18 ago 2012

¿De qué se ríen los necios?


Nunca se atrevió a imaginar que aquel cúmulo de extrañas e inconexas circunstancias llegarían a impactar tan certeramente contra el centro de su vida. E incluso se le hacía más raro que todo aquello hubiera ido a ocurrir en un tranquilo abril más, porque en el cuarto mes nunca ocurría nada, absolutamente nada. Y además no había no había obtenido ni tan siquiera una premonición, ni un atisbo de augurio, que le hubiera animado a descubrir qué clase de tremendo lío iba a armarse en los días posteriores. Ni un aviso, nada que llamara a su puerta y le anticipara los acontecimientos tras darle las buenas tardes y ser invitado a un café. Le hubiera gustado que su vida formara parte de una película de ciencia ficción, algo parecido a Regreso al Futuro. Le hubiera gustado que un Marty McFly -disfrazado de él- hubiera aterrizado en su salón y le hubiera notificado los problemas que traería el futuro consigo.
Pero aquello era la vida real, y ningún clásico cinematográfico le ayudaría a encontrar la solución a aquella ecuación de innumerable grado que se había plantado ante él de una forma aleatoria, como si todo aquello se tratara de un juego de azar y a él le hubieran tocado las peores cartas de la baraja. Y para colmo no disponía de ningún comodín en la manga, o mono, como lo solía llamar su padre.

