28 nov 2012

JULIANA (RELATO).


Yo nací en el año 1978, en el blanco y grande estado de Juliana, lo llamaban blanco y grande no sé muy bien por qué, porque Juliana era de todo menos grande y blanco. Quizá grande sí, bueno, no estoy muy seguro, porque nunca me dio por explorar cuáles eran sus límites en todas direcciones, yo siempre iba al norte, si la brújula que mi padre me regaló no fallaba. Se supone que esa brújula no podía fallar, era la brújula infalible, me lo dijo mi Padre Esta brújula es la brújula infalible, me lo dijo tu abuelo, y a tu abuelo se lo dijo su padre, y al padre de tu abuelo se lo dijo un borracho que se la dio tras comentarle que era la brújula infalible, un tesoro, tan infalible como valiosa, o eso creo. En la época del padre de mi abuelo, o del padre del padre de mi padre, según cómo quiera decirse, los borrachos eran los hombres sabios, los más lúcidos pensadores de toda Juliana. Ahora los borrachos prácticamente se han extinguido, borrachos según el uso de la palabra en la época del padre de mi abuelo, porque ahora llamamos borrachos a los viejos sucios que dormitan en callejuelas estrechas, con sombreros de paja y una botella de ron bajo el brazo como únicas pertenencias. Juliana quizá podía ser grande, como he dicho nunca lo he comprobado, quizá algún día lo haga, pero los límites del estado son muy peligrosos, son asesinos, no se puede salir de Juliana, una vez entras, entras para siempre. Una vez llegas aquí no puedes volver al lugar de dónde has venido, y a medida que pasa el tiempo acabas olvidando de dónde viniste, acabas pensando que naciste en Juliana. Juliana era de todo menos grande y blanca, grande no sé, pero blanca desde luego no. 

Todo en Juliana era cetrino y gris. Era sucio, y árido. Blanco era sin duda una palabra que podría no llegarse nunca a oír dentro de los límites de Juliana, que eran asesinos, porque si intentabas salir de Juliana, morías, los límites te mataban, por eso eran llamados límites asesinos. Todo en Juliana tiene un por qué, aunque esos por qué no tengan a su vez un por qué, no tengan explicación. Los límites de Juliana te mataban porque no podías salir. Yo siempre escuchaba la historia de los límites asesinos, es una historia que se suele escuchar mucho allí. Hasta que no tuve dieciséis años no fui capaz de comprobar la veracidad de la historia de los límites asesinos por mí mismo. Lo descubrí con Joselito, el delgado muchacho de rizos negros y aplastados. Joselito era mi amigo de toda la vida, el vecino de la izquierda. En Juliana, si desconocías el nombre de los vecinos, tenías que diferenciarlos por su posición respecto a tu casa, porque todas las casas eran iguales, igual de cuadradas y pequeñas, con el mismo color grisáceo que se prolongaba por sus paredes hasta los inclinados tejados. Joselito era mi vecino de la izquierda, del mismo modo que los Sres. Malkin eran mis vecinos de tres a la izquierda, porque vivían tres casas hacia la izquierda de la mía. Esto quiere decir que yo era el vecino de la derecha de Joselito y el vecino de tres a la derecha de los Malkin. Joselito era mi amigo de toda la vida porque mis padres conocían a los suyos desde antes de que los dos naciéramos. Joselito nació un día después que yo, y mis padres decían que él había nacido para estar conmigo, para ser mi compañero de toda la vida. En Juliana casi todo el mundo tenía un compañero de toda la vida, aunque la mitad estaban muertos. Casi todos los habitantes de Juliana acababan