24 jun 2012

Westriver.


-Me estoy congelando.
-No creo que tarde mucho más en venir.
-Más le vale que esté llegando. Creía que los pijos eran puntuales.
-¿Por qué?
-No sé… siempre me parecieron ese tipo de gente que odia llegar tarde a los sitios y acaba llegando antes de tiempo.
Estaban apoyados en la barandilla que recorría uno de los lados del río. La medianoche se acercaba y una espesa niebla había comenzado a condensarse a su alrededor. Jamie llevaba un gorro de lana azul que le cubría toda la cabeza hasta las cejas.
-Joder -dijo- esta mierda no abriga nada.
-No te quejes -contestó Phil- ojalá yo tuviera uno igual en este momento…
-Seguramente tu cazadora abrigue más que la mía…
-Ahg, tío, deja de quejarte, estás haciendo que la espera se vuelva más insoportable aún.
-Si alguna vez llego a ser alcalde o algo así, crearé una ley que obligue a ser puntuales a los pijos.
-¿Incluso cuando van a pillar hierba? -rió Phil mientras apuraba el cigarro.
-Incluso cuando van a pillar hierba… Eh, ahí está, viene solo, qué raro. ¡Eh Jedo! ¿Dónde coño estabas?
Un chaval de estatura baja se acercó a ellos caminando rápidamente. Se apartó la bufanda de la cara antes de hablar:
-Lo siento, he tenido que acompañar a mi madrea por unos zapa…
-Eh, eh -le interrumpió Phil- no hace falta que nos cuentes tus mierdas, simplemente acabemos con esto y ya está, hace un frío de la hostia.
Phil sacó de uno de los bolsillos interiores de la cazadora una bolsita de plástico muy apretada.
-Veinte pavos, tal y como pediste -dijo extendiéndosela al otro chico, que a su vez le dio dos billetes de diez dólares cada uno- Estupendo, nos vemos Jedo, llámame cuando quieras más.
Se levantaron de la valla y echaron a andar tras despedirse del otro chico.
-Aquí tienes -dijo Phil ofreciéndole uno de los billetes a Jamie, que se lo guardó en el bolsillo.
-Qué tal si vamos a tomarnos algo al… -la sirena de un coche de policía le interrumpió, ambos se apartaron del camino del parque y dejaron pasar al coche, que se detuvo unos metros más adelante.
Uno de los policías que iba dentro se bajó del coche y se dirigió a ellos.
-Buenas noches chicos, quería preguntaros si habías visto por aquí a un hombre alto con un bolso rojo, nos ha llegado una denuncia de robo por parte de una chica y según nos han dicho le han visto hace poco por aquí.
Ambos negaron.
-Seguramente el ladrón haya cogido el dinero y algo de valor y tirara el bolso por algún lado -dijo Jamie- es lo que suele pasar,
El policía asintió mirándole fijamente, les dio las gracias y las buenas noches y volvió a entrar en el coche.
-¿Por qué has dicho eso? -preguntó Phil una vez se habían ido.
-¿Qué?
-Que por qué les has dicho eso, siempre abres esa boca tuya y dices algo que está fuera de lugar.
-No estaba fuera de lugar, les he dicho lo que probablemente ha pasado…
-Ellos ya saben lo que probablemente ha pasado, pero ha parecido que alguna vez has robado un bolso y lo has tirado tras indagar en su interior.
-Es que lo he hecho.
-Lo sé. Pero no creo que te haga mucha gracia que la policía se enterara de ello.
-No se enteraron, simplemente intentaba ayudar.
-Pues la próxima que vayas a ayudar no sueltes una gilipollez que pueda hacer que sospechen de nosotros y nos registren. No quiero que me registren y me encuentren treinta pavos de hierba dentro de la cazadora ¿Vale?
-Vale, lo siento. ¿Quién es el próximo?
-Tween.
-¿Tween? ¿Tween nos va a pillar treinta pavos?
-Sí, resulta extraño.
-Y que lo digas, jamás pensé que ella pillara, y menos a nosotros, sabiendo la mierda que solemos pasar.
-Esta mierda que solemos pasar es de lo mejor que te puedes encontrar en todo Westriver.
-Eso no quiere decir que no sea una mierda. Sigue siendo lo mejor de lo peor, y no por ello deja de estar en el grupo de lo peor.
-A ti que más te da, mientras nos paguen y no nos metamos en muchos líos…
-Ya, pero algún día quiero acercarme a Barclays, allí venden el mejor material de toda la ciudad. Lo único malo es que está a casi hora y media en autobús.
Salieron del parque y enfilaron una pequeña calle que desembocaba en una plaza pequeña, donde los vagabundos habían ocupado la mayoría de los bancos. De vez en cuando había peleas entre ellos por los bancos y la policía acababa arrestándoles a todos para al día siguiente soltarles, y así casi todos los fines de semana.
-Aquí es -dijo Phil llamando al telefonillo de un portal.
-¿Vamos a subir?
-Está sola, dijo que nos invitaría a un par.
-De puta madre -sonrió Jamie.
-Pero ha dicho que nada de quedarnos a dormir, que nos echa a patadas como nos amodorremos.
-Bueno, ningún plan es perfecto.
Una voz femenina sonó a través del auricular preguntando.
-Somos nosotros.
Un sonido metálico indicó que la puerta había sido abierta, los dos entraron en el portal y desaparecieron de la calle, desierta a esas horas.

