-Antes me gustaba pensar que todo era más bonito de lo que
parecía, que si existía mala gente era para que la buena gente destacara más.
Quiero decir que creía que sin la maldad no podía existir la bondad. Pero ahora
me doy cuenta que todo ese esfuerzo por trascender en la historia no es más que
una idea megalómana. No existe gente buena. Sólo hay gente mala. Lo que
consideramos gente buena es el prototipo de persona que debería existir. La
gente buena no tiene buenos valores, sino que tiene los básicos. Pero claro,
cómo no idolatrar la bondad cuando no hace mucho lo único que se escuchaba en
la radio y se leía en los periódicos eran cifras y cifras de muertos en la
guerra. Ahora me niego a pensar que hay que gente a la que se considera buena
por no querer hacer la guerra. Por qué eso es bueno. Nadie tiene derecho a
considerarse bondadoso por hacer lo que tiene que hacer. No declarar la guerra
no quiere decir que no quiera hacerse. Es decir, si un país no entra en una
guerra en la que están muriendo miles y miles de personas inocentes, no quiere
decir que haya hecho el bien. Claro que no. Es asqueroso pensar así.
Simplemente habrá hecho lo que tenía que hacer. ¿Acaso no robar es algo bueno?
No. No robar es respetar, es hacer lo que hay que hacer. La gente no debería
robar. Pero como hay gente que roba, el hecho de no robar se ha convertido en
algo bueno, cuando no es menos que algo que debería ser normal. Si ahora mismo
te estuviera encañonando con un revólver y decidiera no disparar... ¿estaría
obrando bien? No. Claro que no. No quiero decir que debiera matarte, sino que
el hecho de perdonar la vida no es algo bueno, sino algo que se debería
hacer...
Sus palabras se convirtieron en susurros poco a poco, hasta
prácticamente fusionarse con el silencio. Pero Frankie estaba seguro de que
ella no había dejado de hablar, estaba seguro de que ella seguía hablando, pero
sin la fuerza suficiente como para hacerlo de forma sonora. Gloria continuaba
moviendo los labios, gesticulando, armando palabras que luego no conseguía
hacer sonar. Sus lágrimas habían dejado un reguero oscuro que atravesaba sus
mejillas hacia las comisuras de los labios. Sus ojos brillaban ahora más que
nunca, a la luz de la luna, enrojecidos aún.
Las olas avanzaban hacia ellos para luego retroceder, como
si no se atrevieran a tocarlos. La arena húmeda brillaba también.
-Son como las huellas. - Gloria volvió a hablar, de nuevo en
susurros - . Las huellas desaparecen con la marea como las palabras que el
viento se llevó una vez. Los actos humanos también se marchan, desaparecen, se
borran de nuestra memoria. Necesitamos que algo nos recuerde que fue lo que
ocurrió una vez, y lo que no llegó a ocurrir y debió haber sucedido.
Necesitamos que los libros y las historias nos empujen a recordar. Es tan triste,
Frankie. Pensar que alguna vez alguien nos olvidará, y que no será capaz de
recordarnos hasta que un factor externo le fuerce a hacerlo. Eso no es ley de
vida. Es tan triste que no llega a ser ley.
Frankie comenzaba a sentirse conmovido ante el discurso de
Gloria. Pensó que quizá el coche incendiado hubiera sido visto por alguien,
pero no fue lo suficiente valiente como para reconstruir de nuevo los hechos y
volvió a fijarse en los ojos de Gloria.
-Cada año que vuelvo a este pueblo - intentó arrancar él - recuerdo
a mis abuelos. Los recuerdo con tal fuerza que al cerrar los ojos soy capaz de
ver cómo mi abuelo azuzaba las brasas de la chimenea en las noches de invierno,
y cómo mi abuela hacía hervir el agua para preparar té. Pero luego, cuando
vuelvo a la ciudad, me olvido de ellos. No los recuerdo hasta que estoy en San
José.
-¿Y no te parece triste? - su voz se resquebrajó al final de
la frase.
-No - le pasó un brazo alrededor de los hombros, dejando que
ella apoyara la cabeza en su pecho - No es triste, Gloria. No es para nada
triste. Es más, es algo precioso, el pensar que gracias a lo que hemos vivido
tenemos lugares a los que nos sentimos encadenados. Lugares que abandonamos y
en los que quedó encerrado una parte de nosotros. Y, cuando volvemos, sentimos
de nuevo esa parte que se separó al partir, la sentimos en nuestro interior, y
recordamos todo lo que hubo adherido a aquella parte nuestra. El trozo de mi
alma que está en San José tiene el color anaranjado del sol de verano, y el
olor a leña, y el cantar de los niños del mercado, y todas las escenas que viví
junto a mis abuelos...
-A mí me parece triste.
-Es una especie de reminiscencia. Es algo que tenemos, una
capacidad, para hacernos recordar las cosas. A mí me parecería más triste que
no fuéramos capaces de recordar ni con la ayuda de esas huellas. Las huellas no
desaparecen, sólo se entierran. Quedan enterradas bajo otras huellas más
recientes, pero eso no quiere decir que no vuelvan a aparecer.
-Son como las cicatrices.
-Sí. Son como las cicatrices.
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