27 sept 2012

Nunca hubo allí una chica tan preciosa.

Y fue en los meses oscuros cuando le llegó la inspiración, muy educada ella, llamando a su ventana.


Cuando las lágrimas dejaron de derramarse por sus mejillas ya no supo en qué creer. Había fundado mil y una teorías, quizá mil dos, o mil tres, en aquella sensación de melancolía, en los domingos que había pasado deprimida encerrada e incomunicada en su habitación, llenando continuamente folios y folios con letras. Muchos bolígrafos había asesinado, la cuenta podría hacerse infinita, y aún así, continuaba, incansable, derramando en forma de escritura las lágrimas que ya no le quedaban. Esos fueron sus meses oscuros, en los que la luz la llamaba continuamente desde el otro lado de la calle, pero ella ignoraba sus voces. El optimismo de los vasos medio llenos de ginebra los vació en su garganta y lo sustituyó la embriaguez de su vida. Su larga melena sufrió tijeretazos hasta rebajarse a menos de sus hombros. Despeinada, apesadumbrada, recorría las horas buscando un reloj que romper con la sintonía de su corazón. Su corazón latía a un tiempo diferente al real, al de los días. Sus horas duraban días, sus días no acababan nunca. Las noches no se dignaban a aparecer y la luna pareció esconderse con miedo. A las cinco horas -según su corazón, cinco días- no volvió a rellenar la cafetera, y cerró la puerta de su estrecha habitación, con pestillo, jurándose a sí misma no atreverse a abrirla, no afanarse a la idea de un exterior que no fueran aquellas cuatro paredes grises. Con rotuladores recorrió cada centímetro de la habitación, escribiendo frases, bosquejando garabatos, grabando números, fechas inexistentes.

Quién iba a ser el afortunado que descifrara el código de sus labios, la incógnita de una sonrisa que tardó un invierno en volver a nacer. Cruzaba los brazos, tumbada en el suelo, mirando al techo, buscando algo, un nosequé que probablemente no existía. Palabras como amor, suerte o vida desaparecieron de su diccionario debido al desuso de éstas en sus escritos. Cada vez que los concluía los lanzaba fuera de su vista, sin dignarse siquiera a comprobar en qué lugar acabarían cayendo. Folios repartidos por el suelo, la cama, la mesa. Folios por todas partes. Una habitación llena de folios dispersos, en la que se encerraba un cuerpo que desconocía si era dueño de sí mismo. Su mente acabó por entregarla a lo que ella llamó no-ser, refiriéndose a un no vivir, pero hacía tiempo que ya desconocía la existencia de la palabra vivir, de la palabra vida, de la palabra vital. Los libros de las estanterías acabaron rotos, páginas destrozadas, portadas agujereadas, almas flotantes de una atmósfera enfermiza. Quién podría ser el héroe que supiera abrir el pestillo de aquella puerta desde fuera. Quién iba a ser si no ella. Pero ella no quería ser afortunada ni heroína, y pronto olvidó también aquellas dos palabras. Pronto se vio atada a un mundo en el que las únicas palabras que lo formaban eran cuándo y yo. Pronto comenzó a rellenar los folios que le restaban con aquellas dos palabras, una seguida de la otra, continuamente, en un esfuerzo por no perder las únicas dos expresiones que le quedaban en su inventario. Nunca supo si se había olvidado de cómo se hablaba, nunca se atrevió a comprobarlo.

