-Venga – le dijo Trotski a Tomás –
Vámonos.
Salieron de aquella casa cuadrada
en la que ellos vivían y se toparon con aquella avenida gris, flanqueada por
dos hileras de casitas cuadradas y pequeñas representando una especie de copia
de los chalets americanos que salen siempre en las películas. Un lugar aislado
y hortera que desentonaba demasiado con el resto del barrio, repleto de bloques
de pisos que se alzaban hacia el cielo, con establecimientos en los bajos y
portales con telefonillos hasta arriba de botones y etiquetas. Al menos aquello
significaba una facilidad: mientras no te equivocaras de casita no tenías más
que llamar al único timbre que había al lado de la puerta. Era fácil, y dado
que su casa era la única que tenía el tejado de dos colores distintos, porque
una parte se cayó y tuvieron que instalar tejas diferentes a las que ya había,
no había lugar para equivocaciones.
Tenían que ir hacia la plaza
cuadrada del otro lado del río, de modo que atajarían, como siempre, por el
pequeño parque, para llegar a uno de los puentes de hierro y tablones de
madera. Trotski fumaba un cigarro de marca rusa. Tabaco negro con muy mal
sabor. Tomás lo odiaba. Se despeinó la melena rizada.
-Estoy pensando en cortarme el
pelo. – le dijo a Tomás.
-Así te queda bastante bien.
-Lo sé. Pero hace un calor
infernal. No creo siquiera que en el infierno haga esta calor. Seguro que allí
tienen aire acondicionado.
-No lo creo.
-Por lo menos Satanás. ¿Sabes? Anoche
soñé con él.
-¿Con Satanás?
-Sí. Con el infierno en general. Fue
un sueño muy extraño, no me atrevería a llamarlo pesadilla, pero era algo
parecido. Era un edificio de oficinas gigantesco. El infierno, digo. Y en lo
más alto estaba él en su despacho, Satanás. Tecleaba en su ordenador eligiendo
a los próximos pobres diablos que llegarían a sus dominios, mientras un
leopardo dormía a sus pies. Lo extraño es que no tenía cuernos. No creo que
Satanás tenga cuernos, aunque se hayan empeñado en pintarlo así. Ni siquiera es
medio cabra. Es un tío normal, con el pelo largo engominado hacia atrás, un
traje de seda rojo y un bigote a lo Dalí, pero no tan exagerado. Tenía un
anillo con un diamante gigante y verde. Supongo que debía ser una esmeralda, no
sé si existen los diamantes verdes. Pues bien. Allí estaba él. Y yo frente a su
mesa. Me miraba a mí, a los ojos, mientras tecleaba sin descanso. Me sonrió con
una sonrisa que se me ha quedado grabada en la mente. Tenía los dientes
afilados, triangulares, como un dibujo animado. Y sus colmillos eran aún más
afilados y largos. Era diabólico, nunca mejor dicho. Y después, dejó de
teclear, dijo una palabra en un idioma satánico parecido al francés, y el
leopardo comenzó a dar vueltas alrededor del despacho. Todo se tornó de un
color rojo sangre y yo me empecé a agobiar. Intentaba escapar de allí pero vi
que mis pies estaban en el interior de un rectángulo de cemento. No podía
moverme. Él volvió a decir algo en esa especie de francés, y el leopardo se
abalanzó sobre mi espalda. Y ya está, ahí me desperté.
-¿Por qué un leopardo? – Tomás ya
estaba más que acostumbrado a los sombríos y surrealistas sueños de su amigo.
Parecía sacarlos de una película de Fellini.
-Y yo que sé. Sólo sé que el
leopardo estaba allí.
-A lo mejor lo confundiste con un
guepardo…
-No, no, para nada. Era un
leopardo, estaba gordo y redondo, y tenía los ojos azules. Era un leopardo sin
lugar a dudas.
-¿Alguna vez has visto un leopardo?
-Sí. O sea, no. No en directo. En
fotografías y documentales de la 2. Pero ahora que lo preguntas, sí que me
gustaría ver un leopardo en persona. O bueno. No lo sé. Después del sueño de
anoche me cagaría de miedo si tuviera ante mí un leopardo de verdad…
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