matando a su compañero de toda la vida. La viuda Matilda Rosmur me contó un día que era una tradición de Juliana, que todos acababan matando a sus compañeros para toda la vida porque eso significaba que al quitarles su último aliento, entraban en tu cuerpo y formaban parte de ti. La viuda Matilda Rosmur era una bruja, todos la llamaban así, bueno, también la llamaban sucia cerda y otras muchas cosas más, pero la llamaban la bruja porque decían que podía ver el pasado. Veía el pasado y te contaba lo que podría haberte pasado si hubieras hecho esta u otra cosa, si hubieras tomado el camino hacia a la izquierda en vez de ir hacia la derecha, si hubieras entrado en una cafetería un lunes y no un martes. Era muy misteriosa. A mí me daban escalofríos cada vez que iba a su casa. La viuda Rosmur era mi vecina de cinco a la derecha y dos hacia atrás. Vendía bebidas extrañas con colores vivos, pócimas asquerosas que si las bebías eras capaz de andar más deprisa, o de dormir durante una semana, o de ser incapaz de hablar con otra vocal que no fuera la a. Al cabo de un tiempo la mataron de un disparo por insultar a uno de los Policías de Páginas, que entraron a su casa a realizar un registro. Quizá si no la hubieran matado los Policías de Páginas lo hubiese hecho cualquier otra persona. La viuda Matilda Rosmur era muy odiada entre las gentes de nuestro barrio. Quizá la hubiera matado el Sr. Montana al descubrir que la pócima que le iba a ayudar a combatir su disfunción eréctil hizo que se le cayera el pene a trozos. El Sr. Montana era un viejo nauseabundo con una calva que brillaba como el sol, ya que se aplicaba un ungüento muy extraño para que le brillara así. Tenía la boca de color azul de tomar medicamentos que ni Dios sabe de dónde salían y para qué servían. Al Sr. Montana lo quemaron vivo, según me dijo mi padre, por desgraciado. En Juliana era muy usual que mataran a gente por desgraciados. Ser un desgraciado era una razón para que te mataran, porque ser un desgraciado significaba que habías nacido con el espíritu del demonio dentro. Como he dicho en Juliana todo tenía un por qué, y ser desgraciado también tenía el suyo. El día que caminaba hacia el norte con Joselito llegamos más lejos de lo que nunca habíamos llegado nunca antes. Llegamos incluso hasta pasar el cartel destrozado que te indicaba que estabas a menos de cien metros de los límites. Encontramos una roca bien grande y nos sentamos allí a fumar un rato, viendo a los viejos locos pasar mientras gritaban palabras que no llegábamos a entender, quizá por nuestra corta edad. Vimos a tres hombres altos, casi idénticos, llegar junto al límite. El límite estaba marcado por una línea roja, más bien roja grisácea, que se suponía que se extendía a través de toda la frontera de Juliana. Los tres hombres se detuvieron, y tras lanzar una botella de ron vacía al otro lado del límite, uno de ellos, que tenía voz de carnero, dijo:
-¿Lo veis? No pasa nada por cruzar los límites, son cuentos viejos de brujas putas y de borrachos de bar. Sólo un estúpido se creería esas memeces.
Los otros hombres rieron, y se acercaron un poco más hacia la línea roja. Uno de ellos alargó el brazo, pasándolo por encima de la línea a la altura de su pecho. Los otros dos lo miraron fijamente.
-¿Veis? ¿Veis? – Dijo de nuevo el hombre de voz de carnero – son memeces, tonterías. Venga, crucemos los tres juntos, descubramos el engaño los tres a la vez. Cuando cuente hasta tres, saltamos al otro lado. Uno, dos, y ¡tres!
