Nunca se atrevió a imaginar que aquel cúmulo de extrañas e
inconexas circunstancias llegarían a impactar tan certeramente contra el centro
de su vida. E incluso se le hacía más raro que todo aquello hubiera ido a
ocurrir en un tranquilo abril más, porque en el cuarto mes nunca ocurría nada,
absolutamente nada. Y además no había no había obtenido ni tan siquiera una
premonición, ni un atisbo de augurio, que le hubiera animado a descubrir qué
clase de tremendo lío iba a armarse en los días posteriores. Ni un aviso, nada
que llamara a su puerta y le anticipara los acontecimientos tras darle las
buenas tardes y ser invitado a un café. Le hubiera gustado que su vida formara
parte de una película de ciencia ficción, algo parecido a Regreso al Futuro.
Le hubiera gustado que un Marty McFly -disfrazado de él- hubiera
aterrizado en su salón y le hubiera notificado los problemas que traería el
futuro consigo.
Pero aquello era la vida real, y ningún clásico cinematográfico le
ayudaría a encontrar la solución a aquella ecuación de innumerable grado que se
había plantado ante él de una forma aleatoria, como si todo aquello se tratara
de un juego de azar y a él le hubieran tocado las peores cartas de la baraja. Y
para colmo no disponía de ningún comodín en la manga, o mono, como lo
solía llamar su padre.
Justamente fue en su padre en la primera persona en la que pensó
al encontrarse solo frente al barullo. Se le ocurrió por un momento que la
culpa podía tenerla una de las dos personas que habían tenido por bien traerle
a la vida, aunque como se le había dicho más de una vez, había sido concebido
sin intención. No hay palabras que desanimen más a un hijo que esas: Hijo, tú no entrabas
en nuestros planes. Un orgullo, vamos, el pensar que ahora mismo se existe
por una conjunción de suerte y un revolcón rapidito de media tarde en el
sofá.
Pero, tras meditarlo más tranquilamente pudo llegar a la
conclusión de que su ahora anciano -y millonario- padre, ahora residente en
Zamora, iba a tener por bien acercarse a su capital tan odiada, y haciendo uso
de unos cuantos billetes de esos de color morado de los que tanto disfrutaba su
posesión, para mover unos cuantos hilos y acordar su despido y, posteriormente,
ayudar a los directores de los periódicos más relevantes del país a no
contratarle, y de esta forma evitar que su hijo tuviera posibilidades de
continuar metiendo las narices en los asuntos turbios del partido político del
que él era afiliado. Pero al fin y al cabo, se trataba de su padre, y ningún
padre que se encuentre en sus cabales es capaz de urdir algo tan mezquino con
el único propósito de evitar que asociasen a su amado partido político con
palabras como corrupción, impago y desfachatez, en una
columna de ciento cincuenta palabras en la contraportada de El Gato. Demasiado
rebuscado.
Hizo una lista mental con los nombres de aquellas personas a las
que creía más capaces de haber organizado aquel maquiavélico plan en su contra.
Comenzó repasando su entorno laboral. El director del periódico le tenía en
buena estima, pero no le profesaba un amor ni a él ni a lo que escribía
suficientemente profundo como para rechazar un soborno de -esperaba- cifra alta
en el cheque. El subdirector del periódico resultaba ser un tipo sospechoso. En
la redacción se le acuñaba el sobrenombre el subdirector casposo, y no
sin motivos aparentes. Tenía, por así decirlo, una cierta facilidad para
rechazar artículos que no le agradaban, aunque fueran de primera calidad, y una
mirada en la que se mezclaban odio y asco. También se oía por redacción la frase
“Le ha mirado el casposo” en vez de “Le ha mirado un tuerto”. El que no
aprende a reírse de sí mismo siendo periodista tiene los días contados como
profesional. Pero hacía mucho que no organizaba una de las suyas y se suponía
que últimamente resultaba menos insoportable de lo que acostumbraba.
En redacción había un par de personas con las que no tenía buena
relación, pero tampoco existía el odio entre ellos.
Quizá se tratara de la competencia. No se trataba precisamente de
un secreto la rivalidad establecida entre El Gato y El Nuevo Orden, un
periódico con miras de derechas y con cierto rigor de duda sobre los artículos
que publicaban. Muchos de sus redactores eran unos auténticos zoquetes que
disponían de un puesto en el periódico gracias a sus relaciones con los gordos
de la empresa. Por ejemplo, Matías Sáez, el coordinador de la sección de
economía, era el hijo de un conocido diputado y el primo de uno de los jefes de
redacción. También era uno de los nombres más criticados en las oficinas
centrales de El Gato.
Por otra parte, no tenía mala relación con ningún miembro de El
Nuevo Orden, simplemente no tenía nada que ver con nadie que trabajara allí.
