Y fue en los meses oscuros cuando le llegó la inspiración, muy educada ella, llamando a su ventana.
Cuando las lágrimas dejaron de derramarse por sus mejillas ya no supo en qué creer. Había fundado mil y una teorías, quizá mil dos, o mil tres, en aquella sensación de melancolía, en los domingos que había pasado deprimida encerrada e incomunicada en su habitación, llenando continuamente folios y folios con letras. Muchos bolígrafos había asesinado, la cuenta podría hacerse infinita, y aún así, continuaba, incansable, derramando en forma de escritura las lágrimas que ya no le quedaban. Esos fueron sus meses oscuros, en los que la luz la llamaba continuamente desde el otro lado de la calle, pero ella ignoraba sus voces. El optimismo de los vasos medio llenos de ginebra los vació en su garganta y lo sustituyó la embriaguez de su vida. Su larga melena sufrió tijeretazos hasta rebajarse a menos de sus hombros. Despeinada, apesadumbrada, recorría las horas buscando un reloj que romper con la sintonía de su corazón. Su corazón latía a un tiempo diferente al real, al de los días. Sus horas duraban días, sus días no acababan nunca. Las noches no se dignaban a aparecer y la luna pareció esconderse con miedo. A las cinco horas -según su corazón, cinco días- no volvió a rellenar la cafetera, y cerró la puerta de su estrecha habitación, con pestillo, jurándose a sí misma no atreverse a abrirla, no afanarse a la idea de un exterior que no fueran aquellas cuatro paredes grises. Con rotuladores recorrió cada centímetro de la habitación, escribiendo frases, bosquejando garabatos, grabando números, fechas inexistentes.
Quién iba a ser el afortunado que descifrara el código de sus labios, la incógnita de una sonrisa que tardó un invierno en volver a nacer. Cruzaba los brazos, tumbada en el suelo, mirando al techo, buscando algo, un nosequé que probablemente no existía. Palabras como amor, suerte o vida desaparecieron de su diccionario debido al desuso de éstas en sus escritos. Cada vez que los concluía los lanzaba fuera de su vista, sin dignarse siquiera a comprobar en qué lugar acabarían cayendo. Folios repartidos por el suelo, la cama, la mesa. Folios por todas partes. Una habitación llena de folios dispersos, en la que se encerraba un cuerpo que desconocía si era dueño de sí mismo. Su mente acabó por entregarla a lo que ella llamó no-ser, refiriéndose a un no vivir, pero hacía tiempo que ya desconocía la existencia de la palabra vivir, de la palabra vida, de la palabra vital. Los libros de las estanterías acabaron rotos, páginas destrozadas, portadas agujereadas, almas flotantes de una atmósfera enfermiza. Quién podría ser el héroe que supiera abrir el pestillo de aquella puerta desde fuera. Quién iba a ser si no ella. Pero ella no quería ser afortunada ni heroína, y pronto olvidó también aquellas dos palabras. Pronto se vio atada a un mundo en el que las únicas palabras que lo formaban eran cuándo y yo. Pronto comenzó a rellenar los folios que le restaban con aquellas dos palabras, una seguida de la otra, continuamente, en un esfuerzo por no perder las únicas dos expresiones que le quedaban en su inventario. Nunca supo si se había olvidado de cómo se hablaba, nunca se atrevió a comprobarlo.
Vació su armario hasta dejar desnudo su interior. Arrojó sus prendas de ropa al suelo, llorando, buscando las palabras que las daban nombres. Veía camisetas y sólo era capaz de pensar cuánto, observaba pantalones y la única palabra que se le ocurría era yo. Dónde se encontraría aquella luz a la que había rechazado en un momento. La oscuridad comenzaba a asustarla, comenzaba a atarla a un mundo que por fin había reconocido, sabiendo que no era el suyo. En un momento dado se le ocurrió subir la persiana que tantos días había permanecido descendida en su totalidad. La luz de una mañana violácea la deslumbró, y quizá fue el ejercicio de la reminiscencia el que experimentó. Como una vuelta a nacer. Como si hubiera estado muerto durante todo aquel tiempo que había permanecido allí encerrada. Las miles de palabras que había olvidado aparecieron ante ella, chocando las unas con las otras por hacerse un hueco en su memoria y su conocimiento. Lo que primero fue un gemido consiguió transformarlo en palabras, y sin pensarlo comenzó a nombrar todas aquellas que se le iban ocurriendo. Leyendo sus escritos comenzó a recordar por qué había ocurrido todo aquello. Cuántos días habían transcurrido. No era capaz de averiguarlo. Quizá meses, quizá todo un invierno. Sí, el invierno ya había muerto, las flores de los árboles de su calle habían comenzado a desarrollarse en perfectos objetos de belleza, el frío se había marchado temporalmente, las personas que por allí caminaban lucían ya pantalones cortos y camisetas, iban sin estar abrigados.
No sabía muy por qué, pero había hibernado. Se había convertido en un sueño finito pero no por ello breve y distraído. La primavera había alcanzado todo su esplendor y ella había vuelto a despertar. Había vuelto a nacer. En el espejo del cuarto de baño comprobó que ella no había cambiado, su cara en primera estancia le resultó conocida, algo difícil de identificar, pero en cuestión de minutos se convirtió de nuevo en uno de sus factores cotidianos. Acarició su ya crecida melena, que le rondaba casi los codos. Y fue entonces cuando volvió a sonreír, cuando fue capaz de resolver el misterio de sus labios, y de abrir su propio pestillo interior desde fuera. Se asombró al sentarse en su viejo sofá, gritó de felicidad al volver a ver su cafetera, y brindó con ella el poco café que le quedaba en uno de los armarios que usaba como despensa. Jugueteó con su ropa y sus llaves antes de tocar el picaporte de su puerta y aventurarse a salir por fin de aquel lugar. La calle seguía igual que siempre, sólo que su punto de vista había cambiado, quizá había virado algo hacia el sur, o hacia el este, y la oscuridad con la que veía todo antes se había transformado en una nube de luz que arrojaba sobre ella distintas emociones a las que experimentó antes de que todo ocurriera.
Definitivamente, como un ángel, se encontraba ante la película de su propio renacer.