Vació su armario hasta dejar desnudo su interior. Arrojó sus prendas de ropa al suelo, llorando, buscando las palabras que las daban nombres. Veía camisetas y sólo era capaz de pensar cuánto, observaba pantalones y la única palabra que se le ocurría era yo. Dónde se encontraría aquella luz a la que había rechazado en un momento. La oscuridad comenzaba a asustarla, comenzaba a atarla a un mundo que por fin había reconocido, sabiendo que no era el suyo. En un momento dado se le ocurrió subir la persiana que tantos días había permanecido descendida en su totalidad. La luz de una mañana violácea la deslumbró, y quizá fue el ejercicio de la reminiscencia el que experimentó. Como una vuelta a nacer. Como si hubiera estado muerto durante todo aquel tiempo que había permanecido allí encerrada. Las miles de palabras que había olvidado aparecieron ante ella, chocando las unas con las otras por hacerse un hueco en su memoria y su conocimiento. Lo que primero fue un gemido consiguió transformarlo en palabras, y sin pensarlo comenzó a nombrar todas aquellas que se le iban ocurriendo. Leyendo sus escritos comenzó a recordar por qué había ocurrido todo aquello. Cuántos días habían transcurrido. No era capaz de averiguarlo. Quizá meses, quizá todo un invierno. Sí, el invierno ya había muerto, las flores de los árboles de su calle habían comenzado a desarrollarse en perfectos objetos de belleza, el frío se había marchado temporalmente, las personas que por allí caminaban lucían ya pantalones cortos y camisetas, iban sin estar abrigados.

No sabía muy por qué, pero había hibernado. Se había convertido en un sueño finito pero no por ello breve y distraído. La primavera había alcanzado todo su esplendor y ella había vuelto a despertar. Había vuelto a nacer. En el espejo del cuarto de baño comprobó que ella no había cambiado, su cara en primera estancia le resultó conocida, algo difícil de identificar, pero en cuestión de minutos se convirtió de nuevo en uno de sus factores cotidianos. Acarició su ya crecida melena, que le rondaba casi los codos. Y fue entonces cuando volvió a sonreír, cuando fue capaz de resolver el misterio de sus labios, y de abrir su propio pestillo interior desde fuera. Se asombró al sentarse en su viejo sofá, gritó de felicidad al volver a ver su cafetera, y brindó con ella el poco café que le quedaba en uno de los armarios que usaba como despensa. Jugueteó con su ropa y sus llaves antes de tocar el picaporte de su puerta y aventurarse a salir por fin de aquel lugar. La calle seguía igual que siempre, sólo que su punto de vista había cambiado, quizá había virado algo hacia el sur, o hacia el este, y la oscuridad con la que veía todo antes se había transformado en una nube de luz que arrojaba sobre ella distintas emociones a las que experimentó antes de que todo ocurriera.

Definitivamente, como un ángel, se encontraba ante la película de su propio renacer.

26 sept 2012

Zona Cero.

-Yo sólo sé hablar de mi capital. De sus calles, de sus abrazos, de las lágrimas y los gritos que la envuelven.

Era un lunes, creo recordar, cuando caminaba junto a ella, sin hablar, sin darnos la mano, sin mirarnos, simplemente conscientes de la existencia del otro a nuestro lado. El puente de Toledo se nos quedó pequeño y en poco hubimos alcanzado la glorieta donde se encontraba la puerta cuyo nombre no era otro que el mismo del puente. La biblioteca emergió ante nosotros y no rechazamos su invitación. Primero entró ella, pues era la que ardía en deseos de encontrar la novela que quería leer. Yo desenfundé mi pitillera y agarré cuidadosamente uno de los marlboro que había en ella. Lo observé, sabiendo que en cuestión de minutos aquel cigarrillo habría ardido y aflorado en mis pulmones y cerebro, y en todo mi cuerpo. Aspiré cada calada como todas aquellas que se dan en las mañanas lluviosas, con lentitud, con delicadeza, dejando que la humedad se colara en mi interior junto al humo, dejando que me violara el alma cada tímida gota que impactaba contra el suelo. Con tristeza le otorgué un final feliz a aquel cilindro y lo dejé descansar sobre el pavimento empapado, observando como en él se iban los últimos destellos de vida.