Entre risas, los tres hombres saltaron, y al saltar al otro lado, un fogonazo se los comió vivos. Nosotros, desde la roca, pudimos ver como los hombres desaparecían entre alaridos de dolor y un extraño crujir. Nos quedamos tan aterrados ante la visión que no fuimos capaces de articular palabra en todo el resto del día. Aquel día fue el día en que comprobé que la historia de los límites asesinos era tan veraz como la de la brillante calva del Sr. Montana. Joselito me dijo al día siguiente que había contado a sus padres lo que habíamos visto en aquella roca la tarde anterior. Yo no se lo conté a nadie, ni siquiera a mis padres. Supuse que no me creerían, y sin duda me hubieran acusado de haber leído, como hicieron los padres de Joselito con su hijo. Lo mantuvieron encerrado durante tres días y tres noches, y le hicieron prometer que no volvería a leer. En Juliana leer era ilegal. La Policía de Páginas se encargaba de coartar el tráfico de páginas y libros. Había muchos traficantes  en Juliana, casi tantos como la mitad de su población. Luego había gente que se limitaba a leer y consumir las páginas y los libros. Como la viuda Matilda Rosmur, o el viejo Leo Cayún. El viejo Leo Cayún era un hombre que frecuentaba el Café Barroco, siempre se sentaba en el mismo sitio, en la mesa de la esquina, y siempre tomaba lo mismo. Era conocido como uno de los más grandes drogadictos de todo Juliana, y la Policía de Páginas lo tenía muy bien vigilado, pero el viejo Leo Cayún era muy astuto, y siempre se las arreglaba para que no le pillaran con páginas encima. Joselito y yo solíamos ir los domingos al Café Barroco, el dueño, un francés llamado Nicolás Guardián, nos conocía y se portaba muy bien con nosotros, y nos solía hacer algún que otro descuento cuando le pedíamos algún porro o un chute, incluso a veces nos invitaba. Todos los que frecuentábamos el Café Barroco sabíamos que Guardián era un hombre serio y dedicado a su negocio, siempre tenía en regla los papeles y se molestaba en traer productos especiales cuando alguno de sus clientes se lo pedía. Recuerdo el día en que Joselito y yo le preguntamos si podría traernos La Disuelta. Naturalmente, nos dijo que sí, y es más, se ofreció a pagarnos cada taza de La Disuelta que pidiéramos los jueves. La Disuelta era una marihuana especial que se podía echar en el café y así no tener que fumarla. Se la pedimos porque Joselito pasó una temporada bastante larga con la garganta mala. No era capaz de darle una calada a un cigarro sin que le lloraran los ojos y no paraba de quejarse de que sentía que el humo le apuñalaba la garganta. De modo que La Disuelta era una de las formas que teníamos de poder seguir tomando marihuana sin que Joselito no se dejara la piel en el intento. Además, La Disuelta estaba muy buena, se mezclaba con el café y a medida que lo tomabas su sabor variaba, y era muy divertido comprobar qué sabor nos dejaba en la boca a cada uno. Cuando conseguíamos reunir suficiente dinero, nos íbamos a comer al Café Barroco y pedíamos un chute de heroína, que costaba allí quince bares. Los bares en la moneda oficial de Juliana, y eran pequeños cuadrados de color negro que estaban hechos de algo así como un plástico especial, que era muy difícil de romper. Compartíamos el chute, ya que con uno los dos comíamos y no nos era necesario gastar otros quince bares, que nos los gastábamos en hachís. Los porros de hachís que había en el Café Barroco eran muy variados. Los tenías de varios colores y aromas, y los días pares de cada mes tenías la opción de un menú que consistía en un chute como plato principal, y un porro de hachís como postre. No solíamos pedir marihuana porque sabíamos que los jueves Guardián nos la daba gratis.
El Café Barroco, aparte de ser uno de los cafés más importantes del barrio, era también el lugar de reunión de muchos personajes que andaban metidos en el mundo de las páginas y los libros. Todavía recuerdo el primer día que pillamos una página. Era la primera página de un prólogo de un libro de un tal Thomas Mann. La leímos tan rápidamente que nos mareamos y tuvimos que quedarnos tumbados en uno de los sillones durante media hora. Cuando llegué a casa todavía notaba el efecto de la página adherida a mí. Tenía los ojos rojos y la boca seca, y todo lo que escuchaba parecía estar salpicado por un eco extraño. Naturalmente, ni Joselito ni yo planeamos