7 jun 2012

El hombre de la chaqueta sucia.

Así llamaban a mi tío en el bar que hacía esquina en Melrose Place, un mugriento local de borrachos y viejos en el que en su destartalado letrero se podía leer Nw Yok's Eg. Su verdadero nombre era New York's Edge, pero mi tío y yo nos divertíamos llamándolo así. Nuyorseg. Cada vez que entrábamos la hilera de hombres conocidos apostados en la barra cerveza en mano nos saludaba con un movimiento de cabeza, del vaso, o con un saludo que a menudo resultaba ser un gruñido o algún ruido parecido al de un ciervo quejándose.

Sé que mi tío era allí conocido por su nombre, pero la primera vez que entramos en aquel lugar pude escuchar que un tipo barrigón y calvo decía:
-Mira ese tío.
-¿Qué tío?
-Ese, el hombre de la chaqueta sucia.

Estuve a punto de girarme y decirle muy amablemente que en la chaqueta de mi tío había menos suciedad que en su cara. Y eso que la chaqueta de mi tío estaba hecha un guiñapo. Pero las peleas con gordos borrachos no me parecían atractivas, de modo que me senté al lado del hombre de la chaqueta sucia en una mesa de la esquina frente a la tele, y comencé a ver un partido de la liga de hockey en el que se enfrentaban, si no recuerdo mal, los Kings de L.A. contra los Mighty Ducks, de no-sé-dónde. ¿Toronto quizá? No me acuerdo de ello. sí recuerdo que ganaron los primeros y después comenzó el partido de baloncesto entre los Knicks y los Celtics, que era la causa por la que mi tío y yo entramos allí. Para variar, perdieron los Knicks, y por más de treinta puntos. Dado que la mayoría de las personas que había allí eran aficionados del equipo de New York, no tardaron en llegar los gritos, las quejas y las discusiones. Que si son unos mierdas, que si son unos mercenarios, que si no tienes ni puta idea de baloncesto gilipollas. A mi tío pareció divertirle aquel ambiente -incompresiblemente- y acabamos siendo asiduos a aquel lugar.

Era ya el mes de mayo y los Knicks se enfrentarían en primera ronda de playoffs contra los Heat de Miami. Una victoria más de los visitantes eliminaría a los Knicks, y una vez más los Knicks se irían de vacaciones con una mano delante de la otra, como siempre. En el bar estaban los clientes más típicos. El viejo Bradley con su gorra de baloncesto y su barba blanca hasta el pecho, JL -cuyo nombre desconozco, pero todos le llaman así- con su camiseta llena de manchas de grasa y cerveza, junto a su sobrino; MacLeaf, un hombre que siempre iba con camisas horteras y que no había fallado a la ocasión con una de color rosa chillón con estrellas amarillas; y el sobrino de Duncan, que esta vez había venido solo, y al que invitamos a sentarse junto a nosotros.

Para euforia de todo el local, los Knicks ganaron gracias a un exultante Carmelo Anthony y consiguieron su primera victoria poniendo la ronda en un 3-1 para Miami -iba a dar igual pues unos días más tarde Miami eliminaría a New York con una contundente victoria- sembrando el local de tragos a los que la casa invitaba y que consistían básicamente en copas de whisky y brandy de ínfima calidad. Vomité en el lavabo tras el primer trago de whisky -y no sé qué me dio más ganas de vomitar, si el whisky o el propio baño- y mi tío me llevó de vuelta a casa a eso de las diez y media.

Tanto mi tío como yo también éramos aficionados del béisbol y de los Mets de Nueva York. No solían poner sus partidos en el bar pero cuando lo hacían acudíamos como buenos aficionados que éramos. Además cuando había un derbi Mets contra Yankees siempre acababa habiendo pelea y trifulca en el bar, y mi tío y yo aprovechábamos la ventana para escaparnos y de paso evitar el pago de las cervezas, y como el dueño de local -Mr. Hook- estaba más preocupado por recoger los trozos de vajilla desperdigados por el suelo y arreglar los taburetes convertidos la noche anterior en armas, se olvidaba de cobrarnos la mayoría de las veces. 

Hace tres días fue la última vez que entré en aquel lugar a desayunar unos huevos revueltos y un café. Por las mañanas estaba en la barra la señora Hook, que era un encanto de mujer, y aprovechaba para charlar con ella de libros y películas. Nunca me expliqué por qué se casó una mujer interesante y que a pesar de sus cincuenta y pico años seguía teniendo buen físico, con un patán como Mr. Hook, que había sido deshollinador y que no sabía decir dos frases seguidas sin soltar una palabra malsonante.
-El amor -me dijo ella cuando le pregunté disimuladamente qué la había llevado a casarse- qué si no iba a ser hijo mío... ¿Quieres más café?

El amor, y una mierda, pensaba yo. Corría el rumor de que Mr. Hook la prometió varias cosas, entre otras viajar por América y un gran chalet en el barrio pijo, pero cuando se compró aquel apestoso local -que le timaron por cierto- se gastó en inversiones hasta el último de sus ahorros. Una palmada en la espalda de mi tío me sacó de mis cavilaciones. 
-¿Cómo quedaron los Mets ayer? -me preguntó mientras saludaba a Mrs. Hook con la mano.
-Pues perdieron, para variar. Doce a cinco. Tres eliminados en la quinta y sexta entrada, y en menos de tres entradas les hicieron siete carreras.
-¿Han echado ya a ese patán?
-Qué va - contesté yo con dejadez - están tan obsesionados con que es un gran entrenador que no miran los resultados.

Nos levantamos de la barra y nos sentamos en nuestra usual mesa, en la esquina. Justamente estaban echando un resumen del partido del que antes habíamos hablado. La señora Hook se acercó con nuestros platos y nos los sirvió con una sonrisa en la cara. Que aproveche, dijo. Se lo agradecimos y empezamos a devorar nuestro desayuno mientras nos quejábamos del entrenador de los Mets, y de la vida en general.