24 sept 2012

Disorder - Parte Dos.

Cuando le diagnosticaron por primera vez una cardiopatía severa, supo que había llegado a su propio punto del no retorno, a su gigantesca cascada que representaba el fin de su mundo, de su vida. Podría haberse dedicado a mejorar su salud, pero sabía que ya no había vuelta atrás. Que la posibilidad no existía. Que todo se derrumbaba como piezas de un puzzle. El amor nos destrozará, escuchó en sus auriculares. Hizo y deshizo el plan tantas veces como tardó en perfeccionarlo, como si se tratara de un sastre que se dedica a hacerse su último vestido.

Cuando amaneció el día cinco de diciembre de aquel año, apareció en Gran Vía, como siempre, pero no sentó a tocar, sino que bajó la calle, observando a la gente, grabando en su memoria cada rostro que iba a ser el último testigo de su acción. Incluso el cielo, infinito espectador, descargó la lluvia sobre la capital. Llegó a Plaza de España, silenciosa y oscura hasta por la mañana. Los sin techo comenzaban a despertarse entre roídos cartones y botellas de cerveza hechas añicos. Ni un sólo pájaro entonaba su canto. Debía atravesar el Palacio Real para llegar a su destino. La guardia a caballo ponía la percusión a base de los golpes de las herraduras contra el frío enlosado de la plaza. Todos la miraban a su paso, sin saber muy bien si lo hacían por extrañeza o por una profunda admiración. Quizá una mezcla de ambas, quizá ninguna de las dos.

Siguió recto, pasó por delante de la Almudena y se detuvo a observar las monjas que pasaban por allí, como si levitaran, cubiertas de negro como la muerte, solo que sin guadaña ni calaveras. Los autobuses comenzaban a llenarse de padres oficinistas, jóvenes estudiantes, o personas sin rumbo, como ella. Cruzó un gran paso de cebra con el semáforo en rojo escuchando los pitidos y frenazos de los coches, y los improperios de sus dueños.

-¡Estás loca!

Y aquel hombre con barba de dos días y gafas redondas estaba en lo cierto. Se había vuelto loca. Madrid la había vuelto loca. Era como un Quijote que en vez de ver personas veía fantasmas deslizarse por las calles y locales.

Y allí se encontraba ella, sintiendo el viento azotarla el pelo, y el alma, en medio del viaducto de Segovia, ante las vallas transparentes que habían puesto para evitar que los suicidas se lanzarán desde allí arriba. Sacó cuidadosamente la guitarra de su funda. La acarició, toco un par de acordes, y la besó. Lo siguiente fue el viento silbando entre su madera y el estruendo de su contacto contra el suelo tras sobrevolar el puente y aterrizar sobre el asfalto de la calle de abajo. Las astillas salieron despedidas y el clavijero fue a parar debajo de un coche. Recordó a Jimi Hendrix, cómo el sacrificó su guitarra, porque él creía que se sacrificaban las cosas a las que se amaban.

Dejo que las tímidas lágrimas recorrieran sus mejillas y atravesó el resto de la calle Bailén para llegar a su asqueroso piso. Y así lo hizo, empapada por fuera por la lluvia, y por dentro por su dolor. Se tumbó en aquel colchón que tanto odiaba y cuyos muelles se esforzaban por destrozarle la espalda.

Y una vez hubo cerrado los ojos, quedándose dormida. No volvió a abrirlos jamás.