repetir la experiencia, nuestras andadas con las páginas y los libros llegarían más adelante, cuando Guardián nos comentó la posibilidad de ayudar anciana, la enjuta y chiquita María Castafiore a pasar alguna que otra página para que pudiera permitirse pagar un costoso tratamiento de blanqueamiento de dentadura. Los blanqueamientos de dentadura eran muy comunes en Juliana. Casi todos los viejos tenían la boca negra y los dientes rotos y roídos de haber mascado tabaco durante toda su vida. El tabaco de mascar siempre me dio mucho asco, el primer día que lo probé, debía tener unos diez años, me tiré la noche entera vomitando bilis de un color pardusco que además se quedó adherida a parte del inodoro, y al verlo mi padre quiso atizarme con un palo hasta que escarmentara. Le dije que tras la vomitona ya había escarmentado muy bien, que no hacía falta que me pegara con el palo, pero me atizó en toda la frente y me hizo una hendidura que todavía se mantiene hoy en día sobre una de mis cejas. Siempre pensé que el hueso debe estar ligeramente hundido, aunque con el golpe que me propinó sentí como mi cráneo se salía de dentro de mi cabeza. Mi padre me dijo que solos los vagos inútiles y los viejos de guerra y malas hierbas mascaban esa porquería de tabaco. Me ofreció un polaco, que era un cigarrillo de la marca Pols, la más famosa de Juliana. Comencé a fumar por aquel entonces. Fumar no se veía mal en Juliana, y era cotidiano ver a niños haciéndolo. A fin de cuentas, todo el mundo acababa fumando, pues era considerado una de las cosas más tradicionales, como vestir de azul en los entierros y tirar tomates a los burros en las fiestas de verano. Recuerdo una de aquellas fiestas en las que un burro le arreó una coz a Joselito, que salió despedido y casi se parte el cuello del golpe que se dio contra el suelo. Por suerte el burro que le pegó era el burro tonto. Le llamaban así porque no era capaz de atinar a la hora de reproducirse. Los viejos locos iban al campo a ver como intentaba montar a una hembra y no conseguía atinar. Podías escuchar sus carcajadas mientras hacían observaciones.
-Pero mírale, si es que es inútil hasta para andar…
-Es el burro más tonto que he visto en mi vida.
A Joselito le atinó en el brazo con la coz y lo tubo envuelto en yeso durante mes y medio. Cuando el médico Charlton Corner le dijo que tenía el hueso curado, y le quitó todo aquel yeso, Joselito tenía el brazo más negro que el carbón, y le hicieron falta varios días para quitarse toda aquella roña que se le había quedado pegada al brazo. La fama de la que disfrutaba el médico Charlton Corner no se debía a su buen juicio como sanador, si no a su torpeza y miopía. El ciego le llamaban, otros le llamaban el embajador de la muerte, porque muchos de los pacientes a los que aconsejaba tomar tal o cual medicina acababan enterrados.
Cuando Guardián nos comentó lo de ganarnos unos cuantos bares ayudando a vender páginas a la enjuta Castafiore, en primer lugar rechazamos, pero en seguida nos retractamos. Si algo teníamos Joselito era un buen olfato para los negocios. Sabíamos a la perfección que la Castafiore estaba tan vieja como tonta, y que sería fácil engañarla. Nuestra adicción a los libros comenzó ahí. Cuando entramos en la pequeña biblioteca de su casa. La Castafiore vivía en un barrio distinto al nuestro, donde las casas eran más grandes y menos grises, y no todas eran idénticas, aunque sí la gran mayoría. La biblioteca de la Castafiore no disponía aún de demasiados libros, pero los pocos que tenía eran tan gruesos o más como barras de pan. Nos dijo que arrancáramos las páginas una a una y que vendiéramos dos páginas a cinco bares, cuatro a diez, seis a quince, y así sucesivamente. Venderlas siempre pares, si os piden impares, mandadles a tomar por culo, nos dijo. La mitad de las páginas que arrancábamos nos las quedábamos, y las leíamos. Hubo una vez que fuimos capaces de leernos cinco páginas sin llegar a sentir nada, de modo que dedujimos que aquel libro era de mala calidad. No me acuerdo de su nombre. En otra ocasión comprobamos que había páginas que tras leerlas dos o tres veces, perdían su efecto, y ya no servían para nada. A Joselito siempre se le ponían los ojos tan rojos como los tomates que les tirábamos en las fiestas de verano a los burros, y en seguida empezaba a contarme historias raras, y me decía que estaba viendo