8 jun 2012

Jodido sueño americano.

La voz de Bowie inundaba la pequeña habitación, haciéndose presente, tangible, la podía sentir en el altillo del armario, bajo la cama, junto a la mesa, ojeando mis libros, examinando las fotografías que tenía pegadas en la pared, comprobando la comodidad de mi almohada, observando las vistas que había desde mi ventana, fumándose mis cigarrillos, poniéndose mi ropa.

Apagué el equipo de música antes de dedicarle una última mirada a la maleta, aparentemente ya preparada, y un último vistazo a la mochila que llevaría como equipaje de mano. Me esperaban muchas horas de vuelo, la mayoría nocturnas, y debía estar seguro de llevar todo lo necesario, pues no volvería hasta que se cumpliera un período de tres meses. Pero seamos sinceros, todo el mundo dice haber repasado su maleta, cuando en verdad no han hecho más que llenarla con cosas que se encontraban según buscaban en cajones, estanterías y cajas, mesillas y bandejas. Y luego, ya en el aeropuerto, estación de autobuses, puerto, o en una carretera cuando ya se han recorrido más de dos mil metros, llega la idea a la mente. Joder, las gafas de sol. Apunto lo de las gafas porque es la única cosa que se me ha olvidado alguna vez en casa al viajar. Otra cosa son las pertenencias que olvido traer de vuelta. Entre ellas he contado una funda de almohada, unos auriculares, una taza de Pink Floyd, varios libros y un regalo para mi madre -una gran metedura de para, sí señor- que iba a entregarle por su cumpleaños y que me había costado cincuenta libras.

No llevaba nada importante para el viaje que pudiera olvidar -obviando la documentación y el mp3 con más de cien discos- y luego arrepentirme de ello. Olvidar la documentación es algo que solo pasa en las películas, y en la vida real solo le pasa a unos pocos tipos con mala memoria. De todos modos, no me escaseaba el dinero, así que si se me olvidaba algo podría comprarlo allí. Pero tampoco era cuestión de gastarse dinero que se podría ahorrar, de modo que me descubrí como un hipócrita y revisé todo lo que había aunado para el viaje. Como bien suponía, no se me olvidaba nada. Ya estaba listo para salir de casa tras bajar las persianas hasta la mitad -mi madre una vez me explicó que había que dejarlas así para que no sospecharan que no había nadie en casa y entraran a robar, y cuando le contesté que de todas formas los vecinos notarían la ausencia, me mandó callar y entrar en el coche- activar el modo vacaciones de la nevera, cerrar la puerta con llave al salir, y emprender el corto camino hacia la parada de autobús en el que se detenían los de la línea cincuenta y ocho, que finalizaban su trayecto en el aeropuerto. No obstante, el recorrido de estos autobuses era muy amplio y desde la parada más cercana a mi casa se tardaba casi más de una hora en llegar al aeropuerto, y eso sin retenimientos por tráfico. Otra opción podría haber sido coger un taxi. Pero los taxis nunca me gustaron desde la primera que me subí a uno con mi madre. El conductor era un señor gordinflón y calvo, con bigote de morsa, que me ofreció un caramelo que se sacó del bolsillo trasero del pantalón y que parecía haber sido masticado anteriormente, y además tenía pelotillas de tela pegadas. Negué con la cabeza como respuesta a su generosidad -era muy pequeño, cinco o seis años- y mi madre me sacó del lío diciendo que no me gustaban los caramelos, y que era muy generoso. Supongo que en el fondo sintió la misma repulsión que yo hacia aquel caramelo. Eso es amor de madre, sin duda.

