La ansiada vuelta a mi amada capital en apenas dos horas y media se había transformado en la extraña vuelta a mi ya no amada capital. No sabía muy bien si esta transformación se debía a causa de los 39º que había a la sombra o a lo abandonadas que parecían las calles de mi barrio. En concreto, en mi calle -que por cierto nunca sabré por qué se dice mi calle, ya que mi calle no es mía y por tanto no me puedo agenciar su posesión porque me venga en gana- no había ni un solo alma, ni aunque fuera de paso. Es más, ni siquiera estaban el gitano camello y los porreros que todas -y cuando digo todas significa todas- las tardes se sentaban en el banco de la esquina de al lado de mi garaje.
Mi padre paró el coche enfrente de nuestro portal y ambos nos dispusimos a descargar las cosas que habíamos traído de Alicante tras llevarlas allí desde Madrid. Una maleta para ambos, el equipo de música, la guitarra, mi mochila cargada de libros y la enorme jaula de la cobaya de mi hermana, cobaya dentro incluida. Mientras mi padre metía el coche en el garaje yo, como bien pude, metí todas las cosas en el ascensor y pulsé el botón que indicaba el tercer piso. La puerta del ascensor se abrió cuando hube ascendido hasta donde había seleccionado, saliendo yo de su interior a toda mecha con la mochila y la maleta y el equipo de música, y justo cuando me iba a girar para sacar el resto de las cosas, la puerta del ascensor se cerró y la flecha que indicaba que este se encontraba subiendo se iluminó. Algún vecino -inoportuno, como todos mis vecinos- habría tenido por ventura llamar al ascensor justo en el preciso y único instante en el que yo volvía a mi casa después de mes y medio fuera, y me disponía a sacar mis pertenencias del ascensor. Me permití el lujo de llamarle hijo de puta por lo bajini, y volví a llamar al ascensor. Me imaginé la cara que debió poner aquel vecino anónimo al encontrarse una guitarra y una cobaya en el ascensor. Vamos, ni en un cuadro de Miró. Cuando de nuevo descendió el cubículo, saqué al instrumento y al animal, y me precipité sobre mi puerta, la cual ya había abierto entre que el ascensor subía y bajaba. Y allí dentro me encontré con lo más parecido al infierno que me podré encontrar en la vida. Si no hacía más calor era porque las leyes de la naturaleza no permitían que hubiera más.
Y como siempre, tras todo viaje concluído, lo primero que se hace al llegar a casa no es tirarse en el sofá a tomar aliento y fumarse un cigarro, si no recoger a toda hostia con tus progenitores hostigándote continuamente. Que si la ropa, que si coloques lo del baño, que si abras las ventanas, que si hagas la cama con sábanas limpias, que si eches al cesto lo que es de lavar, que si coloques todos y cada uno de los objetos insignificantes que te hayas traído... Un lujo, vamos. Y es que las prisas del síndrome post-vacacional comienzan antes de que las vacaciones hayan terminado. Y mis padres son unos cagaprisas de toda la vida, de modo que imaginarse el trastorno que supone una vuelta de un viaje puede trastornar aún más que la propia vuelta de un viaje.
Una hora y media después ya me encuentro en disposición de tirarme sobre mi colchón y jadear como un perro para retomar el pulso y respiración normal. Matt Bianco suena en el salón y la primera canción de su disco me espanta, de modo que decido hacerle la competencia a mi padre enchufando a un volumen relativamente alto el Hotel California. Acaba cerrando la puerta del salón, y la poca o casi inexistente, corriente que se genera en mi casa se corta. Suena mi teléfono móvil. Decido contestar, como toda persona haría si la estuvieran llamando. El identificador de llamada señala un nombre: Mónica.
-¿Sí? -aunque sepa quién me llama, yo siempre contesto así a las llamadas, bueno, a veces digo dime.
-Toni, soy Mónica.
-Ah, hola Mónica, ¿Qué tal, cómo te va?
-Pues bien, cómo me va a ir. Habrás llegado ya, supongo.
-Sí, acabo de llegar hace hora y media. No te he llamado porque he estado liado, recogiendo y esas cosas que se hacen cuando se vuelve de un viaje.
-Ah, pues eso... que si te apetece dar una vuelta por el barrio, que ya que has vuelto habrá que celebrarlo.
-Me parece bien, ¿Con celebrarlo te refieres a...?
-Sí, tengo cinco euros, como te prometí.
-Estupendo. ¿A qué hora?
-¿Qué hora es?
-Las cinco y media.
-¿A las seis en el puente metálico?
-Vale, perfecto.
-Pues eso, ah, tráete papel, que no tengo. Venga, hasta luego.
-Hasta luego.
La conversación se cerró en apenas minuto y medio, como la mayoría de las conversaciones en las que se dicen una hora y un lugar en el que quedar. Por suerte había comprado el día anterior un paquete de OCB blue expert, si no hubiéramos tenido que comprar papel en un chino, y el papel que te venden en el chino a menudo es falso y se asemeja a lo que viene a ser una puta mierda. Decidí pegarme una buena ducha fría antes de precipitarme al ardiente asfalto de Madrid. Abrí varios cajones y me puse la primera camiseta decente que encontré, una de rayas negras y blancas que me había regalado mi hermana por mi cumpleaños, y los vaqueros cortos que había llevado durante el viaje, junto a un cutre cinturón que hacía siete años le había pedido prestado a un amigo y cuya hebilla lucía una calavera. Hurgué en el armario encontrando las Vans desvaídas y con un agujero en la suela que no usaba en más de un trimestre, y salí de casa tras coger el móvil, el tabaco, un mechero, y el papel, además de las llaves y un euro que encontré suelto y que planeé gastar en una lata de Nestea o de Aquarius, algo que me hidratara cuando estuviera a punto de morir por deshidratación,
A en punto llegué al puente metálico, que se encontraba a unos dos minutos y medio -cronometrados- de mi casa, y allí me encontré a Mónica, cigarrillo en mano, saludándome a diez metros. Me achuchó fuertemente una vez llegué a su posición y le devolví el abrazo sin muchas ganas. Dos segundos más y nos hubiéramos fundido. Qué calor. Atravesamos el puente para llegar al otro lado del parque, mientras ella me contaba sus aventuras discotequeras por Algeciras y yo le contaba mis traspiés cargados de ginebra en las playas de Alicante. Una vez hubimos cruzado al otro lado del parque, sacó del paquete de lucky un pequeño chivato.
-¿Lo lío yo o lo lías tú? -me preguntó, mostrándome la marihuana.
-Me lío yo el primero y tú el segundo.
Y así fue como fumé porros nada más volver a Madrid, con el sol deshaciéndome la coronilla y el humo atravesando mis entrañas.