Entre al hall del edificio, y subí los escalones para llegar a las estanterías entre las cuales supuse que la encontraría. Y así fue, en cuclillas, observando cada lomo de cada libro de cada fila, estaba ella. Su pelo le tapaba la cara, por lo que no pude identificar su expresión, no supe si sería de desilusión o de alegría hasta que se incorporó y me miró a los ojos, acercándose. 
-No está.- me dijo mientras enebraba su brazo en el mío.
Llevaba ya varias semanas buscando aquella novela de Saramago. Yo la había leído varias veces cuando un amigo decidió prestármela. Fui yo quién la empujó en su búsqueda por bibliotecas -tres ya- en los que no la encontraría ni siquiera catalogada.
-Miraste a ver si estaba catalogada.- le contesté buscando sus ojos marrones, de todo menos mediocres.
-Sí. No lo estaba.- apretó su cabeza contra mi hombro.
Podría haber permanecido en aquella postura durante horas y horas, dejando morir al tiempo con tal de sentirla allí en contacto conmigo. 
-¿Y qué te hacía pensar que la encontrarías aún estando descatalogada?
-No lo sé. El ímpetu.
-La actitud.- dije antes de retroceder dos estanterías.
Me planté ante la letra A, y ya acostumbrado a la búsqueda, me dejé agachar levemente para encontrar en la tercera fila de la segundo columna el nombre de Auster.
-¿Cuál vas a coger?
-Cualquiera me vale -contesté sonriente, mientras alcanzaba un libro amarillo cuyo título era Sunset Park.
-Ese ya te le has leído. Lo sé porque me contaste lo maravilloso que era.
-Sí. Y no voy a titubear al volver a hacerlo.

La mañana se había se había fundido con un gris más tenue con la llegada del mediodía. El frío se había hecho más presente. Nos quedamos sentados bajo el resguardo de una terraza de un primer piso, sintiendo los pies enfriarse y las manos agarrotarse. Ella metió las manos en mis bolsillos, abrazándome, y yo le puse mi gorro.
-El libro que busco.- me dijo, sintiendo su aliento en mi mejilla- ¿Es un libro de amor?
-El amor no existe.
-¿No crees en el amor?
-No creo en el amor. No creo en su existencia, ni en su realidad.
-Yo te haré creer en él.

Adivinar lo que pasó a continuación no es difícil. Ocurrió lo mismo que ocurre en muchas escenas de películas, en muchas páginas de libros, en muchas situaciones de las personas. Sólo hace falta echarle un poco de imaginación, y sentir el frío de Madrid arroparte, unos labios acercarse a los tuyos, y el esfuerzo por creer en algo en lo que sabes que te será muy difícil creer. Así son las relaciones, comienzas exultante, creyendo en todo, continúas creyendo hasta que un día dejas de creer, y es entonces cuando sabes que todo ha terminado. No tengas miedo, todo al final acaba por morir, no creas que es malo matarlo antes del triste desenlace, no temas en darle la puntilla.

Al fin y al cabo. Todo fin significa un comienzo...

Un renacimiento.

25 sept 2012

¿Cómo podré bailar con cualquier otra?

Improvisación de la reina, qué bien se peina.

Esto no es poesía, y si lo fuera,
me esforzaría en que no lo pareciese,
pues no me gusta la hipocresía, es indigna y fiera
como un cazador abalanzándose ante su despistada presa.

No busco los laureles del César, no los quiero,
me conformo con un par de cigarrillos y un beso,
de esos que dicen de todo menos te quiero,
de esos de los que nunca puedes salir ileso.

Mira qué bien se peina la reina, mira qué buen andar me lleva.