El autobús no tardó en llegar, y gracias a dios estaba prácticamente vacío, de modo que elegí uno de los asientos únicos que había libre para evitar que alguien se sentara a mi lado durante el viaje. No es que tuviera repulsión hacia el contacto humano, simplemente no me apetecía estar cerca de alguien en un espacio cerrado con el calor que hacía aquel día. El sol caía contra el asfalto y formaba un horno insoportable que se calmó al sentir el leve aire acondicionado del interior del autobús. El traqueteo de aquella máquina y las incontables veces que se detuvo en semáforos y paradas acabaron por desquiciarme de tal manera que cuando el autobús paró en la plaza de Voltaire, me apeé y entré en la parada de metro que había allí. Además, aquella parada pertenecía a la misma línea que el aeropuerto. Quince minutos después ya estaba facturando la maleta y sentándome a leer un pequeño libro de poesía de Rimbaud que compré en una papelería, mientras comía lentamente unos M&M's que llevaba en el bolsillo.

Pronto me encontraría embarcando en la puerta 6B, que había sido asignada al vuelo nº06175-FW3 con dirección a Nueva Orleans. Era el único vuelo de todo el mes que unía la capital francesa con aquella ciudad -casualmente afrancesada también- y el de vuelta también sería el único disponible, de modo que debía cuidarme de no perderlo. No es que me desagradara la idea de quedarme atrapado en Nueva Oleans, sin dinero ni alojamiento, pero supongo que mi familia me echaría en falta. Al fin y al cabo, únicamente realizaba aquel viaje para agradarles. Yo hubiera querido ir a Filadelfia o Boston, o más al norte, donde pudiera despegarme del calor francés y relajarme en mi estancia. Según las previsiones meteorológicas me esperaba una temperatura mínima media de quince grados y una máxima media de treinta y cinco. Más que en París. Más que en toda Francia creo. Nunca me gustó el verano. No, miento, siempre me gustó el verano, pero siempre odié sus insoportables temperaturas. Por eso las lluvias veraniegas me agradaban tanto. Cuando ocurrían, mi interior sufría un brusco cambio que se notaba en mi carácter, y eso resultaba más placentero tanto para mí como para los que me rodeaban.

Media hora más tarde, tras embarcar y atravesar el finger y encontrarme con una decena de azafatas sonriendo falsamente deseándome un feliz vuelo y una feliz estancia en Nueva Orleans, pude acomodarme en mi asiento de la fila catorce. Antes de despegar observé con agrado que nadie iba a sentarse a mi lado durante el viaje. Pero poco después aquello cambió, y la persona que se sentó a mi lado cambió el transcurso de mi vida en todos los sentidos. Me encontré aquella persona al despertar de un breve sueño que me atacó sin avisar. Abrí los ojos observando el océano a través de la ventanilla, y al girarme me encontré con aquellos ojos verdes que aún recuerdo hoy. Al cerrar los ojos los veo en mi mente, en mis recuerdos fotográficos. Pero esa es otra historia que ya me decidiré a contar un día de estos, si es que me animo a ello.

El caso es que allí me encontraba yo, perdido en el aire sobre el océano en busca de un trimestral sueño americano. Un trimestral sueño americano que califiqué en mi experiencia como el jodido sueño americano, y no precisamente porque me desagradara aquel viaje. En un futuro les daré las gracias a mis padres por forzarme -prácticamente- a realizarlo. Pero si tuviera que hacer una lista con las cosas que debo agradecer a mis padres no me quedarían años de vida suficientes como para tachar todos los elementos que incluiría en ella.

Además, los gracias nunca me llegaron a gustar del todo. Siempre preferí las miradas de complicidad y las sonrisas.


7 jun 2012

El hombre de la chaqueta sucia.

