Jueves,
XIII-XII-MMXII
Hoy he
descubierto que todos mis compañeros de clase en la universidad son futuros
competidores en potencia. Bueno, no lo he descubierto hoy literalmente, pues
era una idea que llevaba barajándose en mi cabeza durante bastante tiempo, pero
no estaba aún macerada, se veía todavía ensombrecida por otras ideas acerca de
esa gente. Pero hoy, definitivamente, el hecho ha salido a la luz. De hecho, el
hecho es que mis futuros competidores resultan ya serlo. Ha ocurrido en el
descanso entre la clase de literatura y la de latín, ese lapso de tiempo que
suele variar entre los cinco y los diez minutos, en el que acostumbro – como muchos
otros – a salir por la puerta lateral del edificio a fumar un cigarrillo,
últimamente acompañado por un compañero que se da un tremendo aire a Jimi
Hendrix – y que curiosamente nació el mismo día que él, un dato más aterrador
que curioso, debido a su parecido con la estrella maldita – que también es
fumador. Solemos hablar de libros, escritores, a veces de música, o de las
propias clases de las que acabamos de salir. Hoy, apoyados en la pared
acristalada que se encuentra junto a la puerta, mientras saciábamos nuestra
hambre de nicotina, me ha confesado su relación de amor-odio con Borges.
-Cada vez
que tengo una idea nueva sobre la que escribir, descubro que Borges ya la ha
usado, es frustrante, y todavía lo es más cuando compruebas que no sólo las ha
utilizado para publicar novelas, sino que ha escrito críticas y ensayos sobre
ellas sin haberlas previamente escrito. Borges dijo: Si puedo hacer una crítica o ensayar acerca de una idea literaria,
¿para qué escribir sobre ella una novela o un relato, pudiendo analizarla sin
desarrollarla en una historia? Borges es un cabrón. Todo lo que intentes
escribir sobre algo, él ya lo habrá hecho.
-Es lo malo
de la literatura. – le he contestado – Es como la música rock, por muchos
nuevos discos que salgan en estos años próximos, todo ya está inventado. No hay
nada puramente nuevo.
-Es
desesperante. – concluyó él, apagando el cigarrillo bajo la suela de su
zapatilla.
Entonces,
ese pequeño clic ha sonado en mi interior, la idea que se estaba cocinando en
mi cabeza ya está lista para servirla en la mesa. La cuenta atrás del
microondas ha concluido: estaba preparado para abrir la pequeña puertecita del
electrodoméstico y observar cuán caliente estaba mi idea. Mi compañero, al
igual que yo, quiere ser escritor, y supongo que, al fin y al cabo, muchos
otros compañeros que asisten a las mismas clases que yo, incluso en otros
grupos, años, cursos, carreras, universidades y ciudades, también tiene la
misma aspiración.
Al volver a
clase, observando a todos aquellos jóvenes, algunos de mi edad, y otros más
mayores – casi todo más mayores –, no les observaba con ojos de indiferencia,
sino que les analizaba como futuros adversarios. Todas aquellas personas que
quieran dedicarse a la escritura son mi competencia, son mis rivales. De modo
que el resto de la clase la he dedicado, victoriosamente, a proclamarme a mí
mismo líder de la auto-suficiencia, creyéndome mejor que los allí presentes –
exceptuando al profesor, claro –, una especie de amor propio llevado al límite.
La modestia para con uno mismo, creo yo, no existe como tal. Y me he dicho a mí
mismo: ¿Ves, Carlos? todos estos alumnos
de primer año son tus futuros competidores como escritor. Y ahora mismo lo son
como estudiantes del mismo grado del que tú lo eres. Qué hijos de puta, espero
que entre estas cuatro paredes no se encuentre una mente brillante, y si se
encuentra, hagamos que esa mente brillante tenga menos luz bajo tu sombra.
Ay, amor
propio, cuántas veces me animas y cuántas me hundes, pequeña circunstancia
bipolar.
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