7 jun 2012

Todo fin significa un comienzo.

Era seguro. 
No, perdón, parecía serlo. Se disfrazaba con una caja de seguridad y contundencia, de decisión y confianza, de inteligencia, de sabelotodo, de pedantería, de altanero y humilde. Amoldaba esa caja de una forma u otra, según el humor que tuviera cada día. Amueblaba su exterior con un carácter distinto cada vez. Mezclaba los elementos logrando una cohesión, una musicalidad, desconcertante. Parecía arte, más bien. El arte de la apariencia. No, el arte del cambio de apariencia psicológica. Apariencia interior llegué a llamarlo yo. Desde el primer momento -o el segundo, o tercero- supe que aquello era imposible. Que el equilibrio de aquello, que su orden, era imposible. Cómo digerir la pedantería e inutilidad de un primer día junto con la generosidad y la complicidad de un segundo, y con la tozudez y la inocencia de un quinto. Cómo no sospechar de que algo en el conjunto no funcionaba bien, que existía un fallo en el mecanismo. Día tras día observaba su comportamiento sin conseguir sacar una sola conclusión de ello, incluso llegué a pensar de que se trataba de un robot, de una gran broma pesada que un día empezaría a echar humo y se estropearía para siempre. Día tras día me encontraba con una caja, no con una persona, si no una caja, de la que cada día salía al azar una personalidad formada por distintos elementos, un complejo con tantas posibilidades que llegué a pensar que podían ser infinitas.

Por las mañanas aparecía con ojeras, seguramente de pasar las noches inventándose un nuevo yo, bajo aquellos ojos marrones que no irradiaban nada más que normalidad -si es que hay algo normal en los ojos, que son dos maravillas- y a los lados de aquella nariz chata que descansaba sobre unos labios finos muy marcados. Un rostro cuadrado rodeaba todo lo demás, con pelo rubio corto en la azotea del rostro. Inexpresividad irradiaba aquel rostro cuando permanecía inmóvil. Pero al andar, hablar, pestañear, estornudar, gritar, ceñir, toser... todo cambiaba. Y siempre cambiaba, acorde a lo que el nuevo día le tocaba ser. Se sentaba a pocos metros de mí en las clases en las que coincidíamos -escasas- y nunca llegué a intercambiar con él más que un par de palabras sin importancia sobre apuntes, bolígrafos y exámenes.

Quizá si hubiera sido de ciencias y hubiese tenido una gran mente hubiera podido formular una hipótesis y convertirla en una ley teórica. La ley de Santos. Así se apellidaba él. Pero como era de letras no podía hacer nada más que hacer apuntes sobre su conducta cada día, recogiéndolos en un cuaderno usado a su vez para filosofía y literatura. Observación y anotación. Pronto empecé a pensar en la idea de cierta obsesión hacia el caso de aquel chico, la descarté de inmediato. Si estaba dispuesto a despejar la incógnita era por placer, por gusto, y no por obsesión, ni por vicio. Cada día el cuaderno se llenaba más y más con palabras como insensato o condescendiente. No tenía certeza de que aquello valores que yo escribía y meditaba fueran correctos, pero eran los que a mí me parecían más adecuados para cada día. Llegó el punto en que tuve que utilizar las páginas del cuaderno reservadas para aquellas dos asignaturas, pero no me importó lo más mínimo ni me parecía extraño. Si quería llegar al final del asunto, tenía que recorrer primero el camino, y aquel camino estaba ocupado por futuros apuntes de clase, pero el siguiente paso a dar era desechar ese uso y darles uno nuevo: el de recoger más y más datos sobre aquel chico.

Había algo austeriano en mi procedimiento, y lo acusé al hecho de que en los últimos meses me había leído prácticamente toda la obra del escritor, y lo consideraba todo un genio, de modo que algún poso de su literatura debía haberme quedado perdido en la mente y salía a relucir en momentos como aquel. O quizá siempre salía a relucir y mi yo se estaba convirtiendo en uno de los personajes creados por el estadounidense.

Habían pasado ya tres meses desde que inicié mi pequeña investigación y los avances que había obtenido oscilaban entre un valor nulo e insignificante. Lo único que lograba sonsacar eran las personalidades que Santos ofrecía cada día, y busqué sin descanso entre mis apuntes buscando una repetición. Pero no existía, por mucho que los valores se repitieran alguna que otra vez, al estar entrelazados con otros, suponían un complejo diferente cada vez, y nunca daban el mismo resultado. Era desesperante. Quién coño era aquel chico, pensaba mientras las horas pasaban día tras día. A pesar de todo nunca cedí al abandono y mi empeño se impuso ante cualquier cosa. 

Y un día por fin tendría el resultado esperado. Un día apareció ante mí la respuesta, y debo agradecérselo a un tipo llamado Sellos, un chico de metro noventa, ancho -un armario ropero- que se pasaba los días intimidando a los estudiantes y creyendo ser el ombligo del mundo. Un matón, vamos. Sin saber muy bien la causa, se acercó a Santos y le gritó algo así como que dejara en paz a su chica o le partiría la cara. Santos contestó algo que no pude escuchar -llevaba todo el día hablando en susurros- pero su contestación debió enfadar a Sellos, ya que este le cruzó la cara con un contundente puñetazo. Todo el pasillo se quedó en silencio. Y antes de que cualquiera que anduviera por allí pudiera asimilar lo ocurrido, Sellos cayó al suelo gritando de dolor, y Santos salió corriendo por la puerta de incendios, y nunca más se le volvió a ver el pelo. A Sellos tampoco se le vio el pelo por una temporada, pues el navajazo que le había proporcionado Santos le dejó postrado en cama en el hospital durante más de un mes. El filo del arma llegó a dañar su hígado -navaja larga, supongo- y al dejársela clavada y sacársela los enfermeros cortaron parte del músculo abdominal, lo cual supuso un problema más para la intervención médica.

Semanas más tarde fui citado ante un juez para declarar como testigo. Allí se encontraba tanto la familia de Sellos como de Santos. Cuando salí a declarar miré a Santos a los ojos, a aquellos marrones ojos. Quién eres me dije todavía no lo he podido descubrir, maldita sea. Conté todo tal y como lo vi. Sellos agredió a Santos y Santos le clavó la navaja. Más o menos los demás testigos contaron la misma versión, excepto los amigos de Sellos que obviaron el detalle del puñetazo previo al navajazo, sin el cual, sin duda alguna, creo que nada de aquello hubiera pasado.

Al día siguiente me desperté con la boca seca y bañado en sudor. No sabía si todo aquello había sido un mero sueño o había ocurrido de verdad. El telediario del mediodía me sacó de dudas. Al parecer Santos era un joven problemático que acaba de reinsertarse en la sociedad y que había pasado por varios reformatorios. Había asesinado a un niño un año antes de propinarle una brutal paliza a un joven que se negó a darle su cartera, y tres años antes de asestarle el navajazo a Sellos. Por fin daba con él, con su verdadero ser. Y no podía estar más decepcionado. Me esperaba algo mejor que un adolescente problemático y con problemas mentales. Hubiera preferido que se descubriera que era un robot. Así que ese eres tú, pequeño hijo de puta.

Y en cuanto a mí, en mis meses de investigación, nunca se me ocurrió buscar su nombre en google. Qué inutilidad por mi parte.