Así llamaban a mi tío en el bar que hacía esquina en Melrose Place, un mugriento local de borrachos y viejos en el que en su destartalado letrero se podía leer Nw Yok's Eg. Su verdadero nombre era New York's Edge, pero mi tío y yo nos divertíamos llamándolo así. Nuyorseg. Cada vez que entrábamos la hilera de hombres conocidos apostados en la barra cerveza en mano nos saludaba con un movimiento de cabeza, del vaso, o con un saludo que a menudo resultaba ser un gruñido o algún ruido parecido al de un ciervo quejándose.

Sé que mi tío era allí conocido por su nombre, pero la primera vez que entramos en aquel lugar pude escuchar que un tipo barrigón y calvo decía:
-Mira ese tío.
-¿Qué tío?
-Ese, el hombre de la chaqueta sucia.

Estuve a punto de girarme y decirle muy amablemente que en la chaqueta de mi tío había menos suciedad que en su cara. Y eso que la chaqueta de mi tío estaba hecha un guiñapo. Pero las peleas con gordos borrachos no me parecían atractivas, de modo que me senté al lado del hombre de la chaqueta sucia en una mesa de la esquina frente a la tele, y comencé a ver un partido de la liga de hockey en el que se enfrentaban, si no recuerdo mal, los Kings de L.A. contra los Mighty Ducks, de no-sé-dónde. ¿Toronto quizá? No me acuerdo de ello. sí recuerdo que ganaron los primeros y después comenzó el partido de baloncesto entre los Knicks y los Celtics, que era la causa por la que mi tío y yo entramos allí. Para variar, perdieron los Knicks, y por más de treinta puntos. Dado que la mayoría de las personas que había allí eran aficionados del equipo de New York, no tardaron en llegar los gritos, las quejas y las discusiones. Que si son unos mierdas, que si son unos mercenarios, que si no tienes ni puta idea de baloncesto gilipollas. A mi tío pareció divertirle aquel ambiente -incompresiblemente- y acabamos siendo asiduos a aquel lugar.

Era ya el mes de mayo y los Knicks se enfrentarían en primera ronda de playoffs contra los Heat de Miami. Una victoria más de los visitantes eliminaría a los Knicks, y una vez más los Knicks se irían de vacaciones con una mano delante de la otra, como siempre. En el bar estaban los clientes más típicos. El viejo Bradley con su gorra de baloncesto y su barba blanca hasta el pecho, JL -cuyo nombre desconozco, pero todos le llaman así- con su camiseta llena de manchas de grasa y cerveza, junto a su sobrino; MacLeaf, un hombre que siempre iba con camisas horteras y que no había fallado a la ocasión con una de color rosa chillón con estrellas amarillas; y el sobrino de Duncan, que esta vez había venido solo, y al que invitamos a sentarse junto a nosotros.

Para euforia de todo el local, los Knicks ganaron gracias a un exultante Carmelo Anthony y consiguieron su primera victoria poniendo la ronda en un 3-1 para Miami -iba a dar igual pues unos días más tarde Miami eliminaría a New York con una contundente victoria- sembrando el local de tragos a los que la casa invitaba y que consistían básicamente en copas de whisky y brandy de ínfima calidad. Vomité en el lavabo tras el primer trago de whisky -y no sé qué me dio más ganas de vomitar, si el whisky o el propio baño- y mi tío me llevó de vuelta a casa a eso de las diez y media.

Tanto mi tío como yo también éramos aficionados del béisbol y de los Mets de Nueva York. No solían poner sus partidos en el bar pero cuando lo hacían acudíamos como buenos aficionados que éramos. Además cuando había un derbi Mets contra Yankees siempre acababa habiendo pelea y trifulca en el bar, y mi tío y yo aprovechábamos la ventana para escaparnos y de paso evitar el pago de las cervezas, y como el dueño de local -Mr. Hook- estaba más preocupado por recoger los trozos de vajilla desperdigados por el suelo y arreglar los taburetes convertidos la noche anterior en armas, se olvidaba de cobrarnos la mayoría de las veces. 

Hace tres días fue la última vez que entré en aquel lugar a desayunar unos huevos revueltos y un café. Por las mañanas estaba en la barra la señora Hook, que era un encanto de mujer, y aprovechaba para charlar con ella de libros y películas. Nunca me expliqué por qué se casó una mujer interesante y que a pesar de sus cincuenta y pico años seguía teniendo buen físico, con un patán como Mr. Hook, que había sido deshollinador y que no sabía decir dos frases seguidas sin soltar una palabra malsonante.
-El amor -me dijo ella cuando le pregunté disimuladamente qué la había llevado a casarse- qué si no iba a ser hijo mío... ¿Quieres más café?