Tú, sí, tú. Que me hiciste temblar, que me obligaste a rogar a un dios en el que no creía. Tú, que me convertiste en yo. Tú, que me lisiaste el alma con tan sólo andar. Ya no recuerdo tu nombre, nunca lo supe, pero sí tu mirada, dirigida por el ámbar de tus ojos, cavilada entre el pesar y la torpeza de una delicadeza que me hizo perderme en un mar de sueños color escarlata. Al ver que aquellas pupilas coincidieron con las mías me supe capaz de reinar en el mundo entero siempre que te tuviera a mi lado.Imaginé despertar cada mañana y sentir tu espalda hacer un hueco en el colchón, un hueco que con el tiempo quedaría vacío, como todas las cosas que siempre tuvieron un lugar en el espacio, de la misma forma que aquella taza de Pink Floyd del armario de mi cocina dejará de estar ahí, caerá y hecha añicos acabará en el vertedero, o simplemente ocupará cualquier otro lugar, al igual que todas las cosas. Tú, que me enseñaste que una rosa nunca muere ni se cansa de matar a espinazos. Tú, que me idolatraste sin quererlo y me lanzaste a un vacío frío como el hielo. Tú, sí, fuiste tú.

Fue tu pelo al ondear tiernamente, como una bandera, con la brisa de verano. Fue la gracia de tus pasos dejando atrás adoquines impresionados. Fueron aquellas motas que salpicaban tus mejillas y que alguien un día se preocupó en darles un nombre, pecas. Fue la constancia de tus labios brillando bajo el sol la que me ayudó a sobrevivir. Más tarde fue tu nombre el que me enamoró, y la sonrisa tímida que salía sin avisar tras mis intentos de ser gracioso. Más tarde aún fueron tus manos las que me guiaron por Madrid, y fueron mis labios los que brillaron junto a los tuyos. Fueron tus piernas bajo una camisa larga las que caminaron a por las tazas de cafés de innumerables mañanas, fueron tus bailes los que me inspiraron. Fue tu todo el que se convirtió en mi todo. Fue tu arte el que reinventó el mío. Fue el humo de tus cigarros el que se mezcló con el de los míos y formo palabras en el aire mientras una voz sonaba en el equipo de música y tú insistías en que me levantara del sofá y bailara abrazado a ti. Fue tu mirada la que me dijo que todo había cambiado en tu vida. Fueron tus brazos los que me esforcé por alcanzar hasta conseguirlos. Fueron los días de lluvia los que nos permitieron ser cómplices de las sábanas y el colchón, y de los orgasmos.  

-Y ahora dime, cariño, ¿volverás a bailar conmigo?
-Cuantas veces tú quieras.
-¿Incluso cuando nos hayamos ido?
-Incluso cuando nos hayamos ido.

Y aún recuerdo el día en que todo acabó. Todo tiene su principio y su final, y cuanto antes se encare este ciclo menor será el lastre que nos deje a su paso. Supe cuando llegó el inicio que llegaría el final, del mismo modo que una vez adquirí conciencia de mi vida supe que algún día moriría. Cuando tuve conciencia de que la tenía entre mis brazos, supe que algún día no estaría allí abrazada a mí. Y ella también lo supo. Y juntos, silenciosamente, guardamos el secreto de nuestro final hasta que salió a la luz en el calor de agosto. Un sábado desperté con la sensación de que el momento había llegado, de que todo se debía acabar. Dos días después ella ya no estaba, con una nota en vez de su cuerpo en el hueco del colchón: Recuerda que volverás a bailar conmigo.

Y cada noche, en la Plaza Mayor, aparecíamos, vestidos de traje, y bajo el silencio del cielo estrellado, bailábamos arrejuntados, rememorando nuestros cuerpos en sintonía, amándonos todavía aun sabiendo que el momento de hacerlo ya había pasado.

León de mármol. Cisne de cristal.

24 sept 2012

Disorder - Parte Dos.

Cuando le diagnosticaron por primera vez una cardiopatía severa, supo que había llegado a su propio punto del no retorno, a su gigantesca cascada que representaba el fin de su mundo, de su vida. Podría haberse dedicado a mejorar su salud, pero sabía que ya no había vuelta atrás. Que la posibilidad no existía. Que todo se derrumbaba como piezas de un puzzle. El amor nos destrozará, escuchó en sus auriculares. Hizo y deshizo el plan tantas veces como tardó en perfeccionarlo, como si se tratara de un sastre que se dedica a hacerse su último vestido.

