10 jun 2013

-Antes me gustaba pensar que todo era más bonito de lo que parecía, que si existía mala gente era para que la buena gente destacara más. Quiero decir que creía que sin la maldad no podía existir la bondad. Pero ahora me doy cuenta que todo ese esfuerzo por trascender en la historia no es más que una idea megalómana. No existe gente buena. Sólo hay gente mala. Lo que consideramos gente buena es el prototipo de persona que debería existir. La gente buena no tiene buenos valores, sino que tiene los básicos. Pero claro, cómo no idolatrar la bondad cuando no hace mucho lo único que se escuchaba en la radio y se leía en los periódicos eran cifras y cifras de muertos en la guerra. Ahora me niego a pensar que hay que gente a la que se considera buena por no querer hacer la guerra. Por qué eso es bueno. Nadie tiene derecho a considerarse bondadoso por hacer lo que tiene que hacer. No declarar la guerra no quiere decir que no quiera hacerse. Es decir, si un país no entra en una guerra en la que están muriendo miles y miles de personas inocentes, no quiere decir que haya hecho el bien. Claro que no. Es asqueroso pensar así. Simplemente habrá hecho lo que tenía que hacer. ¿Acaso no robar es algo bueno? No. No robar es respetar, es hacer lo que hay que hacer. La gente no debería robar. Pero como hay gente que roba, el hecho de no robar se ha convertido en algo bueno, cuando no es menos que algo que debería ser normal. Si ahora mismo te estuviera encañonando con un revólver y decidiera no disparar... ¿estaría obrando bien? No. Claro que no. No quiero decir que debiera matarte, sino que el hecho de perdonar la vida no es algo bueno, sino algo que se debería hacer...
Sus palabras se convirtieron en susurros poco a poco, hasta prácticamente fusionarse con el silencio. Pero Frankie estaba seguro de que ella no había dejado de hablar, estaba seguro de que ella seguía hablando, pero sin la fuerza suficiente como para hacerlo de forma sonora. Gloria continuaba moviendo los labios, gesticulando, armando palabras que luego no conseguía hacer sonar. Sus lágrimas habían dejado un reguero oscuro que atravesaba sus mejillas hacia las comisuras de los labios. Sus ojos brillaban ahora más que nunca, a la luz de la luna, enrojecidos aún.
Las olas avanzaban hacia ellos para luego retroceder, como si no se atrevieran a tocarlos. La arena húmeda brillaba también.
-Son como las huellas. - Gloria volvió a hablar, de nuevo en susurros - . Las huellas desaparecen con la marea como las palabras que el viento se llevó una vez. Los actos humanos también se marchan, desaparecen, se borran de nuestra memoria. Necesitamos que algo nos recuerde que fue lo que ocurrió una vez, y lo que no llegó a ocurrir y debió haber sucedido. Necesitamos que los libros y las historias nos empujen a recordar. Es tan triste, Frankie. Pensar que alguna vez alguien nos olvidará, y que no será capaz de recordarnos hasta que un factor externo le fuerce a hacerlo. Eso no es ley de vida. Es tan triste que no llega a ser ley.
Frankie comenzaba a sentirse conmovido ante el discurso de Gloria. Pensó que quizá el coche incendiado hubiera sido visto por alguien, pero no fue lo suficiente valiente como para reconstruir de nuevo los hechos y volvió a fijarse en los ojos de Gloria.
-Cada año que vuelvo a este pueblo - intentó arrancar él - recuerdo a mis abuelos. Los recuerdo con tal fuerza que al cerrar los ojos soy capaz de ver cómo mi abuelo azuzaba las brasas de la chimenea en las noches de invierno, y cómo mi abuela hacía hervir el agua para preparar té. Pero luego, cuando vuelvo a la ciudad, me olvido de ellos. No los recuerdo hasta que estoy en San José.
-¿Y no te parece triste? - su voz se resquebrajó al final de la frase.
-No - le pasó un brazo alrededor de los hombros, dejando que ella apoyara la cabeza en su pecho - No es triste, Gloria. No es para nada triste. Es más, es algo precioso, el pensar que gracias a lo que hemos vivido tenemos lugares a los que nos sentimos encadenados. Lugares que abandonamos y en los que quedó encerrado una parte de nosotros. Y, cuando volvemos, sentimos de nuevo esa parte que se separó al partir, la sentimos en nuestro interior, y recordamos todo lo que hubo adherido a aquella parte nuestra. El trozo de mi alma que está en San José tiene el color anaranjado del sol de verano, y el olor a leña, y el cantar de los niños del mercado, y todas las escenas que viví junto a mis abuelos...
-A mí me parece triste.
-Es una especie de reminiscencia. Es algo que tenemos, una capacidad, para hacernos recordar las cosas. A mí me parecería más triste que no fuéramos capaces de recordar ni con la ayuda de esas huellas. Las huellas no desaparecen, sólo se entierran. Quedan enterradas bajo otras huellas más recientes, pero eso no quiere decir que no vuelvan a aparecer.
-Son como las cicatrices.
-Sí. Son como las cicatrices.


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