El amor, y una mierda, pensaba yo. Corría el rumor de que Mr. Hook la prometió varias cosas, entre otras viajar por América y un gran chalet en el barrio pijo, pero cuando se compró aquel apestoso local -que le timaron por cierto- se gastó en inversiones hasta el último de sus ahorros. Una palmada en la espalda de mi tío me sacó de mis cavilaciones. 
-¿Cómo quedaron los Mets ayer? -me preguntó mientras saludaba a Mrs. Hook con la mano.
-Pues perdieron, para variar. Doce a cinco. Tres eliminados en la quinta y sexta entrada, y en menos de tres entradas les hicieron siete carreras.
-¿Han echado ya a ese patán?
-Qué va - contesté yo con dejadez - están tan obsesionados con que es un gran entrenador que no miran los resultados.

Nos levantamos de la barra y nos sentamos en nuestra usual mesa, en la esquina. Justamente estaban echando un resumen del partido del que antes habíamos hablado. La señora Hook se acercó con nuestros platos y nos los sirvió con una sonrisa en la cara. Que aproveche, dijo. Se lo agradecimos y empezamos a devorar nuestro desayuno mientras nos quejábamos del entrenador de los Mets, y de la vida en general.

Todo fin significa un comienzo.

Era seguro. 
No, perdón, parecía serlo. Se disfrazaba con una caja de seguridad y contundencia, de decisión y confianza, de inteligencia, de sabelotodo, de pedantería, de altanero y humilde. Amoldaba esa caja de una forma u otra, según el humor que tuviera cada día. Amueblaba su exterior con un carácter distinto cada vez. Mezclaba los elementos logrando una cohesión, una musicalidad, desconcertante. Parecía arte, más bien. El arte de la apariencia. No, el arte del cambio de apariencia psicológica. Apariencia interior llegué a llamarlo yo. Desde el primer momento -o el segundo, o tercero- supe que aquello era imposible. Que el equilibrio de aquello, que su orden, era imposible. Cómo digerir la pedantería e inutilidad de un primer día junto con la generosidad y la complicidad de un segundo, y con la tozudez y la inocencia de un quinto. Cómo no sospechar de que algo en el conjunto no funcionaba bien, que existía un fallo en el mecanismo. Día tras día observaba su comportamiento sin conseguir sacar una sola conclusión de ello, incluso llegué a pensar de que se trataba de un robot, de una gran broma pesada que un día empezaría a echar humo y se estropearía para siempre. Día tras día me encontraba con una caja, no con una persona, si no una caja, de la que cada día salía al azar una personalidad formada por distintos elementos, un complejo con tantas posibilidades que llegué a pensar que podían ser infinitas.

Por las mañanas aparecía con ojeras, seguramente de pasar las noches inventándose un nuevo yo, bajo aquellos ojos marrones que no irradiaban nada más que normalidad -si es que hay algo normal en los ojos, que son dos maravillas- y a los lados de aquella nariz chata que descansaba sobre unos labios finos muy marcados. Un rostro cuadrado rodeaba todo lo demás, con pelo rubio corto en la azotea del rostro. Inexpresividad irradiaba aquel rostro cuando permanecía inmóvil. Pero al andar, hablar, pestañear, estornudar, gritar, ceñir, toser... todo cambiaba. Y siempre cambiaba, acorde a lo que el nuevo día le tocaba ser. Se sentaba a pocos metros de mí en las clases en las que coincidíamos -escasas- y nunca llegué a intercambiar con él más que un par de palabras sin importancia sobre apuntes, bolígrafos y exámenes.

Quizá si hubiera sido de ciencias y hubiese tenido una gran mente hubiera podido formular una hipótesis y convertirla en una ley teórica. La ley de Santos. Así se apellidaba él. Pero como era de letras no podía hacer nada más que hacer apuntes sobre su conducta cada día, recogiéndolos en un cuaderno usado a su vez para filosofía y literatura. Observación y anotación. Pronto empecé a pensar en la idea de cierta obsesión hacia el caso de aquel chico, la descarté de inmediato. Si estaba dispuesto a despejar la incógnita era por placer, por gusto, y no por obsesión, ni por vicio. Cada día el cuaderno se llenaba más y más con palabras como insensato o condescendiente. No tenía certeza de que aquello valores que yo escribía y meditaba fueran correctos, pero eran los que a mí me parecían más adecuados para cada día. Llegó el punto en que tuve que utilizar las páginas del cuaderno reservadas para aquellas dos asignaturas, pero no me importó lo más mínimo ni me parecía extraño. Si quería llegar al final del asunto, tenía que recorrer primero el camino, y aquel camino estaba ocupado por futuros apuntes de clase, pero el siguiente paso a dar era desechar ese uso y darles uno nuevo: el de recoger más y más datos sobre aquel chico.

