19 ago 2013

-Venga – le dijo Trotski a Tomás – Vámonos.
Salieron de aquella casa cuadrada en la que ellos vivían y se toparon con aquella avenida gris, flanqueada por dos hileras de casitas cuadradas y pequeñas representando una especie de copia de los chalets americanos que salen siempre en las películas. Un lugar aislado y hortera que desentonaba demasiado con el resto del barrio, repleto de bloques de pisos que se alzaban hacia el cielo, con establecimientos en los bajos y portales con telefonillos hasta arriba de botones y etiquetas. Al menos aquello significaba una facilidad: mientras no te equivocaras de casita no tenías más que llamar al único timbre que había al lado de la puerta. Era fácil, y dado que su casa era la única que tenía el tejado de dos colores distintos, porque una parte se cayó y tuvieron que instalar tejas diferentes a las que ya había, no había lugar para equivocaciones.
Tenían que ir hacia la plaza cuadrada del otro lado del río, de modo que atajarían, como siempre, por el pequeño parque, para llegar a uno de los puentes de hierro y tablones de madera. Trotski fumaba un cigarro de marca rusa. Tabaco negro con muy mal sabor. Tomás lo odiaba. Se despeinó la melena rizada.
-Estoy pensando en cortarme el pelo. – le dijo a Tomás.
-Así te queda bastante bien.
-Lo sé. Pero hace un calor infernal. No creo siquiera que en el infierno haga esta calor. Seguro que allí tienen aire acondicionado.
-No lo creo.
-Por lo menos Satanás. ¿Sabes? Anoche soñé con él.
-¿Con Satanás?
-Sí. Con el infierno en general. Fue un sueño muy extraño, no me atrevería a llamarlo pesadilla, pero era algo parecido. Era un edificio de oficinas gigantesco. El infierno, digo. Y en lo más alto estaba él en su despacho, Satanás. Tecleaba en su ordenador eligiendo a los próximos pobres diablos que llegarían a sus dominios, mientras un leopardo dormía a sus pies. Lo extraño es que no tenía cuernos. No creo que Satanás tenga cuernos, aunque se hayan empeñado en pintarlo así. Ni siquiera es medio cabra. Es un tío normal, con el pelo largo engominado hacia atrás, un traje de seda rojo y un bigote a lo Dalí, pero no tan exagerado. Tenía un anillo con un diamante gigante y verde. Supongo que debía ser una esmeralda, no sé si existen los diamantes verdes. Pues bien. Allí estaba él. Y yo frente a su mesa. Me miraba a mí, a los ojos, mientras tecleaba sin descanso. Me sonrió con una sonrisa que se me ha quedado grabada en la mente. Tenía los dientes afilados, triangulares, como un dibujo animado. Y sus colmillos eran aún más afilados y largos. Era diabólico, nunca mejor dicho. Y después, dejó de teclear, dijo una palabra en un idioma satánico parecido al francés, y el leopardo comenzó a dar vueltas alrededor del despacho. Todo se tornó de un color rojo sangre y yo me empecé a agobiar. Intentaba escapar de allí pero vi que mis pies estaban en el interior de un rectángulo de cemento. No podía moverme. Él volvió a decir algo en esa especie de francés, y el leopardo se abalanzó sobre mi espalda. Y ya está, ahí me desperté.
-¿Por qué un leopardo? – Tomás ya estaba más que acostumbrado a los sombríos y surrealistas sueños de su amigo. Parecía sacarlos de una película de Fellini.
-Y yo que sé. Sólo sé que el leopardo estaba allí.
-A lo mejor lo confundiste con un guepardo…
-No, no, para nada. Era un leopardo, estaba gordo y redondo, y tenía los ojos azules. Era un leopardo sin lugar a dudas.
-¿Alguna vez has visto un leopardo?

-Sí. O sea, no. No en directo. En fotografías y documentales de la 2. Pero ahora que lo preguntas, sí que me gustaría ver un leopardo en persona. O bueno. No lo sé. Después del sueño de anoche me cagaría de miedo si tuviera ante mí un leopardo de verdad…

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