una serpiente caminar de pie, y cosas por el estilo. Una vez creí que se le había ido la olla y le pegué un puñetazo en la cara que le rompió la ceja. Joselito era un “pupas”, y así le llamaban. A la mínima que se daba un golpe se hacía un moratón, o siempre que se raspaba acababa sangrando como si le hubieran clavado un puñal. No es que fuera endeble ni flojo, simplemente tenía facilidad para dañarse. Cualquier mínimo contacto con su piel acababa siendo un golpe. Era algo muy raro. En otra ocasión en la que conseguí leerme el primer capítulo de un libro llamado Orgullo y Prejuicio, comencé a perderme en pensamientos, y por mi mente transcurrieron años, décadas, vi a la viuda Matilda Rosmur cagarse en mi casta al lanzarle una piedrecita desde el otro lado de la calle, y recordé sus palabras, de que todo hombre acaba matando a su compañero para toda la vida. Pensé en Joselito, en que algún día tendría que matarle, pero no lo veía desde el lado negativo. Le veía allí tumbado frente a mí, en el suelo de la biblioteca de la enjuta Castafiore, y pensaba en matarle en aquel instante, en hacer lo que debía hacer, pero no, me serené, si tenía que matar a Joselito, ya lo haría, había un tiempo para cada cosa, y aquel no era el momento. Quizá en unos sesenta años, cuando nosotros fuéramos viejos locos en el campo, riéndonos de un burro tonto que no consigue atinar a la hembra, terminaría la faena. Me imaginaba a Joselito, muerto, entrando en mi interior, como un fantasma, y formando parte de mis entrañas y mi ser. Esperaba que al introducirse en mi interior no me contagiara su facilidad para resultar herido.
Luego llegarían aquellos años en los que la represión se alojaría en el barrio. Nos encerraron por tráfico de libros, nada fuera de lo común para las gentes del vecindario, que copamos las plazas de la prisión del noroeste. Muchos trataron de evitar su propio fin, pero fueron incapaces de conseguirlo. Por ejemplo, SinBoca Kennedy, que era un viejo matojo de pelo áspero como la paja que recogía en una coleta que le llegaba a la mitad de la espalda, y un bigote tan largo que le llegaba al pecho, y le caía desde debajo de la nariz como una cortina, por eso le llamaban SinBoca. El único vestigio que obteníamos que tuviera de verdad boca tras aquella cascada de vello facial, era que usualmente a la atravesaba un cigarrillo. Un día entró en el Barroco la Policía de Páginas, SinBoca Kennedy estaba terminando de leer una de las pequeñas páginas que le había dado Guardián. Para disimular, se lió un porro de marihuana con la página. Tras unas caladas, comenzó a toser fuertemente, exhalando un humo tan negro como el carbón más puro, y todo su rostro se tornó negro, los ojos y la nariz, los pómulos y las orejas, excepto el pelo y el bigote que se blanquearon de repente. Murió a causa de haberse fumado la tinta que contenía la página. Nunca supimos dónde fue enterrado, y aunque lo hubiéramos sabido, no creo que nadie del lugar hubiera decidido ir a su funeral.
Otro día acudió al Barroco todo un destacamento de Policías de Páginas, la brigada siete, si no recuerdo mal, pues vi el número apuntado en la placa de uno de ellos, con la intención de detener a Guardián para encarcelarlo por tráfico de libros. El tío se asustó, y el muy inútil intentó huir tirándose contra una de las ventanas del local. Murió del golpe que se propinó y de la sangre perdida al cortarse con los cristales.
Aquellos días que la gente muriera fue muy común. Nosotros éramos demasiado jóvenes como para encadenarnos al suicidio. Escuché que el Moro Muñoz se lanzó contra los límites porque le estaban persiguiendo para condenarle a prisión. Tiempos locos, cosas que suelen pasar en Juliana.
Y Joselito y yo seguimos cumpliendo condena, nada del otro mundo, llevaos cinco años y nos quedan aún otros cinco. No sé qué habrá sido de padre y madre, quizá hayan renegado de mí y no vuelvan a dirigirme la palabra, como los padres de Joselito. Joselito sigue teniendo esa facilidad suya para resultar herido, pero el cabrón está hecho un toro, está muy corpulento y ancho, me recuerda a un luchador de boxeo, de esos que pasaban de vez en cuando en septiembre para ofrecer algún espectáculo de competición. Ya no tiene esos rizos negros pegados a la frente, nos cortaron el pelo con la navaja cuando llegamos aquí. Quizá algún día vuelva a tenerlos, cuando salgamos de aquí.