Quizá él tuviera mala fama en sus oficinas centrales de la misma manera que
Matías Sáez la tenía en las de su periódico, bueno, ya no podía llamarlo su
periódico, ya que había sido cesado de su puesto. Esa resultaba ser la causa de
que buscara al culpable de que su despido se hubiera producido apenas dos días
antes. Creía impensable que no existiera una razón oculta, una mano negra que
hubiera agilizado el proceso a su antojo para que el asunto derivara en su
objetivo. Tenía buen nombre en El Gato, era uno de los redactores con más
prestigio y su trayectoria contaba ya con década y media de textos, correcciones,
artículos y entrevistas en sus oficinas y páginas. Sus artículos eran
publicados casi a diario y contaba con un premio Millás al mejor artículo del año. Por otra parte,
fuera del periódico su nombre solía ocupar líneas en buenas críticas y
opiniones. Y estaba seguro de que más de un periódico mediocre encontraría su
salvación haciéndole hueco en su plantilla. Eran días de crisis en España y el
periodismo sufría a menudo las causas que esta desencadenaba a su paso. Y
aquello llevaba más de una década sin cambiar. Día tras día salían a flote más
y más complicaciones para los periódicos. Algunos habían quebrado y
desaparecido y otros habían tenido que ser vendidos por sus dueños, para ser
absorbidos por otra empresa, y habían cambiado de nombre. Era el caso de El
Nuevo Orden. Pero entre tanto caos y hundimiento también es preciso destacar
algunos destellos de luz. Muchos nuevos periódicos habían nacido en la última
década, y si bien es cierto que la mayoría no llegaron a cumplir siquiera dos
primaveras, otros acabaron por consagrarse, como El Gato, sin mirar más lejos,
o el periódico andaluz El Girasol, que había conseguido llegar a ser unos de
los más relevantes de todo el país en un par de años. Aún había esperanza para
el periodismo español, pero de la misma manera que existía la oscuridad.
Mientras tanto, él seguía dándole vueltas a los nombres de los que
sospechaba, tratando de dar con el adecuado, con la persona que había ideado su
despido, quizá por venganza, diversión, odio, o cualquiera que fuera la causa
que le había empujado a hacerlo. Poco a poco la lista se iba empequeñeciendo
hasta llegar al punto de que sólo disponía de tres nombres más, y no estaba del
todo seguro de que aquellos tres hombres que restaban en la lista le condujeran
a la resolución de aquel rompecabezas.
Pero por mucho que indagaba, no encontraba nada, como si lo que
buscaba fuera humo resbalando entre sus dedos cuando él se apresuraba a alargar
el brazo y agarrarlo, convencido de que había dado en el clavo.
Las horas habían pasado como veloces como las águilas que se
precipitan hacia sus presas una vez las han descubierto. La mañana había muerto
abrasada por el sol de mediodía del estío madrileño, y la tarde se había ido
apagando hacia el rojo del atardecer. El azul de la noche comenzó a hacer acto
de presencia al tiempo que las farolas se encendían automáticamente en la calle
y las lámparas de las casas comenzaban a dar luz a sus dueños. Él se hallaba
sentado en su butaca azul, la que había colocado en el estudio, no en el salón -pues
eran dos butacas idénticas- con los brazos cruzados y un gesto de concentración
en la cara. No se había movido de allí en todo el día, solamente para sacar el
paquete de tabaco del cajón y para ir al baño en un par de ocasiones. No había
comido nada desde el desayuno ni se había tirado en el viejo sofá a echar la
siesta, como acostumbraba. Seguía mirando por la ventana, sentado de espaldas a
su escritorio, observando los tejados de los viejos bloques de pisos del centro
de la ciudad. Al fondo se podía apreciar el reloj de Sol despuntando sobre
todos los edificios, y más allá aún se veía la torre de Colón, y todavía más al
fondo se vislumbraba la sombra de las cuatro torres de la Castellana como
flechas lanzadas hacia el cielo, ahora púrpura, ya oscurecido. Las sombras de
todos aquellos edificios se difuminaban con la noche, y cuando se quiso dar
cuenta la noche era ya cerrada. El reloj marcaba las once y media pasadas y él
se hallaba en la total oscuridad de su despacho.
No se escuchaba un solo ruido, quizá el atisbo de una sirena de
ambulancia en la calle, no estaba del todo seguro de ello. No era capaz de
resolver la ecuación. Nunca se le dieron bien las matemáticas, pensó, pero
sabía que ello no era excusa, que ecuación no era más que una palabra
empleada como sinónimo. El cansancio del día empezaba a enturbiarle la mente, y
comenzó a divagar entre pensamientos, alejándose del tema central. Se
sorprendió pensando en sus clases de matemáticas en el instituto de su barrio,
recordando sus primeros artículos para El Gato, y acomodado en la cama de su
anterior vivienda de Legazpi.
De repente, soltó una estruendosa carcajada, tan sonora y brusca
que él mismo se sobresaltó, y rió aún más. Todavía riéndose sonoramente, se
levantó de la butaca y busco a tientas la puerta del estudio, saliendo al
pasillo, y girando a la derecha para entrar en la que era su dormitorio. Los
ojos le lloraban y el abdomen le dolía de tanto reírse. Se quitó los zapatos y
se tumbó en la cama, y se tapó con la sábana, aún vestido. Todavía sonreía
cuando se quedó plácidamente dormido.