13 ene 2013

OSTRACISMO.

Nunca se le ve el pelo. Pasa desapercibido. Está desaparecido. De vez en cuando entra en escena, sin avisar, apareciendo, atravesando el telón de la función, ya finiquitada. Nadie afirmaría que no le gusta hablar. Pero no lo hace. Y cuando abre la boca, inunda la atmósfera de nimiedades. Balas de cartón que no dañarían ni al más enclenque de espíritu. Parece que se esfuerza en provocar una languidez exagerada, en escupir frases sin entonación, en una línea seria, espantosa, como vaga, difuminada. No hay subidas ni bajadas, no hay musicalidad. No hay hueco para la estridencia. Un simple balbuceo insignificante. ¿A qué jugamos? A estar cansados y cansar a los demás. A no tener energía y absorber la poca que resta en la conversación. 

Ni siquiera se trata de un carácter apolíneo. No. Es puro ostracismo. Es un abandono más voluntario, no es ni victoria ni derrota. Es una abatimiento general. Es inteligible. Odioso, aborrecedor, da incluso asco, miedo, provoca llantos silenciosos. ¿Qué es lo que te ha ocurrido, viejo?

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