Justamente fue en su padre en la primera persona en la que pensó al encontrarse solo frente al barullo. Se le ocurrió por un momento que la culpa podía tenerla una de las dos personas que habían tenido por bien traerle a la vida, aunque como se le había dicho más de una vez, había sido concebido sin intención. No hay palabras que desanimen más  a un hijo que esas: Hijo, tú no entrabas en nuestros planes. Un orgullo, vamos, el pensar que ahora mismo se existe por una conjunción de suerte y un revolcón rapidito de media tarde en el sofá.
Pero, tras meditarlo más tranquilamente pudo llegar a la conclusión de que su ahora anciano -y millonario- padre, ahora residente en Zamora, iba a tener por bien acercarse a su capital tan odiada, y haciendo uso de unos cuantos billetes de esos de color morado de los que tanto disfrutaba su posesión, para mover unos cuantos hilos y acordar su despido y, posteriormente, ayudar a los directores de los periódicos más relevantes del país a no contratarle, y de esta forma evitar que su hijo tuviera posibilidades de continuar metiendo las narices en los asuntos turbios del partido político del que él era afiliado. Pero al fin y al cabo, se trataba de su padre, y ningún padre que se encuentre en sus cabales es capaz de urdir algo tan mezquino con el único propósito de evitar que asociasen a su amado partido político con palabras como corrupción, impago y desfachatez, en una columna de ciento cincuenta palabras en la contraportada de El Gato. Demasiado rebuscado.
Hizo una lista mental con los nombres de aquellas personas a las que creía más capaces de haber organizado aquel maquiavélico plan en su contra. Comenzó repasando su entorno laboral. El director del periódico le tenía en buena estima, pero no le profesaba un amor ni a él ni a lo que escribía suficientemente profundo como para rechazar un soborno de -esperaba- cifra alta en el cheque. El subdirector del periódico resultaba ser un tipo sospechoso. En la redacción se le acuñaba el sobrenombre el subdirector casposo, y no sin motivos aparentes. Tenía, por así decirlo, una cierta facilidad para rechazar artículos que no le agradaban, aunque fueran de primera calidad, y una mirada en la que se mezclaban odio y asco. También se oía por redacción la frase “Le ha mirado el casposo” en vez de “Le ha mirado un tuerto”. El que no aprende a reírse de sí mismo siendo periodista tiene los días contados como profesional. Pero hacía mucho que no organizaba una de las suyas y se suponía que últimamente resultaba menos insoportable de lo que acostumbraba.
En redacción había un par de personas con las que no tenía buena relación, pero tampoco existía el odio entre ellos. 
Quizá se tratara de la competencia. No se trataba precisamente de un secreto la rivalidad establecida entre El Gato y El Nuevo Orden, un periódico con miras de derechas y con cierto rigor de duda sobre los artículos que publicaban. Muchos de sus redactores eran unos auténticos zoquetes que disponían de un puesto en el periódico gracias a sus relaciones con los gordos de la empresa. Por ejemplo, Matías Sáez, el coordinador de la sección de economía, era el hijo de un conocido diputado y el primo de uno de los jefes de redacción. También era uno de los nombres más criticados en las oficinas centrales de El Gato.
Por otra parte, no tenía mala relación con ningún miembro de El Nuevo Orden, simplemente no tenía nada que ver con nadie que trabajara allí. Quizá él tuviera mala fama en sus oficinas centrales de la misma manera que Matías Sáez la tenía en las de su periódico, bueno, ya no podía llamarlo su periódico, ya que había sido cesado de su puesto. Esa resultaba ser la causa de que buscara al culpable de que su despido se hubiera producido apenas dos días antes. Creía impensable que no existiera una razón oculta, una mano negra que hubiera agilizado el proceso a su antojo para que el asunto derivara en su objetivo. Tenía buen nombre en El Gato, era uno de los redactores con más prestigio y su trayectoria contaba ya con década y media de textos, correcciones, artículos y entrevistas en sus oficinas y páginas. Sus artículos eran publicados casi a diario y contaba con un premio Millás al mejor artículo del año. Por otra parte, fuera del periódico su nombre solía ocupar líneas en buenas críticas y opiniones. Y estaba seguro de que más de un periódico mediocre encontraría su salvación haciéndole hueco en su plantilla. Eran días de crisis en España y el periodismo sufría a menudo las causas que esta desencadenaba a su paso. Y aquello llevaba más de una década sin cambiar. Día tras día salían a flote más y más complicaciones para los periódicos. Algunos habían quebrado y desaparecido y otros habían tenido que ser vendidos por sus dueños, para ser absorbidos por otra empresa, y habían cambiado de nombre. Era el caso de El Nuevo Orden. Pero entre tanto caos y hundimiento también es preciso destacar algunos destellos de luz. Muchos nuevos periódicos habían nacido en la última década, y si bien es cierto que la mayoría no llegaron a cumplir siquiera dos primaveras, otros acabaron por consagrarse, como El Gato, sin mirar más lejos, o el periódico andaluz El Girasol, que había conseguido llegar a ser unos de los más relevantes de todo el país en un par de años. Aún había esperanza para el periodismo español, pero de la misma manera que existía la oscuridad.
Mientras tanto, él seguía dándole vueltas a los nombres de los que sospechaba, tratando de dar con el adecuado, con la persona que había ideado su despido, quizá por venganza, diversión, odio, o cualquiera que fuera la causa que le había empujado a hacerlo. Poco a poco la lista se iba empequeñeciendo hasta llegar al punto de que sólo disponía de tres nombres más, y no estaba del todo seguro de que aquellos tres hombres que restaban en la lista le condujeran a la resolución de aquel rompecabezas.
Pero por mucho que indagaba, no encontraba nada, como si lo que buscaba fuera humo resbalando entre sus dedos cuando él se apresuraba a alargar el brazo y agarrarlo, convencido de que había dado en el clavo.
Las horas habían pasado como veloces como las águilas que se precipitan hacia sus presas una vez las han descubierto. La mañana había muerto abrasada por el sol de mediodía del estío madrileño, y la tarde se había ido apagando hacia el rojo del atardecer. El azul de la noche comenzó a hacer acto de presencia al tiempo que las farolas se encendían automáticamente en la calle y las lámparas de las casas comenzaban a dar luz a sus dueños. Él se hallaba sentado en su butaca azul, la que había colocado en el estudio, no en el salón -pues eran dos butacas idénticas- con los brazos cruzados y un gesto de concentración en la cara. No se había movido de allí en todo el día, solamente para sacar el paquete de tabaco del cajón y para ir al baño en un par de ocasiones. No había comido nada desde el desayuno ni se había tirado en el viejo sofá a echar la siesta, como acostumbraba. Seguía mirando por la ventana, sentado de espaldas a su escritorio, observando los tejados de los viejos bloques de pisos del centro de la ciudad. Al fondo se podía apreciar el reloj de Sol despuntando sobre todos los edificios, y más allá aún se veía la torre de Colón, y todavía más al fondo se vislumbraba la sombra de las cuatro torres de la Castellana como flechas lanzadas hacia el cielo, ahora púrpura, ya oscurecido. Las sombras de todos aquellos edificios se difuminaban con la noche, y cuando se quiso dar cuenta la noche era ya cerrada. El reloj marcaba las once y media pasadas y él se hallaba en la total oscuridad de su despacho.
No se escuchaba un solo ruido, quizá el atisbo de una sirena de ambulancia en la calle, no estaba del todo seguro de ello. No era capaz de resolver la ecuación. Nunca se le dieron bien las matemáticas, pensó, pero sabía que ello no era excusa, que ecuación no era más que una palabra empleada como sinónimo. El cansancio del día empezaba a enturbiarle la mente, y comenzó a divagar entre pensamientos, alejándose del tema central. Se sorprendió pensando en sus clases de matemáticas en el instituto de su barrio, recordando sus primeros artículos para El Gato, y acomodado en la cama de su anterior vivienda de Legazpi.

De repente, soltó una estruendosa carcajada, tan sonora y brusca que él mismo se sobresaltó, y rió aún más. Todavía riéndose sonoramente, se levantó de la butaca y busco a tientas la puerta del estudio, saliendo al pasillo, y girando a la derecha para entrar en la que era su dormitorio. Los ojos le lloraban y el abdomen le dolía de tanto reírse. Se quitó los zapatos y se tumbó en la cama, y se tapó con la sábana, aún vestido. Todavía sonreía cuando se quedó plácidamente dormido.

Y es que al pobre no se le había ocurrido que su despido había sido causa de un recorte de veinte empleados. Pobre de él. De momento prefería reírse y descansar, ya le tocaría sentir la realidad de la crisis y el paro. Su vocación de escritor de novelas de misterio le había engañado y le había convertido en la víctima de un plan que tenía como objetivo su despido. Aunque, observándolo desde otra perspectiva, no le faltaba del todo razón, solo que se había olvidado de incluir dos nombres en su lista de posible culpables: el de crisis  y el de gobierno.