Cuando amaneció el día cinco de diciembre de aquel año, apareció en Gran Vía, como siempre, pero no sentó a tocar, sino que bajó la calle, observando a la gente, grabando en su memoria cada rostro que iba a ser el último testigo de su acción. Incluso el cielo, infinito espectador, descargó la lluvia sobre la capital. Llegó a Plaza de España, silenciosa y oscura hasta por la mañana. Los sin techo comenzaban a despertarse entre roídos cartones y botellas de cerveza hechas añicos. Ni un sólo pájaro entonaba su canto. Debía atravesar el Palacio Real para llegar a su destino. La guardia a caballo ponía la percusión a base de los golpes de las herraduras contra el frío enlosado de la plaza. Todos la miraban a su paso, sin saber muy bien si lo hacían por extrañeza o por una profunda admiración. Quizá una mezcla de ambas, quizá ninguna de las dos.

Siguió recto, pasó por delante de la Almudena y se detuvo a observar las monjas que pasaban por allí, como si levitaran, cubiertas de negro como la muerte, solo que sin guadaña ni calaveras. Los autobuses comenzaban a llenarse de padres oficinistas, jóvenes estudiantes, o personas sin rumbo, como ella. Cruzó un gran paso de cebra con el semáforo en rojo escuchando los pitidos y frenazos de los coches, y los improperios de sus dueños.

-¡Estás loca!

Y aquel hombre con barba de dos días y gafas redondas estaba en lo cierto. Se había vuelto loca. Madrid la había vuelto loca. Era como un Quijote que en vez de ver personas veía fantasmas deslizarse por las calles y locales.

Y allí se encontraba ella, sintiendo el viento azotarla el pelo, y el alma, en medio del viaducto de Segovia, ante las vallas transparentes que habían puesto para evitar que los suicidas se lanzarán desde allí arriba. Sacó cuidadosamente la guitarra de su funda. La acarició, toco un par de acordes, y la besó. Lo siguiente fue el viento silbando entre su madera y el estruendo de su contacto contra el suelo tras sobrevolar el puente y aterrizar sobre el asfalto de la calle de abajo. Las astillas salieron despedidas y el clavijero fue a parar debajo de un coche. Recordó a Jimi Hendrix, cómo el sacrificó su guitarra, porque él creía que se sacrificaban las cosas a las que se amaban.

Dejo que las tímidas lágrimas recorrieran sus mejillas y atravesó el resto de la calle Bailén para llegar a su asqueroso piso. Y así lo hizo, empapada por fuera por la lluvia, y por dentro por su dolor. Se tumbó en aquel colchón que tanto odiaba y cuyos muelles se esforzaban por destrozarle la espalda.

Y una vez hubo cerrado los ojos, quedándose dormida. No volvió a abrirlos jamás.

19 sept 2012

Disorder - Parte Uno.


Su cabeza estaba desordenada, se podía decir así. Como si se tratara de una cómoda que alguien se había dignado a profanar, descolocando la ropa, mezclando calcetines y camisetas, sujetadores y pantalones, reduciendo a jirones lo que le hubiera venido en gana, y llevándose lo que le hubiese venido bien. ¿Turbulencias? Quizá. Pero la palabra que mejor la definía en aquel momento era desordenada. Quizá tenía el espíritu, pero había perdido las sensaciones. Y sin sensaciones una persona no puede ser persona, ni siquiera puede vivir. Qué haría ahora. Buena pregunta esa, la que se formulaba cada mañana antes de salir de su diminuto apartamento en busca del amanecer de Gran Vía, la que no lograba responderse cuando sacaba su vieja guitarra negra de una funda desastrada, y con unas ganas inútiles, trataba de sacar acordes de sus desvaídas cuerdas. Hacía tiempo que había comenzado a comerse las uñas, y no había conseguido reprimir aún aquella manía. Las yemas de sus dedos estaban llenas de cortes producidos por el frío y las cuerdas de aquella guitarra. Había perdido su púa, y también las ganas de comprarse una nueva. Las pocas monedas que conseguía acumular en el sombrero que situaba ante ella las gastaba en poca comida y mucho tabaco. Cuánto podía sacar al día. No más de diez euros, nunca menos de cinco, gracias al cielo.