Había algo austeriano en mi procedimiento, y lo acusé al hecho de que en los últimos meses me había leído prácticamente toda la obra del escritor, y lo consideraba todo un genio, de modo que algún poso de su literatura debía haberme quedado perdido en la mente y salía a relucir en momentos como aquel. O quizá siempre salía a relucir y mi yo se estaba convirtiendo en uno de los personajes creados por el estadounidense.

Habían pasado ya tres meses desde que inicié mi pequeña investigación y los avances que había obtenido oscilaban entre un valor nulo e insignificante. Lo único que lograba sonsacar eran las personalidades que Santos ofrecía cada día, y busqué sin descanso entre mis apuntes buscando una repetición. Pero no existía, por mucho que los valores se repitieran alguna que otra vez, al estar entrelazados con otros, suponían un complejo diferente cada vez, y nunca daban el mismo resultado. Era desesperante. Quién coño era aquel chico, pensaba mientras las horas pasaban día tras día. A pesar de todo nunca cedí al abandono y mi empeño se impuso ante cualquier cosa. 

Y un día por fin tendría el resultado esperado. Un día apareció ante mí la respuesta, y debo agradecérselo a un tipo llamado Sellos, un chico de metro noventa, ancho -un armario ropero- que se pasaba los días intimidando a los estudiantes y creyendo ser el ombligo del mundo. Un matón, vamos. Sin saber muy bien la causa, se acercó a Santos y le gritó algo así como que dejara en paz a su chica o le partiría la cara. Santos contestó algo que no pude escuchar -llevaba todo el día hablando en susurros- pero su contestación debió enfadar a Sellos, ya que este le cruzó la cara con un contundente puñetazo. Todo el pasillo se quedó en silencio. Y antes de que cualquiera que anduviera por allí pudiera asimilar lo ocurrido, Sellos cayó al suelo gritando de dolor, y Santos salió corriendo por la puerta de incendios, y nunca más se le volvió a ver el pelo. A Sellos tampoco se le vio el pelo por una temporada, pues el navajazo que le había proporcionado Santos le dejó postrado en cama en el hospital durante más de un mes. El filo del arma llegó a dañar su hígado -navaja larga, supongo- y al dejársela clavada y sacársela los enfermeros cortaron parte del músculo abdominal, lo cual supuso un problema más para la intervención médica.

Semanas más tarde fui citado ante un juez para declarar como testigo. Allí se encontraba tanto la familia de Sellos como de Santos. Cuando salí a declarar miré a Santos a los ojos, a aquellos marrones ojos. Quién eres me dije todavía no lo he podido descubrir, maldita sea. Conté todo tal y como lo vi. Sellos agredió a Santos y Santos le clavó la navaja. Más o menos los demás testigos contaron la misma versión, excepto los amigos de Sellos que obviaron el detalle del puñetazo previo al navajazo, sin el cual, sin duda alguna, creo que nada de aquello hubiera pasado.

Al día siguiente me desperté con la boca seca y bañado en sudor. No sabía si todo aquello había sido un mero sueño o había ocurrido de verdad. El telediario del mediodía me sacó de dudas. Al parecer Santos era un joven problemático que acaba de reinsertarse en la sociedad y que había pasado por varios reformatorios. Había asesinado a un niño un año antes de propinarle una brutal paliza a un joven que se negó a darle su cartera, y tres años antes de asestarle el navajazo a Sellos. Por fin daba con él, con su verdadero ser. Y no podía estar más decepcionado. Me esperaba algo mejor que un adolescente problemático y con problemas mentales. Hubiera preferido que se descubriera que era un robot. Así que ese eres tú, pequeño hijo de puta.

Y en cuanto a mí, en mis meses de investigación, nunca se me ocurrió buscar su nombre en google. Qué inutilidad por mi parte.