, decenas de ellos, y casi una centena de discos. Desde Pink Floyd  hasta Nirvana, pasando por los Rolling y los Beatles, los Smiths, los viejos reyes del Blues como BB King. Recordaba lo entusiasmado que llegaba su padre con la bolsa en la mano o el vinilo envuelto en papel bajo el brazo. Cada fin de semana se sentaban en el suelo, en invierno sobre la vieja alfombra gris, y se pasaban las tardes escuchando música, riendo, jugando a las cartas, dibujando, e incluso le quedaba la vaga reminiscencia de alguna conversación esporádica en la que su padre le hablaba del futuro, de la música en el futuro, del mundo en el futuro. Era curioso, pero su padre siempre le hablaba del futuro, como si quisiera prepararle para lo que habría de vivir cuando creciera, cuando se comprara un piso y trasladara su vida a su interior, cuando acabara los estudios y pudiera buscar trabajo. 

Notó cómo los últimos tragos del amargo café se desvanecían en su garganta y dejó la taza sobre la mesa, observándola unos momentos, allí, vacía e inerte. Se fijó entonces en la multitud de marcas que tenía la encimera, marcas que con el tiempo se habían unido par acontar la historia de cuchillos cortando sobre ella, de vasos que golpeaban su superficie, de golpes accidentales. Llevaba bien la cuenta, cinco años habían transcurrido ya desde que pagó su primer alquiler por adelantado de los cinco que le pedían. Le pareció razonable la oferta de pagar tres o cinco meses adelantados junto al primer mes de alquiler nada más llegar al acuerdo, de modo que los siguientes meses podía olvidarse del pago y centrarse en organizar su vida. Además, el casero fue muy simpático y educado, cuando faltaba un mes para que se le acabara el pago anticipado, le envió una carta haciéndoselo saber. Qué curioso. Le envió una carta cuando pudo haberle llamado, o dejado un mensaje en el móvil, o incluso haberle enviado un correo electrónico, que hubiera sido la forma gratuita. Quizá el casero fuera una de esas personas a las que perder algo tan tradicional como el correo ordinario le pareciera una injusticia. Igual que su padre, que aún le enviaba cartas cada dos o tres meses. La última la encontró en su buzón hacía tres semanas. 

Observó el ejemplar del periódico del día anterior que descansaba sobre la mesilla de al lado del sofá. Se fijó en el titular, tal y como había hecho la mañana anterior, tras haberlo comprado en el quiosco de la esquina y haber vuelto a casa para ojearlo primero, y después dedicarle una lectura más concienzuda. Se acercó a la mesilla y observó la portada del periódico. Le parecía extraña, desconocida, como si nunca  antes hubiera visto aquellas líneas, aquellas letras en negrita que formaban las noticias de primera línea, la fotografía del político que ocupaba la mitad de la página, los anuncios que copaban un espacio reducido en una esquina de la misma. Se fijó entonces en la fecha, colocada en letra pequeña sobre el nombre del periódico. 22 de noviembre de mil novecientos sesenta y tres. Se sintió desorientado. Pensó que había leído mal, que su imaginación le había jugado una mala pasada. Volvió a leer. 22 de noviembre de mil novecientos sesenta y tres. No cabía en sí de asombro. No tenía duda de que el día anterior había sido veintidós de noviembre, pero del año dos mil doce. Pensó en la fecha. Y pronto dio con la solución. Aquel fatídico día John F. Kennedy fue asesinado. Cogió el periódico y escudriñó de nuevo la portada. Leyó de nuevo la fecha.

22 de noviembre de 2012.