A menudo encendía sus cigarrillos mientras tocaba y dejaba que la ceniza impregnara todo su ser, y que éstos se consumieran en sus labios hasta que comenzaba a quemárselos, y entonces tirar las colillas al suelo. Una vez un joven de unos dieciocho años, tatuado de pies a cabeza, le pidió uno:
-Perdona... ¿Tienes un cigarro?
-Para ti no.
Aquel tipo le robó el sombrero y salió corriendo Gran Vía abajo. A ella no le molestó, quizá porque sabía que se lo había ganado. Había echado la cuenta de cuánto le habían dado hasta aquel momento, y la cifra rondaba el euro y medio en monedas de diez y veinte céntimos. A pesar de que sabía que aquel euro y medio le habían costado tres horas de canciones y su paciencia, no pareció afectarle. Bien sería porque en aquellos días prefería no saber nada de lo material. No quería saber nada del dinero, ni de su cama, ni de las tiendas que todos los días abrían y cerraban ante ella. Quería olvidarse de todo menos de su guitarra y de las letras que escribía. 

Los lápices que compraba -los compraba porque eran lo más barato para escribir, junto con folios reciclados, de un color grisáceo y feo- caían como moscas cuando en su portal, aferrada al hecho de que era más grande que su piso, bajo la intermitente luz de una vieja bombilla, rellenaba los folios con letras y letras, palabras, líneas, versos, párrafos, historias, relatos, canciones... Hablaba sobre alcohol, callejones, juventudes rotas, desórdenes, y mil y un temas más que tenía impresos a flor de piel en su interior. En esos momentos se sentía aislada del exterior, y conseguía contrarrestar a las mañanas y tardes en las que desde esquinas y adoquines lanzaba al aire y a Madrid sus escritos en forma de canciones, o en un intento de ellas. 

Tenía un anillo de plata que su madre le dio por su décimo cumpleaños. Aún le valía cuando en una noche cerrada un vagabundo consiguió arrancárselo del dedo, dejándole una fuerte herida en aquel dedo corazón de su mano derecha. Durante días observó como se abría una y otra vez al tocar. Intentó aprender a tocar como los zurdos, y al no poder, se vio obligada a abandonar sus canciones callejeras y a descansar unos días en su cuadrado piso. Sabía que la orden de desahucio llegaría en cuestión de una semana o dos. Compró acrílicos y se dedicó durante un fin de semana a pintar en una pared la portada del primer disco de Joy Division, con un más que aceptable resultado.

No sabía que sería de ella y de su desorden ahora que había perdido las ganas de volver a escribir.

18 sept 2012

Islas.

Se miró al pequeño y cuadrado espejo del cuarto de baño, colocándose el flequillo, haciéndolo pasar por detrás de las orejas, sonriendo, comprobando que todo en su apariencia estuviera en orden. Salió del cubículo para encarar un pequeño y estrecho pasillo de paredes color granate, avanzando hasta la penúltima puerta, que se encontraba entreabierta. Se apoyó en el cerco, observando cómo Frankly se ataba los cordones de sus nuevas y blancas zapatillas, colocando la lengüeta cuidadosamente para que no se doblara.

-Nunca entenderé esa manía tuya con las zapatillas y sus lengüetas .- le dijo, sonriente.
-Y yo nunca entenderé cómo te puede gustar ese chubasquero tan horrible .- disparó él, mirándola después con las cejas levantadas, intentando suavizar sus palabras.

