8 jun 2012

Jodido sueño americano.

La voz de Bowie inundaba la pequeña habitación, haciéndose presente, tangible, la podía sentir en el altillo del armario, bajo la cama, junto a la mesa, ojeando mis libros, examinando las fotografías que tenía pegadas en la pared, comprobando la comodidad de mi almohada, observando las vistas que había desde mi ventana, fumándose mis cigarrillos, poniéndose mi ropa.

Apagué el equipo de música antes de dedicarle una última mirada a la maleta, aparentemente ya preparada, y un último vistazo a la mochila que llevaría como equipaje de mano. Me esperaban muchas horas de vuelo, la mayoría nocturnas, y debía estar seguro de llevar todo lo necesario, pues no volvería hasta que se cumpliera un período de tres meses. Pero seamos sinceros, todo el mundo dice haber repasado su maleta, cuando en verdad no han hecho más que llenarla con cosas que se encontraban según buscaban en cajones, estanterías y cajas, mesillas y bandejas. Y luego, ya en el aeropuerto, estación de autobuses, puerto, o en una carretera cuando ya se han recorrido más de dos mil metros, llega la idea a la mente. Joder, las gafas de sol. Apunto lo de las gafas porque es la única cosa que se me ha olvidado alguna vez en casa al viajar. Otra cosa son las pertenencias que olvido traer de vuelta. Entre ellas he contado una funda de almohada, unos auriculares, una taza de Pink Floyd, varios libros y un regalo para mi madre -una gran metedura de para, sí señor- que iba a entregarle por su cumpleaños y que me había costado cincuenta libras.

No llevaba nada importante para el viaje que pudiera olvidar -obviando la documentación y el mp3 con más de cien discos- y luego arrepentirme de ello. Olvidar la documentación es algo que solo pasa en las películas, y en la vida real solo le pasa a unos pocos tipos con mala memoria. De todos modos, no me escaseaba el dinero, así que si se me olvidaba algo podría comprarlo allí. Pero tampoco era cuestión de gastarse dinero que se podría ahorrar, de modo que me descubrí como un hipócrita y revisé todo lo que había aunado para el viaje. Como bien suponía, no se me olvidaba nada. Ya estaba listo para salir de casa tras bajar las persianas hasta la mitad -mi madre una vez me explicó que había que dejarlas así para que no sospecharan que no había nadie en casa y entraran a robar, y cuando le contesté que de todas formas los vecinos notarían la ausencia, me mandó callar y entrar en el coche- activar el modo vacaciones de la nevera, cerrar la puerta con llave al salir, y emprender el corto camino hacia la parada de autobús en el que se detenían los de la línea cincuenta y ocho, que finalizaban su trayecto en el aeropuerto. No obstante, el recorrido de estos autobuses era muy amplio y desde la parada más cercana a mi casa se tardaba casi más de una hora en llegar al aeropuerto, y eso sin retenimientos por tráfico. Otra opción podría haber sido coger un taxi. Pero los taxis nunca me gustaron desde la primera que me subí a uno con mi madre. El conductor era un señor gordinflón y calvo, con bigote de morsa, que me ofreció un caramelo que se sacó del bolsillo trasero del pantalón y que parecía haber sido masticado anteriormente, y además tenía pelotillas de tela pegadas. Negué con la cabeza como respuesta a su generosidad -era muy pequeño, cinco o seis años- y mi madre me sacó del lío diciendo que no me gustaban los caramelos, y que era muy generoso. Supongo que en el fondo sintió la misma repulsión que yo hacia aquel caramelo. Eso es amor de madre, sin duda.

El autobús no tardó en llegar, y gracias a dios estaba prácticamente vacío, de modo que elegí uno de los asientos únicos que había libre para evitar que alguien se sentara a mi lado durante el viaje. No es que tuviera repulsión hacia el contacto humano, simplemente no me apetecía estar cerca de alguien en un espacio cerrado con el calor que hacía aquel día. El sol caía contra el asfalto y formaba un horno insoportable que se calmó al sentir el leve aire acondicionado del interior del autobús. El traqueteo de aquella máquina y las incontables veces que se detuvo en semáforos y paradas acabaron por desquiciarme de tal manera que cuando el autobús paró en la plaza de Voltaire, me apeé y entré en la parada de metro que había allí. Además, aquella parada pertenecía a la misma línea que el aeropuerto. Quince minutos después ya estaba facturando la maleta y sentándome a leer un pequeño libro de poesía de Rimbaud que compré en una papelería, mientras comía lentamente unos M&M's que llevaba en el bolsillo.

Pronto me encontraría embarcando en la puerta 6B, que había sido asignada al vuelo nº06175-FW3 con dirección a Nueva Orleans. Era el único vuelo de todo el mes que unía la capital francesa con aquella ciudad -casualmente afrancesada también- y el de vuelta también sería el único disponible, de modo que debía cuidarme de no perderlo. No es que me desagradara la idea de quedarme atrapado en Nueva Oleans, sin dinero ni alojamiento, pero supongo que mi familia me echaría en falta. Al fin y al cabo, únicamente realizaba aquel viaje para agradarles. Yo hubiera querido ir a Filadelfia o Boston, o más al norte, donde pudiera despegarme del calor francés y relajarme en mi estancia. Según las previsiones meteorológicas me esperaba una temperatura mínima media de quince grados y una máxima media de treinta y cinco. Más que en París. Más que en toda Francia creo. Nunca me gustó el verano. No, miento, siempre me gustó el verano, pero siempre odié sus insoportables temperaturas. Por eso las lluvias veraniegas me agradaban tanto. Cuando ocurrían, mi interior sufría un brusco cambio que se notaba en mi carácter, y eso resultaba más placentero tanto para mí como para los que me rodeaban.

Media hora más tarde, tras embarcar y atravesar el finger y encontrarme con una decena de azafatas sonriendo falsamente deseándome un feliz vuelo y una feliz estancia en Nueva Orleans, pude acomodarme en mi asiento de la fila catorce. Antes de despegar observé con agrado que nadie iba a sentarse a mi lado durante el viaje. Pero poco después aquello cambió, y la persona que se sentó a mi lado cambió el transcurso de mi vida en todos los sentidos. Me encontré aquella persona al despertar de un breve sueño que me atacó sin avisar. Abrí los ojos observando el océano a través de la ventanilla, y al girarme me encontré con aquellos ojos verdes que aún recuerdo hoy. Al cerrar los ojos los veo en mi mente, en mis recuerdos fotográficos. Pero esa es otra historia que ya me decidiré a contar un día de estos, si es que me animo a ello.

El caso es que allí me encontraba yo, perdido en el aire sobre el océano en busca de un trimestral sueño americano. Un trimestral sueño americano que califiqué en mi experiencia como el jodido sueño americano, y no precisamente porque me desagradara aquel viaje. En un futuro les daré las gracias a mis padres por forzarme -prácticamente- a realizarlo. Pero si tuviera que hacer una lista con las cosas que debo agradecer a mis padres no me quedarían años de vida suficientes como para tachar todos los elementos que incluiría en ella.

Además, los gracias nunca me llegaron a gustar del todo. Siempre preferí las miradas de complicidad y las sonrisas.