La que vestida de noche se marcha por la ventana. La que desnuda en la noche recuerda tu nombre vagamente entre susurros. Pero no te hagas ilusiones, jamás se acordará de ti, ni de nadie. La que cada noche se cuela en tu cama y se mece en tus sábanas, acaricia tu pelo y presume de sueños, y anula los tuyos, y los convierte en pesadillas, y cuando la luz del sol comienza a asomarse entre los árboles de la avenida decide marchar. Quizá nunca volverá. Seguramente no lo haga. No. Nunca volverá. Y te verás traicionado y maldito, y obligado a escribir sin imaginación, frase tras frase, entre comas, perdiendo la respiración, entre puntos cortos y asfixiados, entre frases que mueren y párrafos que gotean sangre y que ingresados en camillas perdieron toda esperanza de ver sus sueños hechos realidad.
Porque no hay realidad, no, sí que la hay, pero es tan triste y dispar y decepcionante y gris y llena de edificios gigantescos y precios elevados y zapatillas de moda y abrigos de piel y cigarrillos muriendo y gente matando y artistas inexistentes y justicia que no es justicia sino todo lo contrario a justicia porque de ser justicia en el sentido recto de justicia la contradicción sería injusta y no quedaría nada más que una justa vida pero nadie quiere una justa vida para los demás así que basa la suya en la injusticia ajena y solo trata de salvaguardar su culo con una alarma que anunciaron en televisión mientras el que no tiene para el pan de cada lunes ve su espalda libre de defensa esperando a que las puñaladas lleguen y no le de tiempo a huir y poco a poco se dio cuenta de que había perdido hasta el sentido del ritmo y la pausa y no hacía más y más que poner palabra tras palabra y frase tras frase y párrafo tras párrafo y verso tras verso ninguno recto todos transversales cruzando como una flecha su delgada imaginación y las comas murieron y los puntos murieron y escribiendo acabó por asfixiarse como un pez fuera del agua y nunca más supo qué había sido de él mismo y empezó a no entender sus metáforas y a alabar las de los demás y por fin entendió a Morrissey y supo por qué decía que el cielo sabía que era un miserable y ahogados sus gritos quedó él ahogado para siempre porque nunca más supo encontrar el significado del jeroglífico que había dibujado en la pared y la gente comenzó a tratarle por loco y los locos comenzaron a tratarle por persona normal y llegó el momento en que hasta la muerte decidió esquivarle por no perder el tiempo.
Porque él ya lo había perdido demasiadas veces.
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