Sandra sabía que aquella contestación no había sido en tono sarcástico, ni bromista, como contrapunto a lo que ella había dicho, sabía que en aquellas palabras se escondían varias sensaciones agolpadas en los últimos días. Y todo tenía una sencilla razón: ella. Ella y su inseguridad, ella y su inconformismo, ella y su indecisión. Había tratado a Frankly como un perro y ahora estaba recibiendo su propia medicina. Y todo por pronunciar una sola palabra, y todo por negar una única evidencia. Una evidencia que había habitado en su mente durante meses, casi un año, y que ahora que había tenido oportunidad de cumplirla, y hacerla más que realidad, había decidido hacer caso omiso a lo natural, y contrarrestarlo con su propia amarga dosis de indiferencia. Cuánto tiempo pudo haberse pasado pensando durante todo el día y la noche en aquellos rizos arremolinados en su cabeza, cuántas horas pudo haber gastado en imaginar historias, relatos, de la mano de aquel chico por la ciudad, descansando en cualquier cama a su lado, desayunando entre sonrisas y besos azucarados por los cafés y los cruasáns. Ya ni siquiera recordaba haber enrojecido de vergüenza en ciertas ocasiones y haberse derretido de tristeza en otras tantas. Lo cierto es que no recordaba cómo había sido su vida hasta que apareció el chico de los rizos, y ahora tampoco era capaz de recordar cómo había sido junto a él hasta hacía apenas ¿cuánto? ¿dos días?

En su defensa podía argumentar que todas aquellas indirectas que se había decidido a lanzar habían sido ninguneadas, pero sabía que muchas de las que ella había recibido habían sido ignoradas por su parte. Cómo culpar entonces sólo a una persona, cómo culpar al desacuerdo. No. Ni siquiera había existido aquel desacuerdo del que aseguraba conocer su existencia. Fue ella la que lo provocó. Fue ella la que con su firme y airada negación lanzó la primera bala, olvidando que para esta guerra no tenía un chaleco que la protegiera de las mil siguientes. Y estaba segura que de haberlo admitido hubiera podido continuar indagando en su vida -y en la de Frankly- a sus anchas, deseando saber más y más, deseando alargar cada pestañeo a fin de poder verle madrugar desde la cama, a fin de hacerle sonreír, y de tres mil doscientas cosas más.

Porque ella sabía que no había lugar para el error, hasta que ella lo produjo.

El tren seguía sus raíles, el río su cauce, pero cuando llego la hora de entrar en la estación, de desembocar en el mar, Sandra se equivocó de respuesta. Y ahora el orgullo, y la decepción consigo misma y que profanaba Frankly, le impedían curar su decisión. Y es que en qué momento se le ocurriría rechazar la declaración del chico del que se había quedado prendado nada más conocerle.

¿Qué podía hacer, acercarse a él y plantarle un beso en la boca? Sabía que podía hacerlo, sabía que quería hacerlo, pero ya no tenía derecho a ello. Había rechazado repugnantemente ser dueña de sus labios y de sus rizos. Había desaprovechado la oportunidad de tener una excusa más para sonreír, una más, pero una más muy importante. Deseaba romper las agujas del reloj con un martillo y colocarlas a su gusto en la fecha en la que todo ocurrió, y entonces, sólo entonces, rematar la faena con sus verdaderos sentimientos. 

Pero ya era tarde, tan tarde, que cuando quiso despertar de su ensimismamiento, Frankly se encontraba desenfundando su preciosa guitarra de madera, y llamándola antipáticamente para que se espabilara y saliera junto a él al escenario. 

-Eh. Despierta joder, siempre llegas tarde Sandra .- le dijo, dando un par de palmadas que resonaron por el pasillo para después perderse en el fondo de este.

Y Frankly tenía razón, siempre llegaba tarde.

13 sept 2012

Rey Dículo.

Un campo de minas. Sí, eso era. Hacía meses que andaba buscando una expresión que al fin le condujera a aquel triunfo que tanto anhelaba. Un campo de minas. Que por qué. Nadie lo sabe, ni siquiera él lo supo cuando en su mente rodaron las palabras y se solidificaron en sus cuerdas vocales. Las expulsó al vacío aire de aquel campo de espigas. Y fue como si hubiera tirado al suelo una mochila llena de ladrillos tras acarrear con su peso durante años y años. Las piernas le flaquearon cuando por fin halló aquella extraña y carente de sentido frase. Se sentó en el suelo, estirando las piernas. Sentía como si la espalda le hubiera encogido. El dolor fue pasajero, y solo cuando este cogió un avión a cualquier otra parte del mundo, o a la espalda de otra persona cualquiera, se volvió a levantar y a seguir caminando.

Había perdido la cuenta de las horas, de los días gastados, de los kilómetros andados. No sabía que pueblos había atravesado ni qué ciudades había avistado a lo lejos. Se había limitado a seguir un camino que hacía mucho tiempo que se había borrado del suelo. Primero optó por orientarse hacia la carretera y seguir su curso. A mediados del mes de mayo divisó un río y decidió andar cercano a la orilla, buscando su origen o su desembocadura. Una inmensa colina le cortó el paso y abandonó la idea del principio y fin de río. El campo se convirtió entonces en su ruta. Vastas llanuras de cosechas moteadas de verde, amarillo y marrón. Siguió su instinto durante muchos meses hasta que un día, sin saber muy bien por qué, decidió virar al este. Vio al sol nacer y morir en incontables ocasiones, y a la luna triunfar en otras tantas.

Ansiaba llegar al mar. Después de todo, eso significaría que había llegado al fin, que todo había acabado. Una vez llegara a la costa, su camino no hubiera podido seguir. Metería los pies en el agua, dejaría que la sal le curara todas las heridas y cortes que estos tenían. Permitiría a su cerebro descansar, y a su corazón volver  a latir a gusto. 

Y así fue. En dos años y seis meses, siete días y tres horas, pisó la fría arena mojada de una costa cualquiera. No miraba los carteles que se erigían a su paso. Había olvidado leer, nunca los hubiera podido entender. Había olvidado también a hablar, nunca hubiera podido preguntar. 

Y sin embargo, su interior no demostraba sus satisfacción. No había paz, solo remordimiento y un torrente revuelto de falsas sensaciones. No había acabado, aún no. Necesitaba algo más, algo con lo que poder poner punto y final a aquella lejana travesía que empezó en aquel sitio de nombre borroso y que se encontraba inconclusa. No podía permitir que esto fuera así, hubiera sido una falta de respeto. Una traición a sí mismo. La paradoja le pilló de buen humor, y decidió continuar el camino. No sería una continuación como concepto de segunda parte ajena a la primera, no señor. Sería una continuación en todo su esplendor. Todavía no iban a saltar los títulos de crédito.

Y fue ayer, cuando, en una provincia del sureste, se encontró con su final. O quizá fuera el final el que decidiera por fin mostrarse ante él. Un amplio cartel, enorme, gigantesco, titánico, apareció ante él. Instintivamente alzó la vista y observó las letras. Y para su propia sorpresa supo leerlas, pudo leerlas. Y al hacerlo soltó las exactas palabras que allí en lo alto se ofrecían a su único espectador. Tras descansar unos minutos. Se acercó a la valla que rodeaba el extenso recinto. Acarició el alambre con los dedos. Una puerta de metal apareció a su lado. No medía más de medio metro, y en vez de abrirla la saltó, pasando primero una pierna y luego la otra, por encima de ella. Y caminó en línea recta, aguardando el momento exacto en que una señal le indicara que, en efecto, y por fin, había llegado a su fin. Un pitido intermitente comenzó a sonar...





Dos segundos después, la mina explotó.